Mujeres de Rosas
- Автор: S Maria
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mujeres de Rosas». Краткое содержание книги:
Sería presuntuoso pretender que Agustina, Encarnación, Manuela, Eugenia y Josefa, las protagonistas de los cinco capítulos de este libro, puedan servir de prototipos femeninos. Fueron solamente seres particulares y únicos, pero además condicionadas por el medio en que nacieron y se educaron. Ricas o pobres, luchadoras, ganadoras o sometidas, sus vidas merecen ser reconstruidas con el respeto que se debe a quienes amaron, sufrieron y murieron antes que nosotros, pero con algo del humor y de la ironía que forma parte inseparable de la narración histórica.
La biografía tiene un encanto indudable, especialmente cuando se ocupa de esa parte olvidada de la gran historia, las mujeres, en este caso las más próximas a Juan Manuel de Rosas. Ellas han sido mi compañía intelectual en el curso de un año en el que las realidades políticas y económicas azotaron de manera implacable al país que en otro tiempo fue el suyo, esta tierra nuestra en la que entonces y ahora se viven desventuras y esperanzas.
Debo agradecer a los muchos amigos que colaboraron con estas páginas, especialmente a los que dieron generosamente documentos o pistas historiográficas logradas con años de trabajo y de búsqueda: Juan Isidro Quesada, Juan M. Méndez Avellaneda y Enrique Mayochi. A José M. Massini Ezcurra, descendiente de esas familias patricias. A María Esther de Miguel y a Juan Ruibal, que leyeron los originales. A Marta Pérez Extrach, que aportó su valiosa biblioteca. Al director del Archivo de Tribunales. Y a los infatigables empleados del Archivo General de la Nación que, escaleras mediante, superaron con buena voluntad las deficiencias técnicas.
Una carta enviada por don León a Juan Manuel en 1832, cuando éste finalizaba su primer gobierno y había sido reelecto para otro período más, pero sin facultades extraordinarias, pone de manifiesto ese disgusto: “es necesario que vayas a ver a tu madre -escribe- y procures por los medios que mejor te parezcan desimpresionarla de los efectos que han causado en su imaginación y que son trascendentales a la descompostura de su máquina, desde que tuvo noticia de tu reelección al gobierno, así que sus suspiros continuados me traspasan el alma”. [47]
Para conmover a Juan Manuel, la orgullosa matrona utilizaba su mala salud, como cualquier frágil mujer. Pero en esta oportunidad el gobernador puedo complacer a sus padres: sin el uso de las facultades extraordinarias prefería alejarse del ejecutivo provincial y dejar el cargo en manos de su amigo, el general Balcarce. La campaña al desierto, que preparaba cuidadosamente, le daría el prestigio suficiente para volver al poder a continuar su tarea de ordenamiento de la sociedad.
En otra carta dirigida a su madre y que no lleva fecha dice:
“He leído madre mía la estimada de usted. La he leído y aun leyéndola, respetaba en ese acto los consejos variados. La sensibilidad empañaba mis ojos; el corazón anunciaba el placer, y la naturaleza se complacía en la esperanza venturosa. El delito lo constituye la voluntad de delinquir y sabe el cielo que la mía jamás lo amó.
”Un solo instante no he dejado de querer a mis padres. Esta soledad desde donde escribo es testigo de las emociones que contristaban mi alma y de las amarguras que animaban sus mejores deseos considerándose víctima desgraciada por la fatalidad de un destino injusto.
”Voy a la ocasión a marchar por segunda vez a campaña. Si en ella soy feliz o sobrevivo, he de aprovechar un instante para pedir la bendición a mis amantes padres, y abrazarlos tiernamente. Para esto y ante todo desea la vida Juan Manuel Ortiz de Rozas”. [48]
Esta carta, de vago eco rousseauniano, la firmaba Rosas con su apellido completo. Siempre cuidadoso de los detalles buscaba complacer a su madre mientras seguía imperturbable su destino político.
Agustina debió dejar de lado los recelos y contemplar con entusiasmo el ascenso meteórico del hijo en el período 1833/1835 en que el Restaurador preparó con la ayuda de su mujer y de sus más íntimos su regreso al gobierno. “Tu madre está loca de contenta con los recados que le has mandado en mi carta y en la del señor Arana; a todos se lo anda contando”, le escribe Encarnación oficiando de intermediaria entre su esposo y su suegra. [49] Por su parte, Vicente Maza, que había sido encargado por Rosas de pequeñas cortesías ante sus padres y estaba atento al comportamiento político de la familia del Restaurador, le contaba a fines de 1833, cuando el general Viamonte se había hecho cargo del gobierno: “Tu madre está en el día contra Viamonte, Guido y García, no sé por qué”. En esta oportunidad, misia Agustina, lo mismo que su nuera, desconfiaba de los políticos tibios, conciliadores. [50]
La actividad política de Juan Manuel daba lugar a días de gloria, por ejemplo, cuando las tropas del ejército restaurador, que habían triunfado en los sucesos de octubre del 33, antes de retirarse de Buenos Aires, desfilaron frente a la casa de los Ortiz de Rozas para saludar a la madre de su Restaurador idolatrado. [51] Y cuando en 1835 se celebró un banquete patriótico para conmemorar que Rosas iniciaba su segundo gobierno, doña Agustina, junto a su nuera Encarnación y algunas de sus hijas, fue ovacionada por la concurrencia.
Pero no todo era fácil. Puede imaginarse que la ansiedad que la guerra de pasquines que en ese mismo período azotó con sus denuncias y su maledicencia a la sociedad porteña, embanderada con los federales netos, o con los cismáticos, afectaría a misia Agustina, cuyas propias hijas eran víctimas de dicha guerra. Más tarde, cuando Juan Manuel se convirtió en el todopoderoso gobernador, ella experimentaría de manera directa la intransigencia del hijo.
“Y hubo una vez -relata Mansilla- en que riñó por mucho tiempo con su hijo por negarse éste a poner en libertad a un perseguido del que ella decía: ‘Ese señor (Almeida) no es unitario ni federal, no es nada, es un buen sujeto; y así es como Juan Manuel se hace de enemigos, porque no oye sino a los adulones’. El entredicho duró hasta que el dictador fue a pedir perdón a su madre de rodillas, anunciándole que el hombre en cuestión había recuperado su libertad.” [52]
Por entonces la anciana se encontraba tullida y permanecía en la cama sin dejar por eso de ocuparse de todo, como lo había hecho siempre, y de manejar los asuntos domésticos de la familia, de los parientes, de las relaciones, de sus intereses, de la compra y venta de las casas, de reedificarlas, del préstamo de dinero -algo habitual en las señoras de la sociedad porteña-, de hacer obras de caridad además de amparar, de tanto en tanto, a los perseguidos por sus opiniones políticas.
Los Ortiz de Rozas habitaban en esos años la casa de la calle Reconquista -hoy Defensa- frente al paredón del convento de San Francisco, al llegar a Moreno, en pleno barrio de Santo Domingo, el más aristocrático de la ciudad. “Casa histórica, con altos a la calle, independientes y altos interiores, y tres patios, teatro de escenas que acentuaban el carácter de mi abuela.” Casa con canceles, que era una pieza larga, entre el primer y el segundo patio, con tamaño suficiente para que allí durmiera mamá Cachonga, Encarnación, la huérfana preferida de doña Agustina. Con caballeriza en la parte trasera donde se guardaba el coche, símbolo del bienestar económico de la familia. [53]
Por las tardes, en el patio principal de la mansión, se reunían los nietos y los biznietos de la señora vieja; jugaban y correteaban por los espaciosos corredores, pero al toque de oración todos iban a la cama de la abuela, que estaba postrada, y le pedían la bendición con los brazos cruzados. Ella sacaba entonces de una bolsa de terciopelo dos reales de cobre y se los regalaba a cada nieto. Los muchachos salían silenciosamente de la casa pues les estaba prohibido hacer ruido a esa hora. [54]
La señora sentía predilección por sus nietos Bond, que habían quedado huérfanos de padre en 1831 y más tarde también perderían a Manuela, la madre, los dos víctimas de la tuberculosis. Carolina, Enriqueta y Franklin Bond fueron expresamente favorecidos en el testamento redactado por Agustina en 1836 cuando los síntomas de su enfermedad se habían agravado. Era el suyo un testamento arbitrario, en el que se ponía de manifiesto la voluntad de proteger a los miembros más débiles de la familia. A Andrea y su esposo Saguí, les incumbía la responsabilidad de velar por los intereses de Juana, la hermana disminuida, que vivía con ellos. Además de mejorar a los Bond, Agustina dejaba un legado especial a su entenada, Encarnación Delgado (que ya estaba casada con un tendero correntino y era quien había criado a Carolina Bond); liberaba al esclavo pardo Francisco, el cochero que tan bien sabía atracar sobre el cordón de la vereda lo que probaba sus dotes de conductor; sumas pequeñas recibían una serie de protegidas -Victoria Uriarte, Cayetana Almada, Dolores Salas, Justa Cano, Anita Uriarte, Juana Lores-. [55] En cuanto a los hijos, la voluntad de misia Agustina resultaba tan arbitraria que el escribano que era amigo suyo le advirtió:
“Agustinita, eso que dispones no está bien”.
Ella respondió:
“¡Que lo prohíbe la ley! ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¿Que yo no puedo hacer con lo mío, con lo que hemos ganado honradamente con mi marido, lo que se me antoja? Escribí no más, Montaña”. Y a medida que dictaba su voluntad, afirmaba la señora: “Sé que lo que dispongo en los artículos tales y cuales es contrario a lo que mandan las leyes tales y cuales (…) Pero también sé que he criado hijos obedientes y subordinados que sabrán cumplir mi voluntad después de mis días: lo ordeno”. [56]
[47] Papeles de Rosas. Publicados con una introducción y notas de Adolfo Saldías, La Plata, 1904, tomo 1, p. 80.
[48] Ibídem., p. 81.
[49] M. Conde Montero, Doña Encarnación Ezcurra de Rosas. Separata de la Revista de Ciencias Políticas, año XIV, tomo XXVII, nº 149, p. 9.
[50] Celesia, op., cit, tomo 2, p. 398.
[51] Ibídem, p. 189.
[52] Mansilla, Rozas, p. 40.
[53] Id., Mis memorias, p. 34.
[54] Battolla, op. cit., p. 23.
[55] AGN, Tribunales, Sucesiones, Legajo 7280, testamento de León Ortiz de Rozas y de Agustina López de Osornio en el que se declaran los bienes habidos por el matrimonio: fincas, fondos públicos, billetes de lotería, moneda contante y dos cajas de oro. Lo más valioso es la casa donde falleció la señora, Reconquista n9 77, valuada en 287.634 pesos, pero hay quince casas más, cuya valuación va de los 126.060 pesos de la de la calle Potosí, a los 3.420 pesos en que se estima la de Estados Unidos 258. Los bienes gananciales de la pareja Ortiz de Rozas sumaban 1.088.033 pesos. En cuanto a los muebles y ajuar de la casa principal, se dividieron en seis lotes para las mujeres de la familia. Gervasio tuvo a su cargo esta sucesión en calidad de albacea. El principal problema fue la tutoría de Franklin Bond, responsabilidad a la que Gervasio renunció y finalmente pasó al general Mansilla. Se ve que el muchacho era ingobernable.
[56] Mansilla, Rozas, p. 41.