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La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]

Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso huracán se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
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La luz del sol que se colaba entre un par de nubes iluminaba la isla de Ometepe. Si bien el aeroplano no parecía mucho más grande que una hormiga a través de los prismáticos, el color lavanda que reflejaba el sol en el fuselaje y las alas era inconfundible.

Odyssey, murmuró para sus adentros, mientras su mente corría desbocada. Sólo entonces comprendió que los edificios se encontraban directamente encima de los túneles. Eso explicaba los enormes montacargas que él y Giordino habían visto en la terminal ferroviaria. El complejo estaba conectado con los túneles, aunque el tamaño indicaba que debía de servir a otros propósitos.

Mientras hacía un barrido de las instalaciones al pie del volcán, hizo una pausa al ver lo que parecían ser muelles detrás de una hilera de tinglados. Los techos de los tinglados le impedían la visión directa de los muelles, pero distinguió las siluetas de cuatro grandes grúas contra el fondo azul del cielo y entendió por qué el complejo no necesitaba de un sistema de transporte exterior. Era totalmente autosuficiente.

Entonces ocurrieron tres cosas casi simultáneamente, que le avisaron del peligro.

El faro, sin motivo aparente, comenzó a oscilar como una bailarina de hula hula. Tal como le había dicho a Percy Rathbone, estaba acostumbrado a los terremotos como todos los californianos. En una ocasión había estado en el piso treinta y dos de un edificio de oficinas en Wilshire Boulevard cuando se había producido un temblor y el edificio se había sacudido violentamente. Claro que no había tenido ninguna consecuencia, porque éste contaba con protección antisísmica. Ahora revivió la misma sensación, excepto que el faro se movía como una palmera sacudida por vientos cambiantes.

Pitt se volvió inmediatamente para mirar el volcán Concepción, ante la posibilidad de que hubiese entrado en erupción, pero el cráter parecía tranquilo, sin señales de humo o cenizas. Miró el agua y vio las ondulaciones en la superficie como si en las profundidades se hubiera puesto en marcha una gigantesca batidora. Al cabo de un minuto que se hizo eterno, se acabaron las sacudidas. Como era de suponer, Giordino no se despertó.

El segundo peligro lo encarnó una lancha patrullera de color lavanda que había zarpado de la isla y se dirigía directamente hacia el faro. Los guardias a bordo debían de estar muy convencidos de que sus presas no podían escapar, ya que navegaban como quien da un paseo.

El tercero y último peligro provino de debajo de sus pies. Un ruido prácticamente inaudible -el choque de una pieza metálica contra otra en el interior del pozo de ventilación- fue probablemente el motivo de que salvaran la vida. Pitt tocó a Giordino con la punta del pie.

– Tenemos visitas. Por lo que se aprecia, encontraron nuestro rastro.

Giordino se despertó en el acto y cogió la automática Desert Eagle calibre.50 que llevaba en la cintura debajo del mono. Pitt sacó de la mochila su vieja automática Colt.45 y se agachó junto al agujero del pozo sin mirar por encima del borde.

– ¡Quédense donde están! -gritó.

Lo que pasó a continuación no fue algo completamente inesperado. Por toda respuesta, una ráfaga de ametralladora convirtió en un colador la cúpula metálica del faro. La descarga fue tan violenta que Pitt y Giordino no se animaron a estirar las manos más allá del borde para disparar, ante el riesgo de que se las destrozaran las balas.

Pitt se arrastró hasta una de las ventanas del faro y comenzó a golpear contra el cristal con la culata de la pistola. El cristal era grueso y tuvo que descargar varios golpes hasta conseguir romperlo. Varios trozos cayeron al mar, pero Pitt pasó rápidamente el brazo por el agujero y golpeó el vidrio desde el exterior para que los cristales cayeran al suelo. Luego los empujó con los pies para amontonarlos y llevarlos hasta el agujero, y los lanzó por encima del borde. Los trozos, puntiagudos y afilados como navajas, llovieron sobre los asaltantes. Casi sin solución de continuidad se escucharon gritos de dolor y cesaron los disparos.

Pitt y Giordino aprovecharon la confusión para disparar a ciegas al interior del pozo. Las balas, que rebotaban contra las paredes de cemento, causaron el caos entre los guardias de Odyssey que subían la escalerilla. Los gritos de los heridos se apagaron y unos segundos más tarde se escucharon los golpes de sus cuerpos contra las paredes, mientras caían a plomo hasta el fondo.

– Eso retardará un poco sus malévolas intenciones -comentó Giordino, sin la menor pizca de remordimiento en la voz, mientras ponía un cargador nuevo en el arma.

– Todavía nos quedan otros indeseables por atender -replicó Pitt, señalándole la patrullera que navegaba hacia el faro, con la proa alzada por encima del agua.

– Será un poco duro.

A través del cristal roto, Giordino le indicó a su compañero el helicóptero que cruzaba el lago a baja altura desde el norte. Pitt calculó en un santiamén las distancias que debían recorrer la patrullera y el helicóptero, y se permitió una sonrisa.

– El pájaro es más rápido. Lo tendremos aquí cuando a la lancha le queden todavía cerca de dos kilómetros.

– Reza para que no lleven misiles -dijo Giordino, y sus palabras fueron como un jarro de agua fría para el entusiasmo de Pitt.

– No tardaremos en saberlo. Prepárate para coger el arnés cuando lo bajen.

– Tardaremos demasiado si tienen que subirnos uno a uno -afirmó Giordino-. Propongo que le digamos juntos nuestro lloroso adiós al faro.

– Estoy contigo -asintió Pitt.

Salieron al angosto balcón que rodeaba la parte superior de la torre. Pitt vio que el helicóptero era un Bell 340 con motores gemelos Rolls-Royce. Estaba pintado de colores amarillo y rojo, con las palabras MANAGUA AIRWAYS escritas en los laterales. Observó atentamente cómo el piloto efectuaba una vuelta a la torre, mientras un tripulante comenzaba a bajar el arnés unido al cable que los subiría hasta el aparato.

Pitt era casi treinta centímetros más alto que Giordino, así que saltó para coger el arnés, que se movía en círculos impulsado por el viento generado por las palas en la primera pasada. Se lo puso a Giordino por debajo de los brazos.

– Tú eres más robusto que yo. Soportarás el esfuerzo y yo me sujetaré a ti.

Giordino sujetó el cable con las dos manos mientras Pitt se abrazaba a su cintura. El tripulante, cuyos gritos no se podían oír por encima del estruendo de las turbinas, gesticuló con verdadera desesperación para indicarles que sólo podía levantar a un hombre.

La advertencia llegó demasiado tarde. Pitt y Giordino se vieron arrastrados fuera del balcón del faro y se quedaron colgando a una treintena de metros del agua cuando una súbita racha de viento golpeó al helicóptero. El piloto se encontró con que el aparato se inclinaba bruscamente a estribor por el peso sumado de los dos hombres. Estabilizó el helicóptero y mantuvo la posición mientras el tripulante observaba cómo el motor del torno apenas si conseguía subir a Pitt y Giordino.

La suerte los acompañó y la patrullera no disparó ningún misil. En cambio, disponía de dos ametralladoras pesadas instaladas a proa que comenzaron a disparar. Afortunadamente aún estaban muy lejos, y con la dificultad añadida del cabeceo de la lancha, el artillero no podía apuntar muy bien: los proyectiles pasaron a más de cincuenta metros.

El piloto, horrorizado al ver que le disparaban, se olvidó de los hombres que había ido a rescatar. Viró rápidamente en maniobra de evasión y puso rumbo a la seguridad de la costa. Pitt y Giordino, que estaban a unos seis metros por debajo de la cabina, se bambolearon como un péndulo. Giordino tenía la sensación de que en cualquier momento acabaría con los brazos arrancados. Pitt, que no experimentaba dolor alguno, no podía hacer otra cosa que aferrar a Giordino con todas sus fuerzas y gritarle al tripulante que acelerara la subida.

Pitt veía la agonía en el rostro de Giordino. Durante quizá dos minutos -que le parecieron eternos- el italiano estuvo tentado de soltarse, pero bastó una mirada al agua, que ahora estaba a unos ciento cincuenta metros de sus pies, para que cambiara rápidamente de idea.

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