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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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Vorhalas pareció ligeramente acobardado. Se dirigió a Miles, frunciendo el ceño.

— ¿Puede mirarte tu madre y no comprender el deseo de venganza? — Hizo un ademán por el atrofiado y enclenque aspecto de Miles.

— Mi madre llama a esto mi gran don. Las pruebas son un don, dice, y las grandes pruebas son grandes dones. Por supuesto — agregó precavidamente —, es muy sabido que mi madre es un poco extraña… — Miró fijamente a Vorhalas —. ¿Qué se propone hacer usted con su don, conde Vorhalas?

— Diablos — murmuró Vorhalas tras un breve e interminable silencio, y dirigiéndose no a Miles, sino al conde Vorkosigan —. Tiene los ojos de su madre.

— Lo he notado — murmuró a su vez en respuesta el conde Vorkosigan.

Vorhalas lo miró con exasperación.

— No soy un maldito santo — declaró entonces Vorhalas al aire en general.

— Nadie le está pidiendo que lo sea — dijo Gregor, consolándolo ansiosamente —. Pero usted es mi siervo, y no me vale para nada que mis nervios se estén destrozando entre sí en vez de hacerlo con mis enemigos.

Vorhalas resopló y se encogió de hombros gruñosamente.

— Es verdad, mi señor. — Sus manos se fueron abriendo, dedo por dedo, como librándose de alguna invisible posesión —. Oh, levántate — agregó impaciente, mirando al conde Vorkosigan.

El antiguo regente se levantó, relajado otra vez. Vorhalas miró a Miles.

— Y exactamente, ¿cómo te propones, Aral, mantener a este dotado joven maníaco y a su accidental ejército bajo control?

El conde Vorkosigan midió sus palabras lentamente, gota a gota, como si buscara una delicada dosificación.

— Los Mercenarios Dendarii son un verdadero acertijo. — Desvió la mirada hacia Gregor —. ¿Cuál es tu voluntad, mi señor?

Gregor dio un respingo al ser sacado de su calidad de espectador. Miró, más bien implorante, a Miles.

— Las organizaciones crecen y mueren. ¿Hay alguna posibilidad de que ellos sencillamente se desvanezcan?

Miles se mordió el labio.

— Esa esperanza se me cruzó por la mente, pero… parecían terriblemente saludables cuando los dejé. Seguían creciendo.

Gregor sonrió.

— Difícilmente podré hacer marchar mi ejército contra ellos y disolverlos, como lo hizo el viejo Dorca; definitivamente es un paseo demasiado largo.

— Ellos son personalmente inocentes de toda maldad y equivocación — se apresuró a señalar Miles —, nunca supieron quién era yo… la mayoría de ellos ni siquiera son barrayaranos.

Gregor miró con idecisión al conde Vorkosigan, quien se estudiaba las botas como diciendo: «Tú eres quien deseaba ardientemente tomar sus propias decisiones, muchacho.» Aunque lo que dijo en voz alta fue:

— Tú eres tan emperador como lo fue Dorca, Gregor. Haz tu voluntad.

La mirada de Gregor volvió a recaer en Miles durante un largo rato.

— No podías romper el bloqueo dentro de ese contexto militar, así que cambiaste el contexto.

— Sí, señor.

— Yo no puedo cambiar la ley de Dorca… — dijo Gregor lentamente. El conde Vorkosigan, que había empezado a sentirse inquieto, se tranquilizó otra vez —. Salvó a Barrayar.

El emperador hizo una pausa durante un largo rato, con la frustración a flor de piel. Miles sabía exactamente cómo se sentía. Le dejó achicharrarse un momento más, hasta que el silencio se puso tenso por la expectación y Gregor empezó a adquirir ese aire desesperado que Miles reconocía de sus exámenes orales, un hombre atrapado sin la respuesta. Ahora.

— Los Mercenarios Particulares del Emperador — dijo Miles a modo de sugerencia.

— ¿Qué?

— ¿Por qué no? — Miles se irguió y abrió las palmas hacia el cielo —. Estaría encantado de ofrecértelos. Declaradlos «Escuadrón de la Corona». Se ha hecho antes.

— ¡Con tropas de caballería! — dijo el conde Vorkosigan. Pero su rostro estaba de repente mucho más vivo.

— Cualquier cosa que haga con ellos será una ficción legal, de todas maneras, dado que están más allá de su alcance — indicó Miles, y se volvió hacia Gregor para hacerle una reverencia a modo de disculpa —. Puede arreglarlo perfectamente según su máxima conveniencia.

— ¿La máxima conveniencia de quién? — preguntó fríamente el conde Vorhalas.

— Estabas pensando en esto en el sentido de que fuese una declaración privada, espero — añadió el conde Vorkosigan.

— Bueno, sí. Me temo que la mayoría de los mercenarios se sentirían… perturbados al escuchar que han sido reclutados para el Servicio Imperial de Barrayar. Pero, ¿por qué no ponerlos en el departamento del capitán Illyan? — le preguntó a Gregor —. La situación de los mercenarios tendría que permanecer en secreto, entonces. Permítele imaginar algo útil que hacer con ellos. Una flota mercenaria libre que pase a pertenecer en secreto a la Seguridad Imperial Barrayarana.

Gregor pareció de pronto más dispuesto; de hecho, intrigado.

— Eso podría ser práctico…

El conde Vorkosigan reprimió de inmediato una sonrisa que se le asomó entre los dientes.

— Simon se pondrá loco de alegría — murmuró.

— ¿De veras? — preguntó Gregor con tono dubitativo.

— Tienes mi garantía. — El conde Vorkosigan esbozó una reverencia mientras se sentaba.

Vorhalas resopló y miró agudamente a Miles.

— Eres malditamente astuto para tu propio bien, ¿sabes, muchacho?

— Exactamente, señor — dijo Miles complaciente, con un moderado ataque de histeria por el alivio, y sintiéndose más ligero en unos tres mil soldados y Dios sabe cuántas toneladas de equipo. Lo había hecho; la última pieza encajada en su lugar…

— … osas tomarme por tonto — murmuraba Vorhalas. Alzó la voz al conde Vorkosigan —. Eso sólo contesta la mitad de mi pregunta, Aral.

El conde Vorkosigan se estudió las uñas, con los ojos iluminados.

— Es verdad, no podemos dejarle andar suelto por ahí. También yo me estremezco al pensar en los accidentes que podría cometer a continuación. Sin duda, debería ser confinado en alguna institución, donde pudieran obligarle a trabajar todo el día bajo atenta vigilancia. — Hizo una pausa, pensativo —. ¿Puedo sugerir la Academia del Servicio Imperial?

Miles alzó la vista, con la boca abierta en un idiotismo de súbita esperanza. Todos sus cálculos se habían concentrado en ver el modo de escabullirse al peso de la ley de Vorloupulous. Apenas se hubiera atrevido siquiera a soñar en su vida futura, y mucho menos aún a imaginar semejante recompensa…

Su padre bajó la voz dirigiéndose a él.

— Asumiendo que eso no sea indigno de ti… almirante Naismith. No he tenido todavía la ocasión de felicitarte por tu ascenso.

Miles se sonrojó.

— Era todo únicamente una farsa, señor. Usted lo sabe.

— ¿Todo?

— Bueno… en su mayor parte.

— Ah, te has vuelto sutil, incluso conmigo… Pero has saboreado el mando. ¿Puedes volver a ser un subordinado? Las degradaciones son un bocado amargo de digerir. — Una antigua ironía jugueteaba en su boca.

— Usted fue degradado, después de lo de Komarr, señor…

— Descendido a capitán, sí.

Miles torció en una mueca un rincón de su boca.

— Tengo un estómago biónico ahora, que puede digerir cualquier cosa. Puedo aguantarlo.

El conde Vorhalas alzó las cejas, escéptico.

— ¿Qué tipo de galones cree usted que logrará, almirante Vorkosigan?

— Creo que logrará unos galones espantosos — dijo con franqueza el conde Vorkosigan —. Aunque, si puede evitar ser estrangulado por sus superiores por… exceso de iniciativa, me parece que podrá ser un buen oficial del Estado Mayor algún día.

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