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El Padre Ausente

Электронная книга - «El Padre Ausente». Краткое содержание книги:

El sufrimiento en el pasado… la muerte en el presente… Leonardo Da Vinci es la clave. Una turbadora intriga y una novela genial.
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– Yo no…

– Tú eres como la oveja negra, porque tienes los ojos azules. Mag, ¿cuáles crees que son las probabilidades de que dos personas de ojos castaños tengan una niña de ojos azules?

– ¿Cuáles?

– De un millón contra una. Tal vez más. Quizá de mil millones contra una.

– ¿Tú crees?

– Lo sé, Mag. El vicario no era tu papá. Y si no era tu papá, tu mamá no le mató. Y si ella no le mató, no intentará matar a nadie más.

Había un tono de seguridad en su voz que la impulsó a creer en sus palabras. Maggie deseaba creerle. Sería mucho más sencillo vivir si sabía que aquella teoría era cierta. Podría volver a casa. Podría plantar cara a mamá. No pensaría en la forma de su nariz y sus manos (¿eran como las del vicario?), ni se preguntaría por qué la había estudiado con tanta atención. Sería un alivio saber algo con total seguridad, aunque no contestara sus oraciones. Quería creer. Y habría creído si el estómago de Nick no hubiera emitido un ruido estruendoso, si el chico no hubiera temblado, si no hubiera visto en su mente el enorme rebaño de ovejas de su padre, que se recortaba como nubes algo sucias contra el cielo de Lancashire. Le apartó de un empujón.

– ¿Qué? -dijo.

– Nace más de una oveja negra en un rebaño, Nick Ware.

– ¿Y qué?

– Pues que las probabilidades no son de una contra mil millones.

– No es igual que las ovejas. No exactamente. Somos personas.

– Quieres ir a casa. Hazlo. Vete a casa. Me estás mintiendo, y no quiero verte.

– No es verdad, Mag. Intento explicártelo.

– No me quieres.

– Sí.

– Solo quieres merendar.

– Solo estaba diciendo…

– Tus panecillos y tu mermelada. Bien, adelante. Ve a por ellos. Sé cuidar de mí misma.

– ¿Sin dinero?

– No necesito dinero. Conseguiré trabajo.

– ¿Esta noche?

– Algo haré, ya lo verás, pero no volveré a casa, ni volveré a la escuela, y no volverás a hablarme de ovejas, como si fuera tonta y no me diera cuenta de que me tomas el pelo. Porque si dos ovejas blancas pueden tener una negra, dos personas de ojos castaños pudieron tenerme, y tú lo sabes. ¿No es cierto? Dime, ¿no es cierto?

Nick se pasó la mano por el pelo.

– No dije que fuera imposible. Dije que las probabilidades…

– Me importan un bledo las probabilidades. Esto no es una carrera de caballos. Se trata de mí. Estamos hablando de mi mamá y mi papá. Y ella le mató. Tú lo sabes. Me tratas con paternalismo para conseguir que vuelva.

– No es verdad.

– Sí.

– Dije que no iba a abandonarte y no lo haré. ¿Entendido? -Miró a su alrededor. Se encogió de frío. Dio patadas en el suelo para calentar los pies-. Escucha, tenemos que comer algo. Espera aquí.

– ¿Adonde vas? Ni siquiera llegamos a tres libras. ¿Qué clase de…?

– Compraremos patatas fritas, galletas y lo que podamos. Ahora no tienes hambre, pero sí dentro de un rato, y entonces todas las tiendas estarán cerradas.

– ¿Hablas en plural? -Maggie le obligó a mirarle-. No hace falta que vayas -dijo por última vez.

– ¿Quieres?

– ¿Que te vayas?

– Y otras cosas.

– Sí.

– ¿Me quieres? ¿Confías en mí?

Maggie intentó descifrar la expresión de su rostro. Ardía en deseos de marcharse, pero quizá solo estaba hambriento, al fin y al cabo. Y una vez se pusieron a caminar, entraría en calor. Hasta podrían correr.

– ¿Mag?

– Sí.

Nick sonrió, rozó la boca con la suya. Tenía los labios resecos. Ni siquiera parecía un beso.

– Espera aquí -dijo el muchacho-. Vuelvo enseguida. Si vamos a fugarnos, será mejor que no nos vean juntos en la ciudad y se acuerden de nosotros, cuando tu mamá llame a la policía.

– No lo hará. No se atreverá.

– Yo no apostaría por eso. -Se subió el cuello de la chaqueta. La miró con gran seriedad-. ¿Estás bien aquí, pues?

Maggie sintió que su corazón se encendía.

– Muy bien.

– ¿No te importa dormir mal esta noche?

– No, siempre que duerma contigo.

18

Colin merendaba ante el fregadero de la cocina. Tostada de sardinas, cuyo aceite resbalaba entre sus dedos y manchaba la porcelana. No tenía nada de hambre, pero se había sentido mareado y débil durante la última media hora. Comer parecía la solución obvia.

Había regresado al pueblo por la carretera de Clitheroe, más cercana al pabellón que el sendero peatonal de Cotes Fell. Caminó a buen paso. Se dijo que era a causa del ansia de venganza. No cesaba de repetir su nombre mientras caminaba: Annie, Annie, Annie, mi chica. Era la forma de evitar oír las palabras «amor y muerte tres veces», que latían junto con la sangre en su cráneo. Cuando llegó a casa, tenía calor en el pecho, pero frío en las manos y pies. Oyó el errático latido de su corazón en los oídos, y tuvo la impresión de que sus pulmones no recibían suficiente aire. Hizo caso omiso de los síntomas durante unas buenas tres horas, pero cuando no mejoraron, decidió comer. La hora de la merienda, pensó, en reacción irracional al comportamiento de su cuerpo. Un poco de comida me hará bien.

Acompañó las sardinas con tres botellas de Watney's. Bebió la primera mientras el pan se tostaba. Tiró la botella a la basura y abrió otra mientras registraba el aparador en busca de sardinas. La lata le causó problemas. Abrir la tapa exigía un pulso que no lograba controlar. La había enrollado a medias, cuando sus dedos resbalaron y el afilado borde de la tapa se hundió en su mano. Brotó sangre. Se mezcló con el aceite del pescado, empezó a caer y formó cuentas perfectas que flotaron como cebos escarlatas para el pescado. No sintió dolor. Envolvió la mano con una servilleta de té, utilizó el extremo para sorber la sangre de la superficie del aceite, y se llevó la botella a la boca con la mano libre.

Cuando la tostada estuvo preparada, sacó el pescado de la lata con los dedos. Las colocó sobre el pan. Añadió sal, pimienta y un grueso corte de cebolla. Se puso a comer.

No percibió ningún sabor u olor especiales, lo cual le extrañó, porque recordaba muy bien que su mujer se había quejado en una ocasión del olor de las sardinas. Me hace llorar, dijo, ese olor a pescado en el aire, Col, me pone malo el estómago.

El reloj en forma de gato hacía tictac en la pared. Meneaba la cola y movía los ojos. Daba la impresión de que repetía su nombre con el ruido del mecanismo. Ya no era tic-tac, sino An-nie, An-nie, An-nie. Colin se concentró en el sonido. Al igual que el ritmo de sus pasos al caminar, la repetición de su nombre ahuyentó otros pensamientos.

Utilizó la tercera botella para eliminar de su boca el sabor a pescado que no notaba. Después, se sirvió un whisky corto que bebió de dos tragos, para intentar desentumecer sus miembros. No fue suficiente para expulsar el frío. Se quedó confuso, porque la caldera estaba encendida, seguía con el chaquetón puesto y debería estar sudando de calor.

Y así era, en cierto modo. Su cara estaba tan congestionada que la piel le ardía, pero el resto de su cuerpo temblaba como una caña azotada por el viento. Bebió otro whisky. Se acercó a la ventana de la cocina. Miró hacia la casa del vicario.

Y entonces, lo oyó de nuevo con toda claridad, como si Rita estuviera delante de él. «Amor y muerte tres veces.» Las palabras eran tan claras que se volvió en redondo con un grito que estranguló cuando comprobó que estaba solo. Maldijo en voz alta. Las cabronas palabras no significaban nada. Eran una especie de estímulo utilizado por todos los lectores de manos del mundo, que proporcionaban una pequeña muestra de vida inexistente y acicateaban el deseo de conseguir más.

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