Mujeres de Rosas
- Автор: S Maria
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mujeres de Rosas». Краткое содержание книги:
Sería presuntuoso pretender que Agustina, Encarnación, Manuela, Eugenia y Josefa, las protagonistas de los cinco capítulos de este libro, puedan servir de prototipos femeninos. Fueron solamente seres particulares y únicos, pero además condicionadas por el medio en que nacieron y se educaron. Ricas o pobres, luchadoras, ganadoras o sometidas, sus vidas merecen ser reconstruidas con el respeto que se debe a quienes amaron, sufrieron y murieron antes que nosotros, pero con algo del humor y de la ironía que forma parte inseparable de la narración histórica.
La biografía tiene un encanto indudable, especialmente cuando se ocupa de esa parte olvidada de la gran historia, las mujeres, en este caso las más próximas a Juan Manuel de Rosas. Ellas han sido mi compañía intelectual en el curso de un año en el que las realidades políticas y económicas azotaron de manera implacable al país que en otro tiempo fue el suyo, esta tierra nuestra en la que entonces y ahora se viven desventuras y esperanzas.
Debo agradecer a los muchos amigos que colaboraron con estas páginas, especialmente a los que dieron generosamente documentos o pistas historiográficas logradas con años de trabajo y de búsqueda: Juan Isidro Quesada, Juan M. Méndez Avellaneda y Enrique Mayochi. A José M. Massini Ezcurra, descendiente de esas familias patricias. A María Esther de Miguel y a Juan Ruibal, que leyeron los originales. A Marta Pérez Extrach, que aportó su valiosa biblioteca. Al director del Archivo de Tribunales. Y a los infatigables empleados del Archivo General de la Nación que, escaleras mediante, superaron con buena voluntad las deficiencias técnicas.
Murió en la mañana del 12 de diciembre de 1845, en su casona de la calle Reconquista. Las autoridades del Estado, que con gusto hubieran preparado ceremonias fastuosas, se sometieron a lo dispuesto en el testamento. El ministro Arana concurrió al entierro por la parte oficial, y el canónigo Miguel García por la eclesiástica. De modo que el grueso del cortejo lo formaron los varones de la familia -las mujeres en esos tiempos no iban al cementerio-. A caballo o en coche estuvieron presentes los hijos, Juan Manuel, Prudencio y Gervasio; los yernos, Ezcurra, Saguí, Rivera y Baldez; los nietos Juan Ortiz de Rozas, Carlos María de Ezcurra, Felipe María de Ezcurra, León Ortiz de Rozas, Lucio Mansilla (hijo), Tristán Baldez (hijo), Alejandro Baldez y Franklin Bond y Rozas. [60]
Concluía así la vida de una de esas mujeres fuertes, la roca sólida sobre la que había podido construirse la sociedad colonial, la madre de Rosas, el dictador.
Juan Manuel no la olvidaría. Hizo rezar misas por su alma y ya en el exilio evocaba sus consejos. Lamentaba “no haberla podido acompañar tanto como eran mis constantes deseos, porque las ocupaciones públicas me lo impedían. Lloraba ella sin consuelo cuando las consideraba, diciéndome siempre, ‘ya recibirás por premio, la más cruel ingratitud’”. [61]
Esta sabia reflexión materna, que no había atendido en los tiempos de la plenitud de la vida, cobraba un sentido diferente en las horas muertas del exilio, cuando el dictador derrocado se interrogaba una y otra vez acerca de las causas de su fracaso y las atribuía invariablemente a las ingratitudes de los hombres. Porque, lo mismo que su madre, no admitía considerar sus posibles errores ni dejarse invadir por la duda. Ya que, en definitiva, siempre había perseguido en su larga vida pública hacer efectivos en la díscola provincia porteña y en la Confederación las consignas y los valores mamados con la leche materna, esa sustancia pura y sin mezclas que le había dado su primer vigor.
II. La esposa
El 16 de marzo de 1813 Juan Manuel Ortiz de Rozas, soltero, de veinte años de edad, aparroquiado en el curato de Monserrat, con residencia en el pueblo de Magdalena, contrajo enlace con Encarnación de Ezcurra Arguibel, también soltera, de casi dieciocho años, residente en el curato de la Catedral. En prueba de su consentimiento, firmaron el acta los padres de la contrayente, Juan José de Ezcurra y Teodora Arguibel. Bendijo la unión el presbítero José María Terrero, luego de leídas las proclamas en las tres ocasiones que estipula el ritual eclesiástico y sin que resultara impedimento alguno. Las bendiciones solemnes de la Iglesia se dejaron para más tarde. Era Cuaresma, tiempo de penitencia, no de regocijo, pero la boda se había apresurado debido al riesgo que corría el honor de la novia, presuntamente embarazada, y apremiada por lo tanto de aclarar su situación. [62]
La anécdota fue narrada por Bilbao y dice que Juan Manuel, que estaba en el campo administrando los bienes de la familia, y venía de tanto en tanto a la ciudad, se apasionó de la señorita Encarnación Ezcurra, hermana de Felipe que noviaba con Gregoria, la mayor de los Rozas. La poca edad del novio era un obstáculo para que los padres consintiesen el enlace, y para vencerlo los enamorados recurrieron a un ardid: doña Encarnación escribió una carta a su novio en que le exigía se apresurase a pedir su mano dando a entender que esa urgencia nacía de las relaciones privadas a que los había llevado su amor. La carta la dejó Juan Manuel sobre la cama de su dormitorio; fue vista y leída por doña Agustina, que de inmediato se comunicó con Teodora Arguibel, madre de la muchacha, y entre ambas acordaron casar a los amantes para evitar el escándalo. [63]
Así entraba en la historia, dando prueba de decisión y audacia, Encarnación Ezcurra (1795-1838), mujer que no ha merecido aún un estudio biográfico completo y a la que sólo se reconoce participación e influencia en la Revolución de los Restauradores (1833), en la que fue sin duda protagonista principal. Personalidad política femenina entre las más notables del siglo, poco sabemos de ella misma, de su intimidad; incluso en su actuación pública hay demasiados años oscuros de los que no nos ha llegado información. Pero los pocos documentos disponibles, sobre todo su correspondencia de 1833/34, permiten reconocerla como una mujer sobresaliente.
En cuanto a la historia del subterfugio, o tal vez el hecho cierto de sus relaciones prematrimoniales con Juan Manuel, merece compararse con la actitud de otra porteña del grupo social dominante: Mariquita Sánchez de Velazco, que en 1801 se negó a casarse con el novio que le habían elegido (un primo venido de España, mayor que ella y rico, pero que no era de su agrado), pleiteó contra sus padres y luego de cuatro años de engorrosos trámites obtuvo la licencia del virrey para contraer enlace con Martín Thompson, su enamorado. [64] Ella abría de este modo nuevos rumbos para la mujer rioplatense en materia de elección de su futuro, mientras que Encarnación, dispuesta también a hacer su voluntad, recurría a una artimaña clásica y de bien probada eficacia para acelerar la boda, pero que no marcaba cambios en las costumbres de la época. Dos caracteres, dos estilos, dos trayectorias pueden observarse en la historia de ambas mujeres, legalista una, pragmática la otra, fuertes las dos.
Curiosamente la vida de la pareja formada por Juan Manuel y Encarnación, de franca vocación pública, se inicia como la de dos jóvenes que están al margen de los sucesos que encendían a la juventud de su tiempo, cuya vanguardia asistía en marzo de 1813 a las reuniones del café de Malcos, escuchaba con fervor los discursos de Bernardo de Monteagudo, o guerreaba junto a Belgrano en la campaña del Perú. En la Asamblea Constituyente acababan de dictarse los decretos sobre extinción de la mita, la encomienda y el yanaconazgo que ponían punto final a las instituciones de la colonia y, en los mismos días en que se bendijo la boda, se trataba el caso del obispo de Salta, acusado de contrarrevolucionario, con estos criterios novedosos: “Todas las personas son iguales ante la ley, y si en el juicio del reverendo obispo se debiera atender su dignidad, sólo debería ser para aumentar el castigo que merezca”. [65]
Pero esta política revolucionaria rupturista era ajena a las preocupaciones de los novios que habían hecho bendecir su unión contra la voluntad de los padres de Juan Manuel, mejor dicho, de la madre, que tal vez por mero capricho se oponía al enlace.
Porque, ¿qué madre está conforme con la mujer que elige el hijo preferido? Agustina no era una excepción a esa regla; ella quería para Juan Manuel lo mejor y no estimaba a Encarnación como la joven más bella, más rica y más distinguida de la ciudad. [66]
Sin embargo y pese a tales reservas, su joven nuera pertenecía a las familias de la clase decente porteña. Era la quinta hija del matrimonio formado por Juan Ignacio de Ezcurra (1750-1827), oriundo de Pamplona y venido al país hacia 1770 cuando Buenos Aires empezaba su despegue político y económico de fines del siglo XVIII, y Teodora de Arguibel y López de Cossio, hija de un rico comerciante, Felipe de Arguibel, nacido en San Juan de Luz (Francia), avecindado en Buenos Aires y dueño de una importante fortuna de la que formaban parte el caserón de la calle Moreno y Bolívar (llamado de los Ezcurra), el terreno cercano al Fuerte donde hoy se levanta el Banco de la Nación y la estancia del Pino (Cañuelas). La madre de Teodora pertenecía a un linaje muy antiguo del Río de la Plata. [67]
[60] La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, 17 de diciembre de 1845.
[61] Rosas, Cartas del exilio, p. 102. Carta del 20 de junio de 1868 a Josefa Gómez.
[62] AGN Sala 7-22-1-10. Colección Celesia.
[63] Bilbao, Historia de Rosas, p. 117.
[64] Cartas de Mariquita Sánchez, Buenos Aires, Peuser, 1952. Compilación, prólogo y notas de Clara Vilaseca, p. 8.
[65] Carlos M. Urien, Soberana Asamblea General Constituyente de 1813, Buenos Aires, Maucci, 1913, p. 140, cita las palabras del diputado por Corrientes, Carlos María de Alvear en respuesta al pedido del obispo de Salta de que se levantara su arresto.
[66] Gutiérrez, op. cit., p. 51.
[67] Véase la genealogía de los Ezcurra en Carlos Calvo, Nobiliario del antiguo Virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires, La Facultad, 1938, tomo 3, pp. 261 y ss.; la propiedad de Arguibel sobre el terreno cercano al Fuerte, en A. Taullard, Nuestro antiguo Buenos Aires, Buenos Aires, Peuser, 1927, p. 156.