El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Llegaron a la cuarta planta y encontraron la puerta del apartamento que había dejado el hombre de los ojos ámbar semanas antes. El propietario les había proporcionado una llave maestra.
Stephanie se situó a un lado, pistola en mano. Malone balanceó su cuerpo hacia el otro lado y llamó a la puerta. No esperaba que nadie respondiese, así que metió la llave en la cerradura, giró el pomo y abrió. Esperó unos segundos y entonces miró por el costado de la jamba. El piso estaba totalmente vacío, salvo por un objeto.
En el suelo de madera yacía un computador portátil con la pantalla mirando hacia ellos y un contador en marcha.
Dos minutos.
1.59.
1.58.
Thorvaldsen había llamado siete veces al teléfono móvil de Malone y siempre le había saltado el contestador automático, lo cual le angustiaba cada vez más. Necesitaba hablar con él y, lo que era más importante, necesitaba encontrar a Graham Ashby. No había ordenado a sus investigadores que siguieran al británico cuando este había abandonado Inglaterra por la mañana. Supuso que tendría controlado a Ashby en la Torre Eiffel hasta última hora de la tarde. Para entonces, sus hombres estarían en Francia listos para entrar en acción. Pero Ashby tenía otros planes. Thorvaldsen estaba solo en su habitación del Ritz. ¿Qué debía hacer ahora? Estaba desorientado. Había planeado su estrategia al detalle, previéndolo casi todo, excepto el asesinato en masa del Club de París. Debía reconocer que Ashby había sido innovador. Eliza Larocque debía de estar confusa. Sus meticulosos planes se habían ido al traste. Al menos se había dado cuenta de que el danés le decía la verdad sobre el supuestamente fiable lord británico. Ahora Ashby tenía a dos personas que deseaban acabar con él, lo cual le trajo de nuevo a la mente a Malone, el libro y Murad. ¿Quizá el profesor sabía algo?
En ese momento sonó su teléfono móvil. La pantalla advertía que era un número oculto, pero respondió de todos modos.
– Henrik -dijo Sam Collins-. Necesito su ayuda.
Thorvaldsen quería saber si todos los que lo rodeaban eran unos embusteros.
– ¿Qué has estado haciendo?
Al otro lado del aparato se hizo el silencio. Finalmente, Sam respondió:
– He sido reclutado por el Departamento de Justicia.
El danés se alegró de que el joven le dijera la verdad, así que decidió corresponderle.
– Te he visto en la Torre Eiffel. En la sala de reuniones.
– Eso me pareció.
– ¿Qué está ocurriendo, Sam?
– Estoy siguiendo a Ashby.
Era la mejor noticia que había oído.
– ¿Para Stephanie Nelle?
– En realidad no, pero no tenía elección.
– ¿Tienes manera de contactarla?
– Me ha facilitado un número directo, pero no sabía si llamar. Quería hablar primero con usted.
– Dime dónde estás.
Malone se acercó al computador mientras Stephanie registraba las otras dos habitaciones del piso.
– Aquí no hay nada -gritó.
Malone se arrodilló. La pantalla proseguía la cuenta atrás, que se acercaba a un minuto. Vio una tarjeta de datos insertada en un puerto USB lateral, la fuente de la conexión sin cables. En la parte superior derecha de la pantalla, el indicador de batería indicaba un ochenta por ciento. La máquina no llevaba en marcha mucho tiempo.
Faltaban cuarenta y un segundos.
– ¿No deberíamos irnos? -preguntó Stephanie.
– Lyon sabía que vendríamos. Como en los Inválidos, si quisiera matarnos, hay maneras más sencillas que esta.
Veintiocho segundos.
– ¿Te das cuenta de que Peter Lyon es un cabrón sin escrúpulos?
Diecinueve segundos.
– Henrik ha llamado siete veces -le dijo a Stephanie mientras observaban la pantalla.
– Hay que ocuparse de él -respondió.
– Lo sé.
Doce segundos.
– A lo mejor te equivocas y sí hay una bomba aquí -musitó Stephanie.
Nueve segundos.
– No sería la primera vez.
Seis segundos.
– Eso no es lo que dijiste en el patio de honor.
Entonces apareció un cinco, después un cuatro, un tres, un dos, un uno.
LXI
Ashby esperó a que Caroline se explicara. Sin duda estaba disfrutando.
– Si vamos a creer en la leyenda -dijo ella-, solo Napoleón conocía el paradero de su tesoro. No confió esa información a nadie, que nosotros sepamos. Cuando se dio cuenta de que iba a morir en Santa Elena, tuvo que decírselo a su hijo.
Caroline señaló las catorce líneas.
– “Al rey Dagoberto y a Sión pertenece el tesoro y él esta muerto allí”. Es bastante simple.
Quizá para alguien con varios títulos en historia, pero no para él.
– Dagoberto era un merovingio que gobernó a principios del siglo vii. Unificó a los francos y convirtió a París en su capital. Fue el último merovingio que tuvo algún poder real. Después de eso, los reyes merovingios se convirtieron en gobernadores ineficaces que heredaban el trono de niños y solo vivían lo suficiente para engendrar un heredero varón. El auténtico poder estaba en manos de las familias nobles.
Ashby seguía pensando en Peter Lyon y Eliza Larocque y en la amenaza que suponían. Él quería pasar a la acción, no escuchar, pero se obligó a ser paciente. Caroline nunca lo había decepcionado.
– Dagoberto construyó la basílica de Saint-Denis al norte de París. Fue el primer rey enterrado en la iglesia -Caroline hizo una pausa-. Aún sigue allí.
Ashby intentó recordar lo que pudo de la catedral. El edificio se había construido sobre la tumba de San Dionisio, un obispo local martirizado por los romanos en el siglo iii y adorado por los parisinos. Era un edificio excepcional tanto por su construcción como por su diseño, y estaba considerado como uno de los primeros ejemplos de arquitectura gótica del planeta. Ashby recordó a un conocido suyo de origen francés que en una ocasión se jactó de que la mayor concentración de monumentos funerarios reales se encontraba en aquel lugar. Como si a él le importara. Aunque quizá debería importarle, sobre todo una tumba real en particular.
– Nadie sabe si Dagoberto está enterrado realmente allí -aclaró Caroline-. El edificio se erigió en el siglo v. Dagoberto gobernó a mediados del siglo vii. Donó tantas riquezas para la mejora de la basílica que en el siglo ix fue reconocido como su fundador. En el siglo xiii, los monjes le dedicaron un nicho.
– ¿Está allí Dagoberto o no?
Caroline se encogió de hombros.
– ¿Y qué más da? Ese nicho todavía se considera la tumba de Dagoberto, donde él yace muerto.
Ashby comprendió la importancia de sus palabras.
– ¿Eso es lo que creía Napoleón?
– Dudo que pensara otra cosa.
Malone miró fijamente el computador y la única palabra que aparecía en mayúsculas, enfatizada por tres signos de exclamación.
¡¡¡BAM!!!
– Qué interesante -dijo Stephanie.
– Lyon está obsesionado con las bombas.
La pantalla cambió y en ella apareció un nuevo mensaje.
¿CÓMO DICE LA EXPRESIÓN?
TARDE, MAL Y NUNCA.
QUIZÁ LA PRÓXIMA VEZ.
– Eso sí que es irritante -dijo Malone, pero vio algo más que frustración en los ojos de Stephanie y supo lo que le pasaba por la cabeza.
“Ni Club de París, ni Lyon, ni nada”.
– No es tan grave -agregó.
Stephanie pareció ver el brillo en los ojos de su compañero.
– ¿En qué estás pensando?