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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Me lo robaron hace meses.

– ¿Lo denunció?

– No merecía la pena.

– ¿Y va a ratificarse en ese cuento de que las pruebas son un montaje que se hizo en su coche? Espero que tenga un buen abogado, señor Bullen.

– A lo mejor contrato a Mo Dirwan, que parece muy bueno. Me han dicho que son ustedes buenos amigos -añadió Bullen mirando a Rebus.

– Es gracioso que diga eso -terció Shug Davidson acercándose a la mesa-, porque precisamente a su amigo Hill se le ha visto por Knoxland. Tenemos fotos de él en la manifestación el mismo día en que el señor Dirwan estuvo a punto de ser agredido.

– ¿Se pasan el día tomando a escondidas fotos de la gente? -dijo Bullen mirando a su alrededor-. A los que hacen eso se les llama pervertidos.

– Ya que lo dices -añadió Rebus-, tenemos que interrogarte en relación con otro caso.

– Hay que ver qué famoso soy -replicó Bullen abriendo los brazos.

– Por eso permanecerá aquí un buen rato, señor Bullen -dijo Storey-. Así que póngase cómodo.

* * *

Al cabo de cuarenta minutos hicieron un descanso. Los mariscadores estaban detenidos en St. Leonard, única comisaría que disponía de suficientes celdas. Storey fue a un teléfono para comprobar el avance de los interrogatorios, mientras Rebus y Davidson salieron a tomar un té, seguidos al rato por Siobhan y Young.

– ¿Podemos hacer el interrogatorio? -preguntó Siobhan.

– Nosotros vamos a reanudarlo ahora mismo -respondió Davidson.

– Pero en este momento él no hace nada -alegó Les Young.

Davidson lanzó un suspiro, y Rebus comprendió que era porque le complicaban la vida.

– ¿Cuánto tiempo necesitan? -preguntó.

– El que nos conceda.

– De acuerdo, adelante.

Young se dio la vuelta para marcharse, pero Rebus le tocó en el codo.

– ¿Te importa que os acompañe? Es por simple curiosidad.

Siobhan miró a Young para prevenirle, pero él asintió a Rebus con la cabeza. Siobhan giró sobre sus talones y echó a andar hacia el cuarto de interrogatorios para que no vieran su gesto de contrariedad.

Bullen estaba con las manos apoyadas en la nuca, y al ver el té que llevaba Rebus preguntó dónde estaba el suyo.

– En la tetera -replicó Rebus.

Siobhan y Young se presentaban.

– ¿Cambio de turno? -gruñó Bullen apartando las manos de la cabeza.

– Qué bueno es este té -comentó Rebus, y por la mirada con que le obsequió Siobhan comprendió que ella no apreciaba en absoluto su intervención.

– Vamos a interrogarle a propósito de una película pornográfica casera -dijo Les Young.

– De lo sublime a lo ridículo -comentó Bullen con una carcajada.

– La encontramos en el domicilio de una persona asesinada -añadió Siobhan con incisiva frialdad-. Y puede que usted conozca a algún partícipe.

– ¿Ah, sí? -replicó Bullen francamente extrañado.

– Yo reconocí a uno como mínimo -dijo Siobhan cruzando los brazos-. El día que fui a su local con el inspector Rebus estaba bailando en el mástil.

– Primera noticia -respondió Bullen encogiéndose de hombros-. Las chicas van y vienen… Son libres de hacer lo que quieran; yo no soy su abuelita. ¿Han encontrado ya a esa chica que buscaban? -añadió inclinándose sobre la mesa hacia Siobhan.

– No -contestó Siobhan.

– Pero han matado al que violó a su hermana, ¿verdad? -Como Siobhan no respondió, él volvió a encogerse de hombros-. Lo he leído en el periódico, igual que todo el mundo.

– Fue en casa de él donde encontramos la película -añadió Les Young.

– Bueno, sigo sin saber en qué puedo ayudarles yo -dijo Bullen volviéndose hacia Rebus para que se lo aclarara.

– ¿Conocía a Donny Cruikshank? -preguntó Siobhan.

Bullen la miró de nuevo.

– No conocía ni su nombre hasta que leí lo del asesinato.

– ¿No acudía a su club, por casualidad?

– Por supuesto que es posible. Yo no estoy allí permanentemente. Pregunten a Barney.

– ¿Al camarero? -dijo Siobhan.

Bullen asintió con la cabeza.

– O pueden preguntar a Inmigración, que por lo visto vigila mucho -añadió con una sonrisa irónica-. Espero que hayan filmado mi lado bueno.

– ¿Acaso lo tiene? -replicó Siobhan.

La sonrisa de Bullen se desvaneció; miró el reloj, un grueso modelo de oro.

– ¿Hemos acabado? -dijo.

– Ni mucho menos -terció Les Young.

En ese momento se abrió la puerta y entró Felix Storey, seguido de Shug Davidson.

– ¡El equipo al completo! -exclamó Bullen-. Si viniera tanta gente al club, podría retirarme a Gran Canaria.

– Ha pasado el tiempo -dijo Storey a Young-. Tenemos que seguir interrogándole.

Les Young miró a Siobhan, que sacó unas polaroid del bolsillo y las extendió en la mesa.

– A ésta la conoce -afirmó señalando en la foto-. ¿Y a estas otras?

– No soy muy buen fisonomista. Recuerdo mucho mejor los cuerpos -respondió Bullen mirándola de arriba abajo.

– Es una de sus bailarinas.

– Pues sí -repuso Bullen al fin-. ¿Y qué?

– Me gustaría hablar con ella.

– Precisamente esta noche tiene turno -replicó él consultando de nuevo el reloj-Suponiendo que Barney pueda abrir.

Storey negó con la cabeza.

– No, hasta que hayamos registrado el local -dijo.

– En ese caso -añadió Bullen con un suspiro mirando a Siobhan- no sé qué decir.

– Tendrá su dirección o su número de teléfono…

– Las chicas quieren discreción… A lo mejor tengo su número de móvil. Pídalo educadamente y puede que él lo encuentre cuando revuelva el local -añadió mientras señalaba con la cabeza a Storey.

– No es necesario -terció Rebus, que se había acercado a la mesa para mirar las fotos y había cogido la de la bailarina-. Yo la conozco y sé dónde vive.

Siobhan lo miró sorprendida.

– Se llama Kate, ¿verdad que sí? -prosiguió Rebus mirando a Bullen.

– Pues sí, Kate -farfulló Bullen-. Y hay que ver cómo le gusta bailar -agregó casi soñador.

* * *

– Le interrogaste muy bien -dijo Rebus, que ocupaba el asiento del pasajero con Siobhan al volante.

Les Young les había dejado porque tenía que volver a Banehall. Rebus examinaba de nuevo las fotografías.

– ¿Ah, sí? -inquirió ella finalmente.

– Con los tipos como Bullen hay que ir al grano porque si no, no sueltan prenda.

– No nos dijo gran cosa.

– Al joven Leslie le habría dicho menos.

– Tal vez.

– ¡Por Dios, Shiv, acepta un cumplido por una vez en tu vida!

– Estoy buscando una motivación por tu parte.

– No la hay.

– Sería la primera vez…

Iban camino de Pollock Halls. Al salir del interrogatorio, Rebus le había explicado cómo había localizado a Kate.

– Tenía que haberla reconocido, por la cantidad de discos que tenía en su cuarto -dijo él meneando la cabeza.

– Vaya detective -comentó ella en broma-. Tal vez te habrías percatado si la hubieras encontrado en tanga.

Iban por Dalkeith Road, a un tiro de piedra de St. Leonard, con sus calabozos repletos de mariscadores. De momento no habían sacado nada en limpio de los interrogatorios, o algún dato que Felix Storey estuviese dispuesto a compartir. Siobhan puso el intermitente izquierdo para doblar en Holyrood Park Road y el derecho para girar hacia Pollock. Andy Edmunds seguía en la barrera y se agachó ante la ventanilla abierta.

– ¿De vuelta tan pronto? -preguntó.

– Tengo que hacerle algunas preguntas más a Kate -contestó Rebus.

– Llega tarde; acabo de verla irse en la bici.

– ¿Cuánto tiempo hace?

– Unos cinco minutos.

– Va camino del club -dijo Rebus volviéndose hacia Siobhan.

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