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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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– No, señora, la verdad es que no os he servido tan bien. Durante más de quince días os he ocultado algo, algo que debéis saber. Tengo buenas razones para pensar que lady Claudine está haciendo de espía de vuestro hijo.

Leonor continuó tomando sorbitos de vino.

– ¿De verdad?

Justino estaba preparado para una reacción de cólera, incredulidad, y hasta de absoluto rechazo. Pero no indiferencia, nunca indiferencia.

– Señora… ¿me habéis oído?

Se mostraba tan sorprendido, que la reina casi sonrió.

– Sí os he oído, Justino. Has dicho que Claudine es espía de Juan.

Justino respiraba fatigosamente.

– ¡Vuestra Alteza lo sabía!

– Sí, de hecho lo he sabido hace tiempo -asintió la reina.

Justino estaba atónito.

– Pero… ¿pero por qué…?

– ¿Que por qué no revelé su doble juego? Seguramente habréis oído el refrán de que «más vale malo conocido que bueno por conocer». Pues bien, eso se puede aplicar también a los espías. Además, el espionaje de Claudine no era más que una irritación, porque no es lo suficientemente implacable como para desempeñar bien esa misión. Y mientras Juan crea que confío en ella, no buscará por otra parte.

Justino pensó que, después de todo esto, necesitaba una copa.

– Señora, parecéis aceptar la traición con una calma asombrosa. ¿Por qué no estáis indignada?

– La indignación es una indulgencia propia de la juventud y la inexperiencia. No es un vicio de la madurez…, ni de una reina.

Antes de darse cuenta, Justino había apurado su copa.

– Vos la conocéis mejor que yo, señora. ¿Por que lo hacía?

Leonor se encogió de hombros.

– Hay muchas razones por las que la gente siente la tentación de danzar con el demonio. Unos lo hacen por dinero. A otros se les fuerza, a otros se les seduce, y mi hijo puede ser muy persuasivo. Pero si tuviera que hacer una conjetura, diría que a Claudine la atrajo el espíritu de aventura.

– ¿El espíritu de aventura? -repitió Justino, con tanta acritud que las palabras, inofensivas de por sí, tomaron el tono de una salvaje blasfemia.

– Sí, aventura -insistió Leonor-, porque así es como ella lo ve. Estoy segura de que se ha convencido de que ningún perjuicio puede derivarse de sus averiguaciones. Le da a Juan lo que él quiere, ella recibe también lo que quiere y nadie resulta herido. Para Claudine esto es un juego, sólo un juego.

Justino meneó lentamente la cabeza, un gesto tan revelador para Leonor como hubiera podido ser cualquier explosión de cólera. Lo observó mientras volvía a la mesa y servía más vino para los dos. Aceptando una de las copas, dijo:

– Por si os sirve de algo, muchacho, a Claudine le gustasteis desde la primera vez que os vio. Dudo que se hubiera llevado al lecho a un hombre que no encontrara deseable. Ella se considera una espía, no una prostituta.

Para Justino eso fue un mínimo consuelo y bebió otro trago tan rápidamente que ella tuvo que advertirle que fuera más despacio.

– No tengo la menor intención de emborracharme -dijo tenso-. Ya lo he hecho antes. -Al oír sus propias palabras, se dio cuenta de que el vino le estaba desatando la lengua más de lo debido, y puso la copa a un lado-. ¿Sabíais, señora, que yo había descubierto la traición de Claudine?

– Sí, lo sabía.

– Entonces, ¿por qué quisisteis tenerme a vuestro servicio?

– Tenía confianza en que vendríais a contarme la verdad. Supongo, he de confesarlo, que tenía también curiosidad de ver cuánto tiempo ibais a tardar en hacerlo -dijo Leonor con una leve sonrisa.

– ¿Me estabais poniendo a prueba?

– ¿Qué opináis?

– ¿Queréis que os diga la verdad? -contestó Justino con una risa trémula-. Que todo esto es superior a mí, que no lo entiendo.

Ella le sonrió por encima del borde de la copa.

– Creo que os habéis mantenido a flote bastante bien. No sólo eso, creo que sois mejor nadador de lo que vos creéis, Justino. Lo demostrasteis con la historia del naufragio que inventasteis para tentar a Claudine.

– ¿Cómo podéis saber eso? ¡No es muy probable que Claudine os lo haya contado! -preguntó Justino mirándola a los ojos.

– No, pero Durand sí lo hizo.

Esto era ya demasiado para Justino.

– No lo comprendo -dijo él, haciendo uso, con estas breves palabras, del mayor eufemismo de su vida-. ¿Por qué os lo iba a contar Durand? ¡Durand es el lobo domesticado de Juan!

– No -contestó la reina con un leve destello de ironía, a pesar de la gravedad de la situación-, ¡Durand es mi lobo domesticado!

– ¿Queréis decir que Durand no era el espía de Juan?

– No, ha estado espiando a favor de Juan durante meses. Pero lo que Juan no sabe es que Durand le dice sólo lo que yo quiero que él sepa.

Justino estaba tratando aún de asimilar esta nueva realidad.

– Pero Claudine sabía lo de Gilbert el Flamenco. ¿Cómo pudo Juan enterarse de esto si no fue por Durand?

– Sí, así es, esa información procedía de Durand -confirmó la reina-, ¿Pero de qué le servía a Juan si no le proporcionaba alguna información valiosa? Le proporciona la suficiente para que Juan siga acudiendo a él en busca de más noticias.

– Así que cuando Durand se enfrentó conmigo en el gran salón, ¿toda su actitud era una especie de farsa?

– No, no exactamente. Por supuesto, estaba haciendo lo que vos esperabais que hiciera. Os habría sorprendido, y hasta os habría hecho sentir suspicaz si no os hubiera echado la culpa de su supuesta pérdida del favor de la reina. Pero el hecho de que no le caéis bien es indiscutible. Le molestó mucho el que lo sorprendierais en Winchester. Pocas veces comete errores como ése y no acepta con elegancia el fracaso. Es evidente que vos le pagáis esa hostilidad con la misma moneda, y ésa es una de las razones por la que os estoy contando esto. Es muy probable que tengáis que trabajar con Durand en el futuro y no quisiera que vuestras sospechas os cieguen y os conduzcan a otros peligros.

Justino se quedó mirando a Leonor con verdadero asombro. Si la familia pudiera igualarse a ese «castillo en la colina» que él se había imaginado una vez, el de la reina era de una magnífica estructura, lujosa y majestuosa, pero con los muros internos salpicados de sangre. Aun maravillándose de que pudiera afrontar la traición de un hijo sin estremecerse, se daba cuenta también de que las necesidades de la reina prevalecerían siempre sobre las de la madre. No estaba seguro de si él mismo había escogido formar parte del mundo de la reina -tan cegador, tan deslumbrante, tan peligroso-, pero tampoco podía hacerse a la idea de escaparse ahora de él. Para bien o para mal, era demasiado tarde.

Pensando que a Durand le debía de gustar cabalgar al borde del precipicio y dormir en edificios en llamas, dijo:

– Estoy todavía perplejo sobre el papel que Durand desempeña en esto. Creo que lo llamasteis una «danza del diablo». Puesto que Durand no era realmente el hombre de Juan, ¿por qué se molestó en seguirme hasta Winchester, no sólo una vez, sino dos? ¿Por qué no decirle simplemente a Juan que lo había hecho y ahorrarse mucho tiempo innecesario en la silla de montar? En lugar de hacerlo, llegó hasta interrogar a Lucas de Marston. -La respuesta le llegó, en una explosiva intuición, con tanta claridad que casi le dejó sin aliento.

– ¡Dios mío! No estaba en Winchester a petición de Juan, ¿me equivoco? Fuisteis vos quien lo mandasteis en pos de mí.

– He estado pensando -contestó la reina- cuánto tardaríais en daros cuenta de eso.

Justino tenía tantas preguntas que hacer que decidió reunirías todas en una: «¿Por qué?».

– Erais el único que había visto a los asesinos. Eso os convertía en el objetivo primordial. Pero erais todavía un desconocido para mí, y si me disculpáis el que lo diga, aún muy joven. Quería estar segura de que no estaba arrojando un cordero a la cueva de los leones. Así que pensé que lo mejor era que Durand os vigilara, al menos hasta que demostrarais que erais perfectamente capaz de cuidar de vuestra seguridad.

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