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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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– Perdona, mis pensamientos vagan sin control. ¿Qué me estabas diciendo?

– Tenía curiosidad -confesó el criado- sobre la puta del Flamenco. Si la hubieran atrapado, ¿la habrían ahorcado también?

– No es probable, porque el crimen al que Nora contribuyó con su ayuda, no llegó a cometerse. Pero se puede ahorcar al cómplice de un asesinato y es muy posible que ésta haya estado implicada en algunos de sus otros crímenes. Si es así, habría incurrido en la pena de muerte. Según Lucas, un tribunal es generalmente muy duro con una mujer acusada de asesinato.

Aldith asintió, confirmando en el acto todo lo dicho.

– Lucas dice que esperamos que los hombres monten en cólera y reaccionen con violencia. Por el contrario, se supone que las mujeres somos dóciles y manejables, y cuando una mujer no lo es, se la castiga por ello. Pero esto es una espada de dos filos porque dice que acusaciones y convicciones son más probables cuando la víctima es una mujer.

– Así es como debe ser -afirmó Edwin, comprensivo- porque es cobardía hacer daño a una mujer. Después de todo, no pueden defenderse. -Pero enseguida bajó la voz, con algo menos de galantería-, ¡Rápido, bajad la cabeza, porque aquí vienen la reina Jonet y su bufón!

Jonet y Miles, que les observaban, se abrieron paso entre la multitud hasta llegar a un lugar preferente, tan próximo a la horca como les fue posible. A Justino no le sorprendió verlos allí, pero sí le dejó perplejo la visión de una figura con capucha corriendo para alcanzarlos.

– ¿Qué está haciendo Tomás aquí? Dudo de que el abad le haya dado permiso para asistir a una ejecución.

¿Estás dispuesto a apostar a que nuestro novicio salió de la abadía sin pedir permiso?

– ¡Santo Cristo, espero que no! -dijo Edwin, alterado-, ¡Si le echan de la abadía volverá a casa de la señora Ella y entonces Dios no nos deje de su mano!

Justino pensó que no era probable que se le admitiera a Tomás a hacer sus votos perpetuos. Pero no veía motivo para preocupar a Edwin con sus dudas, porque el pesimismo del criado estaba bien fundado.

– La señora Ella me dijo que podía venir a la ejecución y Jonet estaba allí cuando lo dijo y lo oyó palabra por palabra. Sin embargo, ahora me está mirando como si me hubiera escapado cuando la señora Ella volvió la espalda -dijo Edwin, que había empezado a ponerse nervioso por las miradas hostiles que se le dirigían.

– Es la gente con quien te encuentras, Edwin -dijo Aldith con ironía-. Después de todo, estás aquí confraternizando abiertamente conmigo, la mismísima Ramera de Babilonia de Winchester.

– Tampoco estoy yo en buenas relaciones con ellos -añadió Justino-. Durante el juicio, hicieron evidente que hubieran preferido compartir la mesa con un leproso que conmigo.

– Tenéis razón -gruñó Edwin-. Hasta después de enterarse de que esclarecisteis el asesinato del maestro Gervase, continúan censurándoos por haber sospechado injustamente de ellos, con lo santos que son todos ellos.

– ¿Y sabes por qué no me sorprende eso? -bromeó Justino-. Pues porque la afrenta a su orgullo es más importante que el asesinato de su padre.

Un súbito movimiento de la multitud les hizo interrumpir la conversación. Habían aparecido unos jinetes.

Los espectadores se echaron hacia adelante al ver el carro con el acusado. Gilbert el Flamenco estaba de pie en él, con actitud de desafío aun ahora que iba sujeto con cadenas. Pero Aldith sólo tenía ojos para Lucas.

– ¡Ahí está!

Lucas y sus hombres cabalgaban a los lados del carro, manteniendo controlados a los espectadores. Algunas veces algún forajido condenado podía convertirse en celebridad, pero no era éste el caso, pues el Flamenco había cometido demasiados crímenes contra los hombres y mujeres de Winchester. Lo recibieron con burlas, silbidos y juramentos. Un hombre lanzó una piedra con tan mala puntería que dio contra el carro. Antes de que pudiera arrojar otra, el sargento de Lucas se dirigió a él. Watt le reprochó su actitud, pero sólo eso, y cuando Justino hizo un comentario sobre su moderación, poco corriente cuando se trataba de controlar a una multitud, Edwin le explicó que el que había tirado la piedra era pariente de la mujer del comerciante a quien se dejó morir en el camino de Southampton.

– ¡No puedo creer lo que estoy viendo! -Aldith parecía atónita y luego indignada-, ¿Qué está haciendo aquí el justicia? No tomó parte en nada de esto. ¿Cómo tiene el atrevimiento de esperar que se le reconozca el mérito por un arresto que fue obra de Lucas?

Una mirada convenció a Justino de que tenía razón. El justicia estaba comportándose como si hubiera sido él quien hubiera capturado al Flamenco, respondiendo solemnemente a los saludos de la multitud, dando órdenes innecesarias a Lucas y a los demás, lanzando miradas airadas al forajido y en general recordándole a Justino a un gallo de corral que se está dando aires de grandeza con la gallina que pertenece a otro gallinero.

Cuanto más observaba Aldith su pavoneo y presunción, tanto más se encolerizaba. Pero cuando Lucas se bajó del caballo y se unió a ellos, parecía haber adoptado una actitud filosófica por haber sido relegado a desempeñar un papel accesorio en la representación que estaba a punto de empezar.

– Tú sabes cómo se capturó al Flamenco -le dijo a Aldith-, y también, gracias a De Quincy, lo sabe la reina Leonor. ¿Qué importa lo demás?

Al asesino, encadenado, lo arrastraron hasta la horca, donde el verdugo esperaba con impaciencia. El justicia iba detrás y hacía un gesto para indicar que quería ser quien pusiera el lazo alrededor del cuello de Gilbert. Lucas parecía adivinar lo que iba a ocurrir, porque dijo en voz baja:

– Eso ha sido un mal paso.

Unos momentos después sus palabras resultaron proféticas porque cuando el justicia se aproximó con la cuerda, el Flamenco le escupió en plena cara.

Una reacción espontánea salió de la multitud: gritos sofocados mezclados con risitas ahogadas. Aldith escondió el rostro en los hombros de Lucas para que no se oyeran sus risas, pero Lucas, prudentemente, controló su reacción, que era similar a la de ella. Dejándose llevar por su dignidad maltratada, el ultrajado justicia respondió con un aluvión de insultos e improperios, interrumpido por la risa despreciativa del condenado. Echándose hacia atrás, el justicia hizo un gesto desdeñoso y despectivo al Flamenco, que se convirtió en una mueca cuando el verdugo obedeció y subió la soga que sostenía su cuerpo.

Los espectadores se quedaron silenciosos. Unos cuantos hicieron a escondidas la señal de la cruz como despedida al hombre que estaba a punto de morir. Aldith volvió a esconder su rostro en el manto de Lucas. Edwin desvió también la mirada, pero Lucas y Justino siguieron observando con seriedad, mientras el asesino libraba una batalla desesperada por cobrar aliento. Pareció pasar mucho tiempo hasta que dejó de agitar los brazos y su cuerpo se desplomó.

Lucas fue el primero en romper el silencio.

– Bueno, va por fin camino del infierno.

– Dudo -dijo Justino cansinamente- que ni siquiera el demonio quiera tenerlo junto a él.

Justino se acercó a regañadientes a casa de los Fitz Randolph. A diferencia de sus hijos, la viuda del orfebre no había asistido al juicio del Flamenco. Así como no le importaba ni poco ni mucho la benevolencia de los Fitz Randolph más jóvenes, la opinión de Ella no le era indiferente. Era la única en la familia del finado a quien encontraba afable y deseaba que pensara bien de él. Por eso quería averiguar si ella lo censuraba como lo habían hecho sus hijos.

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