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El Padre Ausente

Электронная книга - «El Padre Ausente». Краткое содержание книги:

El sufrimiento en el pasado… la muerte en el presente… Leonardo Da Vinci es la clave. Una turbadora intriga y una novela genial.
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Experimentaba algo similar a las picaduras de ortigas, solo que escocían su alma en lugar de su piel. Seguía escuchando al detective indagar acerca de secretos, lo cual provocaba que se sintiera seca y ansiosa por dentro. Eres una buena chica, Maggie, había dicho el señor Sage, no lo olvides, créelo a pie juntillas. La confusión nos invade, había dicho, nos extraviamos, pero siempre podemos volver a encontrar el camino hacia Dios mediante la oración. Dios escucha, decía, Dios perdona todo. Hagamos lo que hagamos, Maggie, Dios perdonará.

El señor Sage era el consuelo personificado. Era comprensivo. Era la bondad y el amor.

Maggie nunca había traicionado la intimidad de los ratos que pasaban juntos. Los conservaba como algo precioso. Y ahora, se enfrentaba a las sospechas del detective londinense, muy interesado en su amistad con el vicario, como si hubiera sido la causa de su muerte.

Aquella fue la babosa que surgió de debajo de la última piedra de implicación a la que dio vuelta en su mente. La culpa era suya. Si tal era el caso, mamá sabía muy bien lo que estaba haciendo cuando sirvió la cena al vicario aquella noche.

No. Maggie discutió el punto con ella misma. Mamá no pudo saber que le estaba dando cicuta. Se preocupaba de la gente. No la perjudicaba. Preparaba ungüentos y cataplasmas. Mezclaba tés especiales. Preparaba extractos, infusiones y tinturas. Lo hacía todo para ayudar, no para perjudicar.

Entonces, los susurros de sus compañeros se alzaron a su alrededor y ocasionaron delicadas fisuras en la cascara de sus pensamientos.

– Ella envenenó al tío.

– … no se saldrá con la suya, a fin de cuentas.

– El policía vino de Londres.

– … adoradores del demonio, según me han dicho…

La súbita comprensión sobresaltó a Maggie. Docenas de ojos estaban clavados en ella. Expresiones de suspicacia iluminaban todas las caras. Apretó la mochila llena de libros contra su pecho y buscó con la vista un amigo. Sentía la cabeza ligera, como divorciada de su cuerpo. De pronto, lo más importante del mundo era fingir que no comprendía de qué estaban hablando.

– ¿Habéis visto a Nick? -preguntó. Notó los labios agrietados-. ¿Habéis visto a Josie?

Una chica con cara de zorro y un enorme grano en un lado de la nariz se convirtió en portavoz del grupo.

– No quieren ir contigo, Maggie. Son lo bastante listos para comprender el riesgo.

Un murmullo de aprobación se elevó alrededor de la muchacha como una pequeña ola.

Apretó con más fuerza la mochila. La dura esquina de un libro se hundió en su mano. Sabía que estaban bromeando, los compañeros siempre aprovechaban la menor oportunidad para burlarse de alguien, y se irguió en toda su estatura para hacer frente al desafío.

– Muy bien -dijo sonriente, como si diera su aprobación a todas las bromas que tuvieran en mente-. Estupendo. Bien, ¿dónde está Josie? ¿Dónde está Nick?

– Ya se han marchado -dijo Cara de Zorro.

– Pero el autobús…

Estaba parado donde siempre, esperando la hora de salir, a escasos metros, al otro lado de la puerta. Había caras en las ventanas, pero Maggie no podía ver desde los peldaños de la escuela si sus amigos estaban en el vehículo.

– Se lo han montado a su aire, durante la comida. Cuando se enteraron.

– ¿De qué?

– De quién estaba contigo.

– No estuve con nadie.

– Ah, ya. Como quieras. Mientes casi tan bien como tu mamá.

Maggie intentó tragar saliva, pero tenía la lengua pegada al paladar. Avanzó un paso hacia el autobús. El grupo la dejó marchar, pero cerró filas detrás de ella. Oyó que hablaban entre sí, pero con la intención de provocarla.

– Se fueron en coche, ¿no?

– ¿Nick y Josie?

– Y esa chica que le persigue. Ya sabes a quién me refiero.

Bromas. Estaban bromeando. Maggie aceleró el paso, pero el autobús escolar se le antojó cada vez más lejano. Un resplandor luminoso brillaba frente a él. Empezó como un rayo y se transformó en puntos brillantes.

– Ahora, la dejará plantada.

– Si tiene cerebro. ¿Quién no lo haría?

– Es verdad. Si a su mamá no le gustan sus amigos, que les invite a cenar.

– Como ese cuento de hadas. ¿Quieres una manzana, querido? Te ayudará a dormir.

Risas.

– Lástima que no se despertará pronto.

Risas. Risas. El autobús estaba demasiado lejos.

– Toma, come esto. Lo he preparado especialmente para ti.

– No seas tímido y coge más. Sé que te estás muriendo de ganas.

Maggie sintió un nudo en la garganta. El autobús centelleó, se empequeñeció, adoptó el tamaño de su zapato. El aire se cerró alrededor de él y lo engulló. Solo quedaron las puertas de hierro forjado de la escuela.

– He inventado yo la receta. Pastel de chirivía. La gente dice que está de muerte.

Al otro lado de las puertas estaba la calle…

– Me llaman Crippen, pero no dejes que eso te impida cenar.

… Y la huida. Maggie se puso a correr.

Trotaba hacia el centro de la ciudad cuando oyó que alguien la llamaba. Siguió avanzando, cruzó la calle principal, en dirección al aparcamiento situado en la base de la colina. Ignoraba qué pensaba hacer allí. Lo único importante era escapar.

El corazón martilleaba en su pecho. Notó un dolor lacerante en el costado. Resbaló en el pavimento húmedo y se tambaleó, pero se sujetó a una farola y continuó corriendo.

– Cuidado, nena -advirtió un granjero que estaba saliendo de su Escort, aparcado junto al bordillo.

– ¡Maggie! -gritó otra persona.

Se oyó sollozar. Vio la calle borrosa. Prosiguió.

Dejó atrás el banco, la oficina de correos, algunas tiendas, un salón de té. Esquivó a una joven que empujaba un cochecito de niño. Oyó pasos a su espalda, y otra vez su nombre. Se tragó las lágrimas y siguió adelante.

El miedo bombeó energía y velocidad a su cuerpo. La seguían, pensó. Se reían y señalaban con el dedo. Solo aguardaban la oportunidad de acorralarla y empezar a susurrar de nuevo: lo que hizo su mamá… ¿lo sabes, no? Maggie y el vicario… ¿Un vicario? ¿Aquel tío? Joder, era lo bastante viejo para ser…

¡No! Olvídalo, pisotéalo, entiérralo, destrúyelo. Maggie corrió por la calzada. No se detuvo hasta que un letrero azul que colgaba de un edificio de ladrillo la paralizó. No lo habría visto si no hubiera levantado la cabeza para reprimir las lágrimas. Incluso entonces, la palabra continuó dando vueltas, pero pudo descifrarla: «Policía». Pasó tambaleante junto a un cubo de basura. Tuvo la impresión de que el letrero aumentaba de tamaño. La palabra brillaba y latía.

Se alejó del letrero, semiacuclillada sobre la calzada, procurando respirar, pero no llorar. Tenía las manos entumecidas, los dedos enredados en las correas de la mochila. Sentía tanto frío en las orejas que aguijones metálicos de dolor estaban descendiendo por su cuello. Era el ocaso, la temperatura estaba descendiendo y nunca en su vida se había sentido tan sola.

Ella no lo hizo, no lo hizo, no lo hizo, pensó Maggie.

Un coro respondió desde alguna parte: sí lo hizo.

– ¡Maggie!

Lanzó un chillido. Intentó encogerse hasta el tamaño de un ratón. Escondió el rostro entre los brazos y resbaló por el costado del cubo de basura, hasta quedar sentada en la calzada. Se encogió, como si disminuir de tamaño constituyera una forma de protección.

– Maggie, ¿qué ocurre? ¿Por qué huyes? ¿No oíste que te llamaba?

Un cuerpo se agachó a su lado. Un brazo la rodeó.

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