En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Transcurrieron dos años en los que mi tiempo estuvo tan ocupado como puedas imaginarte. Pasaba las mañanas en el ministerio, y por las tardes me dedicaba a mis funciones como pieza fundamental de la Operación Puertas Abiertas. Seguía encargándome de los alemanes recién llegados, facilitando las salidas del país de todos aquellos que habían decidido radicarse en Sudamérica y traduciendo documentación que era enviada a quienes seguían esperando el momento para entrar en España. De todas formas, y pasados los primeros tiempos en los que hubo verdaderas avalanchas de recién llegados -muchas frustradas por las detenciones que se producían cuando estaban a punto de cruzar la frontera- los alemanes arribaban ahora a cuentagotas.
El tiempo libre lo dividía entre mis encuentros con Carmen y mi trabajo en la Organización. De ser un simple infiltrado en el grupo rival, evolucioné hasta convertirme en alguien con ciertas responsabilidades. Estaba en contacto directo con otros grupos que se dedicaban a la caza de nazis fuera del país, y solía preparar para ellos largos informes sobre la marcha de la Operación Puertas Abiertas. Aquellos documentos salían de España por valija diplomática a través de las embajadas de Inglaterra y Estados Unidos, donde habíamos conseguido introducir a algunos de nuestros colaboradores, e iban a parar a manos de otros buscadores de asesinos que trabajaban en Francia, en Holanda, en Austria o en Bélgica.
Carmen y yo seguíamos llevando nuestro noviazgo con tranquilidad. Salíamos juntos todos los días, y mis cenas en casa de los Orenes habían pasado de ser quincenales a celebrarse cada siete días. Los almuerzos del domingo seguían respetándose (a veces era yo quien les convidaba a comer fuera), y también se contaba conmigo para las celebraciones señaladas, a saber, el día del Carmen, el de San Isidro Labrador y las fiestas nacionales de Santiago y el Pilar. En Navidades viajaba a Ribanova para ver a mis padres, que tuvieron un pequeño disgusto cuando Efraín les comunicó que estaba decidido a trasladarse a Estados Unidos, pues la agencia americana para la que trabajaba quería tenerle instalado allí. Fui yo quien consoló a mi madre:
– Después de todo, parece que tu destino era el de tener un hijo viviendo en el extranjero. Ya ves, de no haber sido por la guerra, yo me hubiese ido a estudiar a Boston y quizá ahora estaría trabajando en cualquier ciudad de Norteamérica.
Se secó las lágrimas sonriendo.
– Me da pena que tú también vivas lejos… pero me gusta verte bien situado, de funcionario en el ministerio y con novia formal… que, por cierto, a ver cuándo me das una alegría.
Supongo que forcé una sonrisa. Aunque procuraba no pensar en el asunto, la cuestión de una próxima boda seguía gravitando sobre mi cabeza. Carmen acababa de cumplir 22 años, y en la España de la época la mayoría de las chicas se casaban en torno a esa edad. Yo ya no podía esgrimir ante su padre argumentos tan peregrinos como la necesidad de que Carmen me conociese mejor ni de querer respetar el luto de su familia. A veces yo mismo pensaba ¿y por qué no?, ¿qué había de malo en el matrimonio? No estaba enamorado de Carmen, pero sentía por ella un afecto sincero. Era dulce, cariñosa y jamás pedía nada. Varias amigas suyas se habían casado ya, e incluso una acababa de ser madre. Hasta entonces yo no había pensado demasiado en la paternidad, pero había empezado a darle vueltas después de leer una carta de Elijah informándome de que él y Mary Jo iban a tener un hijo.
Mi amigo y yo nos escribíamos al menos una vez al mes. Sus cartas me recordaban a aquellas que redactaba cuando los dos éramos niños: misivas llenas de entusiasmo que describían una vida atractiva y feliz. Su trabajo en el estudio de arquitectura iba viento en popa, y le llegaban encargos de otras partes del país, lo que le obligaba a hacer frecuentes viajes. Mary Jo solía acompañarle, y a veces visitaban a los miembros de la familia de su esposa. Algunos todavía tenían que tragar saliva cuando un negro se sentaba a su mesa, y en una eterna cantinela compadecían a los pobres Connors, tan orgullosos de su hija, debutante de éxito, estudiante privilegiada y participante habitual en el Daisy Chain, que teniendo tantos chicos para elegir había seleccionado a un salvaje como marido.
Elijah solía bromear con esas cosas, incluso aquella vez que acudieron a Alabama para firmar el proyecto de un edificio y ningún hotel quiso alojarles. Se quedaron en casa de una prima de la madre de Mary Jo (por suerte, la sangre de los Connors había llegado a todos los rincones del país) pero el viaje resultó ser hecho en balde pues, en cuanto vieron a Elijah, los propietarios del solar donde iba a construirse el inmueble le informaron de que el contrato quedaba rescindido «porque no querían trabajar con un negro». Elijah me refirió el episodio sin acritud ni rencor: «La culpa fue mía. Sé perfectamente cómo están las cosas en el Sur. Teníamos que haber enviado a Gillian, que es pelirrojo y descendiente de irlandeses.»
En cuanto a Hannah Bilak, después de escribirnos con cierta asiduidad durante unos meses, nuestras cartas se habían espaciado. No niego que fui el culpable de aquel distanciamiento, pero me había dado cuenta de que aquellos sobres con su letra alteraban mi ánimo y me hacían soñar con cosas imposibles, así que empecé a convertir mis cartas en simples notas de cortesía y dejar pasar mucho tiempo entre un envío y otro. Hannah debió de entenderlo, y también dejó de escribir. Me dije que era mucho mejor así.
A medida que pasaba el tiempo, las llegadas de refugiados iban espaciándose, y mi concurso dentro de la Operación Puertas Abiertas fue haciéndose cada vez menos necesario, pues los alemanes instalados en España habían formado ya una pequeña colonia solidaria encantada de prestarse apoyo entre sí. A pesar de que cada vez me llamaban menos para utilizarme como intérprete, seguían invitándome a muchas reuniones sociales, supongo que porque me consideraban un ejemplar de español presentable: culto, políglota y de buena presencia. Yo seguía mandando flores a las esposas anfitrionas, contribuyendo con botellas de champán al éxito de las fiestas y mostrándome encantador con todo el mundo.
Fue en una de aquellas fiestas donde me enteré de que el nuevo santuario para los nazis huidos estaba radicado en territorio italiano. Desde finales de 1946 funcionaba en el país la llamada «Vía Romana», una bien trazada ruta que llevaba a los alemanes hasta Roma, y de allí a un exilio definitivo, bien en los países del Próximo Oriente (si se trataba de ayudar a simples funcionarios o militares de baja graduación) bien en Sudamérica. No tardé más que unas horas en poner aquellos datos en manos de la Organización.
– Es una información muy valiosa. Lástima que nuestros colaboradores italianos no funcionen demasiado bien -se lamentó Zachary West-. Sería perfecto que fueses a Italia para obtener más detalles sobre esa nueva ruta de huida.
– Imposible -contesté-. No puedo salir de España sin dar una explicación, y podría parecer sospechoso que me trasladase a Italia precisamente ahora.
– Ya lo sé. De todas formas, hace ya tiempo que la cúpula de la Organización me reclama que encontremos la forma de permitirte realizar algunos viajes. Tu trabajo ha sido tan bueno que hay algunas personas que quieren conocerte.
– Pues, la verdad, de momento no creo que eso sea posible.
– Oh, no te preocupes -dijo Zachary West empleando el tono indiferente que usaba para hablar de asuntos que en realidad tenían verdadera trascendencia-. Estamos en ello desde hace semanas. Ve diciendo a la gente de tu entorno que llevas bastante tiempo escribiendo.
Miré a Zachary como si pensase que se había vuelto loco.
– Escribiendo ¿qué?
– Novelas policíacas.
Ni que decir tiene que mi falsa faceta de escritor aficionado sorprendió a todos los que me conocían. A pesar de que hablaba de mis escritos con verdadera modestia, más de uno me pidió que le permitiese leer las cuartillas terminadas. Carmen fue quien más insistió, pero me escudé en la inseguridad y los prejuicios para justificar mi negativa. Siguiendo las instrucciones de Zachary, comuniqué a todo el mundo que había mandado un manuscrito terminado a una editorial, y sólo quince días después llevé unas botellas de vino al ministerio para festejar la respuesta del editor, a quien había gustado tanto mi novela que había comprado los derechos para publicarla, no sólo en España, sino también en Italia, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Carmen estaba radiante: su novio no sólo era un héroe de guerra bendecido con el don de lenguas, sino que además se había convertido en escritor.