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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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– Nunca habría podido deshacerme de ellos -dijo-. De Larocque en especial, así que decidí terminar con la relación de un modo que ella apreciaría.

– ¿Y cuánto dinero había de por medio?

Ashby se echó a reír.

– Le gusta ir al grano, ¿eh?

Lyon se levantó y se apoyó en la barandilla de popa.

– Siempre es una cuestión de dinero.

– Tengo acceso a varios millones en fondos del club depositados en mi banco. Así fue como le pagué. Me daba absolutamente igual cuánto cobrara. Por supuesto, ese dinero, o lo que queda de él, habría sido mío si su vuelo hubiese sido un éxito -Ashby dejó que sus palabras calaran, insinuando de nuevo quién era el responsable de la estafa. Se estaba cansando de aquel teatro y le molestaba la arrogancia de aquel hombre, y con cada segundo que pasaba ganaba aplomo.

– ¿Qué había realmente en juego, lord Ashby?

No pensaba responder.

– Más de lo que pueda imaginarse. Lo suficiente para compensar los riesgos que conlleva matar a esa gente.

Lyon no dijo nada.

– Yo le he pagado -aclaró Ashby-, pero no he recibido el servicio como prometió. A usted le gusta hablar de reputación y de lo importante que es para usted. Cuando fracasa, ¿se queda con el dinero de la gente?

– ¿Todavía quiere verlos muertos? -Lyon hizo una pausa-. Suponiendo que todavía me interese continuar con nuestra asociación.

– No tiene que asesinarlos a todos. ¿Qué tal solo a Larocque? Por lo que ya ha recibido y por el pago restante que le debo.

Thorvaldsen no había podido embarcar con Ashby. Sus agentes habían partido desde Inglaterra y llegarían en las próximas horas, así que no podía utilizarlos para seguirlo. En lugar de eso, optó por seguir a la lenta embarcación circulando en taxi por un concurrido bulevar paralelo al Sena.

En un primer momento consideró la opción de enviar a Sam o Meagan, pero le preocupaba que Ashby pudiera reconocerlos después de la reunión. Ahora tenía claro que no había elección.

– Quiero que subas en la próxima parada y averigües qué está haciendo Ashby. Entérate también de la ruta y llámame inmediatamente -le dijo a Sam.

– ¿Por qué yo?

– Si has podido disfrazarte para Stephanie Nelle, seguro que también puedes hacer esto por mí.

Thorvaldsen vio que su respuesta había hecho mella en el joven, como él pretendía.

Sam asintió.

– Sí, pero puede que Ashby me viera en la sala de reuniones.

– Ese es un riesgo que debemos correr. Aun así, dudo que preste mucha atención al servicio.

La carretera pasaba entre el Louvre, a la izquierda, y el Sena, a la derecha. El danés vio que el barco turístico se dirigía hacia un muelle situado justo debajo de la carretera e hizo una señal al conductor para que se detuviera en la curva. Abrió la puerta y Sam se bajó.

– Ve con cuidado -le dijo. Después cerró la puerta e indicó al conductor que se pusiera en marcha lentamente y que no perdiera de vista el barco.

– Todavía no ha respondido a mi pregunta -le dijo Lyon a Ashby-. ¿Qué es lo que está en juego?

Ashby se dio cuenta de que si pretendía contar con la ayuda de Lyon tendría que ceder un poco.

– Un tesoro incalculable, mucho mayor que los honorarios que yo le he pagado.

Ashby quería que aquel demonio supiera que ya no le intimidaba.

– ¿Y necesitaba que Larocque y los demás desaparecieran para conseguirlo?

Ashby se encogió de hombros.

– Solo ella. Pero pensé que, puestos a matar a gente, ¿por qué no acabar con todos?

– Le he subestimado, lord Ashby.

Hablaba en serio.

– ¿Y qué hay de los estadounidenses? ¿También los ha engañado?

– Les conté lo que debía y, dicho sea de paso, jamás lo habría delatado. Si las cosas hubieran salido bien, yo habría tenido mi libertad, el tesoro y el dinero del club y usted hubiera servido a su próximo cliente con el triple de sus honorarios en el bolsillo.

– Los estadounidenses fueron más listos de lo que esperaba.

– Parece que fue un error por su parte. Yo he cumplido y estoy dispuesto a pagar el resto. Siempre que…

El barco atracó junto al Louvre. Nuevos pasajeros subieron a bordo y tomaron asiento bajo la bóveda. Ashby guardó silencio hasta que los motores se pusieron en marcha y devolvieron la embarcación a las rápidas aguas del Sena.

– Lo escucho -dijo.

Sam decidió no sentarse demasiado cerca de la popa. Por el contrario, optó por mezclarse entre los dispersos viajeros pertrechados con sus cámaras de fotos. Bajo la bóveda se disfrutaba de cierto confort que procuraba el aire cálido de la calefacción del barco. Ashby y el otro hombre, el extraño enfundado en lana inglesa que lucía un cabello rubio peinado majestuosamente, estaban fuera, donde, imaginaba, debía de hacer un frío terrible.

El joven centró su atención en las orillas mientras un guía hablaba por los altavoces sobre la Île de la Cité y sus numerosas atracciones, que se encontraban justo enfrente. Sam fingió contemplar el paisaje para vigilar lo que acontecía. El guía mencionó que tomarían la ruta de la orilla izquierda para bordear la Île, pasando por Notre Dame en dirección a la Bibliothéque Francois Miterrand. En ese momento, Sam cogió el teléfono e informó rápidamente sobre el trayecto.

Thorvaldsen escuchó, colgó el teléfono y estudió la carretera.

– Cruce el río -le dijo al conductor-, luego gire a la izquierda hacia el Barrio Latino. Pero sígalo de cerca.

No quería perder de vista el barco turístico.

– ¿Qué está haciendo? -preguntó Meagan Morrison.

– ¿Cuánto hace que vives en París?

Meagan pareció sorprendida por la pregunta y se dio cuenta de que el danés estaba ignorando la suya.

– Varios años.

– Dime, ¿hay algún puente más allá de Notre Dame que lleve a la orilla izquierda?

Meagan vaciló. Thorvaldsen se percató de que la joven no desconocía la respuesta, sino que quería saber por qué era importante aquella información.

– Hay un puente pasada la basílica. El Pont de l’Archevêché.

– ¿Hay mucha circulación?

Meagan negó con la cabeza.

– Sobre todo transeúntes y algunos carros que cruzan en dirección a la Île St. Luis, que queda detrás de la catedral.

– Vaya allí -indicó al conductor.

– ¿Qué piensa hacer, jefe?

El danés ignoró la pulla y, sin inmutarse, dijo:

– Cumplir con mi deber.

LXIV

Ashby esperó a que Peter Lyon le dijera lo que quería oír.

– Puedo eliminar a Larocque -aseguró el surafricano en voz baja.

Se encontraban de cara al río, viendo cómo la estela espumosa del barco se disolvía en el agua gris amarronada. Les seguían dos barcos turísticos y varias embarcaciones privadas.

– Tiene que ser hoy mismo -aclaró Ashby-. Mañana como muy tarde. Larocque se va a poner muy desagradable.

– ¿Ella también quiere el tesoro?

Ashby decidió mostrarse contundente.

– Más de lo que imagina. Es una cuestión de honor familiar.

– Quiero saber más acerca de ese tesoro.

Ashby no quería responder, pero no tenía elección.

– Son las riquezas perdidas de Napoleón, un tesoro incalculable. Lleva desaparecido doscientos años, pero creo haberlo encontrado.

– Tiene suerte de que su tesoro no me interese. Prefiero la moneda de curso legal.

La expedición pasó frente al Palais de Justice y por debajo de un puente atestado por el tráfico.

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