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Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:

La novela finalista del Premio Planeta 2006 Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. A través de una caja con fotografías, Silvio va dando a conocer a Cecilia su fascinante historia junto a Zachary West, un extravagante norteamericano cuya llegada a Ribanova cambió el destino de quienes le trataron. Con West descubrirá todo el horror desencadenado por el ascenso del nazismo en Alemania y aprenderá el valor de sacrificar la propia vida por unos ideales. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida.
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– Bueno, Silvio… Zachary dice que eres el mejor agente doble que ha conocido en toda su dilatada trayectoria como espía.

– Tu padre exagera.

– No, qué va. Me lo ha contado todo. Decenas y decenas de nazis atrapados antes de cruzar la frontera gracias a tu labor como topo… por no hablar de todos los alemanes que tienen perfectamente controlados en Madrid. Eres un fenómeno, sí, señor… y estoy muy orgulloso de ti.

Elijah me palmeaba el brazo con torpeza. Empezaba a revolver la lengua al hablar, así que me dije que era el momento de iniciar la retirada y levanté la mano para pedir la cuenta.

– ¡No tengas tanta prisa! Hace dos años que no te veo y nadie sabe cuánto tiempo pasará hasta que vuelvas de visita.

– Mary Jo dice que vendréis a mi boda.

– Mary Jo no se entera de nada. ¿Qué crees que dirían los amigos de los nazis si viesen entrar en la iglesia a un cochino negro como yo? ¿Qué diría el padre de Carmen? ¿Iban a seguir tragándose el cuento del joven fascista que adora a los alemanes? Zachary me lo ha explicado bien: si me ven contigo, empezarán a sospechar. Y no podemos permitir eso, ¿verdad? Hay que seguir trabajando para hacer justicia, para acabar con los asesinos de judíos inocentes. Claro que es una distribución de tareas un poco rara: ellos se dejan exterminar, y luego mi padre y tú dedicáis media vida a buscar venganza. Qué reparto tan poco equitativo.

– Sí, sobre todo porque me temo que fueron los judíos los que se llevaron la peor parte. ¿Ya no te acuerdas de Ithzak?

– Cómo olvidarlo. El pobre Sezsmann, que quería ser director de orquesta, y acabó muerto en la cantera de Mauthausen.

Me extrañó el tono empleado por Elijah: era como si su amargura naciese del rencor. Como si, en el fondo, considerase que Ithzak merecía lo que le había pasado.

– ¿Por qué lo dices así?

Elijah encendió un cigarrillo.

– No lo sé. O sí. Es difícil de explicar. He pensado en eso muchas veces…

– ¿En lo que le ocurrió a Ithzak?

– Más bien en lo que les ocurrió a los judíos polacos. Los nazis los llevaron al matadero como a un rebaño de ovejitas bien educadas. Les dijeron: ¡todos al gueto!, y allí se fueron uno detrás de otro. Luego empezaron a liquidarlos, y ellos se resignaron a su suerte. De vez en cuando, los metían en vagones de carga y empezaba el viaje a los campos de exterminio. Y los judíos, tan dóciles ellos, se apretujaban en aquellos trenes, bajaban en orden y se dejaban marcar como animales antes de ponerse a trabajar como esclavos…

– No sé a dónde quieres llegar.

– ¿Sabes cuántos judíos había en Varsovia cuando se produjo la invasión? ¿No? Yo te lo diré. Cuatrocientos mil. Te dejo eliminar del grupo a los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los enfermos, y aún nos quedan cien mil personas que hubiesen podido desafiar a los nazis o al menos vender caro el pellejo. Pero claro, el pueblo elegido debía de estar esperando un milagro. Que bajase del cielo un rayo vengador para acabar con Hitler, por ejemplo. Y entretanto se dejaron hacinar en un barrio miserable para ser diezmados o conducidos a campos de concentración. En ese aspecto, tengo que reconocer que nuestro Ithzak demostró tener al menos un poco de sentido común.

– Elijah, nunca supimos lo que pasó con él…

– Oh, vamos, Silvio, no te hagas el tonto. Mientras los suyos permitían que los nazis les pasaran por encima, él espabiló lo suficiente como para salvarse de la quema. No digo que aceptar favores de la Gestapo sea algo de lo que uno puede estar orgulloso… pero en la guerra vale todo ¿a que sí? Poner la otra mejilla o sobornar al enemigo… partiendo del deshonor, cada uno puede elegir lo que más le convenga.

Hice una seña a la patrona que se acercaba otra vez con la botella de aguardiente, y la mujer volvió sobre sus pasos. Elijah seguía hablando, pero no se dirigía a nadie en particular.

– Eso sí, el pobre Ithzak ni siquiera fue capaz de rematar la jugada. A veces me pregunto por qué le atraparon. Quizá se le acabó el dinero de su padre y sus protectores le dejaron abandonado a su suerte. Quizá se equivocó al orientarse y acabó llamando por voluntad propia a las puertas del campo. ¿Te imaginas? «Toc, toc, toc.» «¿Quién va?» «Soy un pobre músico judío que se ha perdido y busca un lugar para pasar la noche.»

Aquella burla me dolió.

– Elijah, ya es suficiente.

– Pero ¿qué te pasa? Reconoce que es gracioso…

– He dicho que ya está bien. Vámonos a casa.

Pagué la cuenta y Elijah abandonó el local sin mí. Iba tambaleándose. Nunca había visto a mi amigo en semejante estado: el graduado de Harvard, el inquilino de Park Avenue, el esposo de una descendiente de colonos, víctima de una melopea y diciendo aquellas cosas tan crueles… me dije que no se le podía tener en cuenta. Elijah estaba pasando por una etapa difícil, por la primera etapa realmente difícil de toda su vida. Cuando salí a la calle, mi amigo estaba vomitando protegido por las sombras de un callejón lleno de gatos que rebuscaban en los restos de comida. Me acerqué y le sujeté la cabeza durante el resto de la vomitona.

– ¿Mejor?

– Yo qué sé…

– Espera aquí.

El restaurante aún no había cerrado, y la dueña me dio un paño húmedo y un vaso de agua. Se lo llevé a Elijah, que acababa de sentarse en un escalón mugriento.

– Límpiate, anda. Se te ha ido la mano con el vino. Y mira que era malo.

Me acomodé a su lado y así estuvimos un buen rato, Elijah restregándose el trapo por el cuello y por la frente, yo callado y esperando no sé a qué. En el callejón, los gatos seguían hurgando en los cubos de basura. Pasó una mujer pintarrajeada que a punto estuvo de dirigirse a nosotros, pero cambió de opinión y siguió su camino, pasó un niño corriendo, pasaron dos borrachos felices cantando Yankee Doodle a grito pelado. Tuve envidia de ellos. Ojalá Elijah y yo hubiésemos acabado la noche de la misma manera.

– Elijah, deberíamos volver a casa. Es tarde.

– Dame cinco minutos, ¿de acuerdo?

Mi amigo hundió la cabeza en el paño húmedo.

– Zachary me lo ha contado todo. Lo de tu novia. Llevas tres años con ella para poder ayudar a la Organización, y ahora vas a casarte. ¿Qué será lo siguiente, Silvio? ¿Qué más estás dispuesto a hacer por ellos? ¿Te ofrecerás para ejecutar a algún nazi?

– No digas tonterías. En cuanto a Carmen… no estoy enamorado de ella, pero la quiero mucho y creo que será feliz conmigo.

– ¿Y tú? ¿Tú vas a ser feliz? Cuando me casé con Mary Jo, deseé que encontrases a alguien que te hiciese sentir como yo me sentía. Es lo que uno quiere para sus hermanos, ¿no? Tengo pocos amigos. Ningún amigo de verdad, si quieres que sea sincero. Vivo en un mundo de blancos, y en el fondo sigo siendo el negrito adoptado por el señor Zachary West. Creo que tú y Mary Jo sois las únicas personas que nunca han pensado en el color de mi piel.

– Te olvidas de Ithzak.

Me pareció que reflexionaba unos segundos antes de seguir hablando.

– ¿Es por él, Silvio? ¿Es por él que has renunciado a casarte con alguien a quien quieres, que llevas años arriesgando tu vida como infiltrado de la Organización? ¿Que te rodeas a diario de simpatizantes nazis, que tu círculo habitual está formado por fascistas?

Me quedé callado buscando una buena respuesta.

– Es por muchas cosas, Elijah -dije al fin-, pero, sobre todo, lo hago porque me parece justo. Porque creo que es lo que tengo que hacer, y porque se lo debo a mucha gente.

– Eso no es verdad. No le debes nada a nadie.

– Cuestión de opiniones. -Le palmeé el brazo-. Venga, Elijah, volvamos a casa. Aquí huele que apesta.

Le ayudé a levantarse y caminamos un buen rato en silencio.

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