El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Si alguna vez hablaba de la situación, se reía de lo trivial que resultaba. Una hermana mayor logra que su hermano pequeño vaya a la universidad, pero ella misma no puede ir. Colabora para que su hermano se case, pero ella permanece soltera. Pero la verdad era diferente. Eileen había detestado la universidad. Tal vez, pensaba a veces, aunque nunca se lo decía a nadie, una universidad realmente buena, un lugar donde le hagan a uno pensar, le habría entusiasmado. Pero sentarse en un aula mientras un profesor desganado explicaba un texto que ella ya había leído para enseñarle algo que ya sabía, había sido superior a sus fuerzas, y cuando abandonó los estudios universitarios no fue por razones económicas. En cuanto al matrimonio, no había nadie con quien pudiera vivir. Una vez lo había intentado, con un teniente de policía —al que le había puesto muy nervioso vivir con ella sin la oportuna licencia del Ayuntamiento— y lo que había sido una buena relación se deshizo en menos de un mes. Hubo otro hombre, pero estaba casado y no quería dejar a su mujer. Y un tercero, que se marchó al Este para realizar un trabajo que debía durar tres meses y no había terminado aún cuatro años después... Cuando pensaba en estas cosas, Eileen se decía que la culpa no era suya. Los hombres la llamaban «hipertiroidea» o decían que era «del tipo nervioso», según su educación y vocabulario, y la mayoría no intentaban mantenerse a su altura. Tenía un ingenio mordaz que utilizaba con demasiada frecuencia. Odiaba las conversaciones aburridas y hablaba con una rapidez excesiva. Por otra parte, su voz estaba dotada de un tono gutural debido a un consumo excesivo de cigarrillos.
Eileen recorría la misma ruta desde hacía ocho años. Tomaba la curva del cruce de cuatro niveles sin notarlo. Pero una vez, años antes, había lanzado el coche por aquella curva, abandonando la autopista por el siguiente carril de salida, y, tras estacionar el vehículo, había retrocedido para contemplar aquel laberinto formado por fideos de cemento armado. Dándose cuenta de que parecía una turista embobada, se había echado a reír, pero aun así había seguido contemplando el espectáculo.
—Miércoles —emitió el magnetófono—. Robin va a tratar de cerrar el trato con Marina. Si lo logra, seré ayudante del director general. Si no lo consigue, no hay posibilidad. Problema... —Las orejas y la garganta de Eileen habían enrojecido, y movía demasiado a menudo las manos sobre el volante, pero escuchó todo lo que decía su voz del miércoles—: Quiere acostarse conmigo, está claro que no todo han sido bromas y juegos de palabras. Si le paro los pies, ¿pondré en peligro la venta? ¿Voy a la cama con él para asegurar el trato? ¿O me pierdo algo bueno debido a las implicaciones?
—Oh, qué mierda —dijo Eileen entre dientes. Hizo retroceder la cinta y grabó sobre aquel segmento—: Todavía no he decidido si voy a aceptar la invitación a cenar de Robin Geston. Nota: debo podar adecuadamente esta cinta. ¿Qué pasaría si alguien robara el magnetófono? Recuerda a Nixon.
Con un gesto brusco, apagó el magnetofón.
Pero el problema seguía pendiente, y Eileen sentía un vivo resentimiento por hallarse en un mundo donde tenía esa clase de problemas. Pensó en lo que diría en la carta al maldito fabricante que había despachado los filtros sin cerciorarse de que tenían todas las piezas, y aquello le hizo sentirse mejor.
Anochecía en Siberia. La doctora Leonilla Alexandrovna Malik había terminado su jornada. Su último paciente había sido una niña de cuatro años, hija de un ingeniero del centro de desarrollo espacial en las inmensidades septentrionales de la Unión Soviética.
Era a mediados del invierno, y soplaba un frío viento del norte. En el exterior de la enfermería se amontonaba la nieve, e incluso dentro la doctora podía sentir aquel frío que odiaba. Había nacido en Leningrado, por lo que los inviernos rigurosos le eran familiares, pero alentaba la esperanza de que la transfiriesen a Baikunyar, o incluso a Kapustin Yar, en el mar Negro. Le molestaba tener que dedicarse a aquel trabajo, aunque, naturalmente, poco era lo que podía hacer al respecto. Por aquellos parajes no había demasiadas personas con experiencia pediátrica. De todos modos, era una lástima que todo su esfuerzo fuera sólo en aquella dirección. También se había entrenado como cosmonauta, y confiaba en que le asignaran una misión espacial.
Tal vez no tendría que esperar demasiado. Se decía que los americanos entrenaban ya a mujeres astronautas. Si parecía que los americanos iban a enviar una mujer al espacio, la Unión Soviética también lo haría, y con rapidez. El último experimento soviético con una mujer cosmonauta había sido un desastre. Leonilla se preguntaba si la mujer había tenido la culpa. Conocía a Valentina Tereskovna y al cosmonauta con el que se había casado, pero nunca hablaban de las causas que habían provocado la caída de su nave espacial, perdiendo así la oportunidad de que la Unión Soviética efectuara el primer acoplamiento espacial de la historia. Desde luego, pensó Leonilla, Valentina era mucho mayor. Aquel incidente había ocurrido en los primeros tiempos de la exploración espacial. Ahora las cosas eran diferentes. En cualquier caso, los cosmonautas tenían poco qué hacer. El control en tierra tomaba todas las decisiones importantes. A Leonilla le parecía que este sistema era bastante absurdo, y sus colegas cosmonautas, todos ellos masculinos, compartían esta opinión, pero no en voz alta.
Leonilla colocó el último de los instrumentos que había utilizado en el autoclave y preparó su maletín. Cosmonauta o no, era también médico, y llevaba las herramientas del oficio a dondequiera que fuese, por si alguien necesitaba sus cuidados. Se puso el gorro de piel y una pesada chaqueta de cuero. Se estremeció un poco al oír el sonido del viento en el exterior. En la estancia contigua una radio emitía noticias, y Leonilla se detuvo a escuchar cuando oyó una palabra clave.
Un cometa. Un nuevo cometa.
Se preguntó si existirían planes para explorarlo. Luego suspiró. Si había una misión espacial para estudiar el cometa, no la incluiría a ella. No tenía capacidad para esa misión. Podía ser piloto, médico, técnico en sistemas de salvamento, pero el campo de la astronomía no era el suyo. Una misión así sería adjudicada a Pieter, Basil o Sergei.
Era una verdadera lástima. Pero el acontecimiento era interesante. Un nuevo cometa.
Una plaga se extendía por la Tierra. Tres mil millones de años después de la formación del planeta se produjo una virulenta mutación, una forma de vida que utilizaba directamente la luz solar. La fuente energética más eficaz dio al mutante verde un vigor hiperactivo, feroz, y a medida que avanzaba para conquistar el mundo, emitía raudales de oxígeno que envenenaba el aire. El oxígeno puro abrasó los tejidos de la vida dominante en la Tierra, que sirvieron para fertilizar al mutante.
Aquel fue también un período desastroso para el cometa. El gigante negro se interpuso en su camino por primera vez. Un inmenso calor se había generado durante la formación del planeta, e irradiaría hacia las estrellas durante los siguientes mil millones de años. Un torrente de luz infrarroja hacía hervir el hidrógeno y el helio que envolvían al cometa. Luego pasó el intruso y volvió la calma. El cometa siguió navegando a través del frío y negro silencio, ahora un poco más ligero, moviéndose en una órbita levemente cambiada.
FEBRERO: UNO
Por otro lado, es necesario configurar la estructura social del mundo obrero de tal manera que se elimine su temor de ser una simple pieza de una máquina impersonal. Una auténtica solución sólo puede darse a través de la concepción de que el trabajo, cualquiera que sea, es al servicio de Dios y de la comunidad y, en consecuencia, es la expresión de la dignidad humana.