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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Se ha largado a la calle -dijo el hombre.

Rebus asintió con la cabeza y fue hacia la puerta cojeando. Afuera reconoció inmediatamente dónde estaba: en West Port. Había salido a la luz por una librería de viejo a cien metros de The Nook. Vio que el móvil que conservaba en la mano ya tenía cobertura. Miró a su derecha hacia los semáforos de Lady Lawson Street, y luego hacia Grassmarket y vio lo que esperaba: Stuart Bullen en medio de la calle conducido por Felix Storey, que le retorcía un brazo en la espalda, hacia donde él estaba. Llevaba la ropa desgarrada y sucia. Rebus miró la suya, que no estaba mucho mejor; se subió la pernera y advirtió con alivio que sólo tenía rozaduras sin sangre. Apareció Shug Davidson corriendo por Lady Lawson Street, sofocado por el esfuerzo, mientras él doblaba la cintura y apoyaba las manos en las rodillas. Ansiaba fumar un cigarrillo, pero no tenía resuello ni para eso. Se irguió del todo y se encontró cara a cara con Bullen.

– No creas; te estaba dando alcance -dijo al joven.

Le llevaron a The Nook. Había corrido la noticia y no quedaban clientes. Siobhan interrogaba a las bailarinas sentadas en fila en la barra, a quienes Barney Grant servía refrescos.

Del reservado especial salió un cliente solitario, sorprendido del súbito silencio: ni música ni voces. Se hizo cargo de la situación y se dirigió de inmediato a la salida ajustándose el nudo de la corbata. Rebus, que entraba cojeando, chocó hombro con hombro con él.

– Perdone -dijo el hombre.

– Perdone usted, concejal -dijo Rebus mirando cómo se retiraba.

A continuación se acercó a Siobhan y dirigió un saludo con la cabeza a Les Young.

– ¿Qué hacéis aquí?

– Tenemos que hacer unas cuántas preguntas a Stuart Bullen -contestó Young.

– ¿Sobre qué? -preguntó Rebus sin dejar de mirar a Siobhan.

– Algo en relación con el asesinato de Donald Cruikshank.

Rebus miró a Young.

– Pues por extraño que te resulte, vais a tener que aguardar turno, porque hemos llegado antes.

– ¿Hemos?

Rebus señaló a Felix Storey, que finalmente, aunque a regañadientes, había soltado a Bullen, que ya iba esposado.

– Ese hombre es de Inmigración y tenía sometido a vigilancia a Bullen hace semanas por tráfico de personas, esclavismo y qué sé yo.

– Tenemos que interrogarle -replicó Les Young.

– Pues plantea la solicitud -dijo Rebus estirando el brazo hacia Storey y Shug Davidson.

Les Young miró muy serio a Rebus, pero se dirigió hacia ellos. Siobhan le miraba también furiosa.

– ¿Qué sucede? -preguntó él con cara de inocente.

– ¿No es conmigo con quien estás de mala leche? Pues no la tomes con Les.

– Les ya es mayorcito para arreglárselas por sí mismo.

– Sí, claro; lo que pasa es que él juega limpio, no como otros.

– Siobhan, eso son palabras muy duras.

– De vez en cuando te conviene oírlas.

Rebus se encogió de hombros.

– Bueno, ¿qué relación hay entre Bullen y Cruikshank? -preguntó.

– En casa de la víctima encontramos pornografía casera en la que aparecía una de las bailarinas de este local.

– ¿Y eso es todo?

– Tenemos que hablar con él.

– Me apuesto lo que sea a que a algunos de los que intervienen en el caso va a extrañarles y se preguntarán a qué tanta investigación porque hayan matado a un violador. -Hizo una pausa-. ¿No crees?

– Tú lo sabes mejor que yo.

Rebus se volvió hacia donde estaban Young y Davidson hablando.

– Oye, ¿no tratarás de impresionar al joven Les?

Siobhan puso la mano en el hombro de Rebus para llamar de nuevo su atención.

– Es un caso de homicidio, John. Tú harías lo mismo que hago yo -dijo.

Rebus esbozó una sonrisa imperceptible.

– Era una broma, Siobhan -replicó dirigiéndose a la puerta abierta que conducía al despacho de Bullen-. La primera vez que vinimos aquí, ¿no advertiste esta trampilla?

– Pensé que era del sótano -contestó ella haciendo una pausa-. ¿Tú no la viste?

– Es que no me acordaba de ella -mintió él, restregándose la pierna izquierda.

– Debe de dolerle, amigo -dijo Barney Grant mirando la contusión-. Es igual que cuando te dan una toña. Yo, que he jugado al fútbol, sé lo que es.

– Podría haberme avisado de esa trampilla.

El camarero se encogió de hombros. Felix Storey empujó a Bullen pasillo adelante y Rebus le siguió con Siobhan a la zaga. Storey cerró de golpe la trampilla.

– Buen sitio para esconder a ilegales -comentó.

Bullen lanzó un bufido.

La puerta del despacho estaba abierta y Storey empujó la hoja con el pie. El cuarto estaba tal como Rebus lo recordaba: lleno de cosas. Storey arrugó la nariz.

– Nos va a llevar mucho tiempo meter todo eso en bolsas de pruebas.

– Por Dios bendito -exclamó Bullen a modo de protesta.

La caja fuerte estaba entreabierta y Storey la abrió del todo con la punta del zapato.

– Aja -dijo-. Creo que sí que nos harán falta bolsas de pruebas.

– ¡Es falso! -gritó Bullen-. ¡Lo han puesto ustedes, hijos de puta! -añadió tratando de zafarse de Storey.

Pero el de Inmigración era diez centímetros más alto y seguramente pesaba diez kilos más. Todos miraban apiñados en la puerta, entre ellos Davidson y Young y algunas bailarinas.

Rebus se volvió hacia Siobhan, que frunció los labios. Ella también lo había visto: dentro de la caja fuerte había un montón de pasaportes sujetos con una goma elástica, tarjetas de crédito en blanco, varios sellos de goma falsificados y máquinas de franqueo. Más una serie de documentos doblados, tal vez certificados de nacimiento o de matrimonio. Todo lo necesario para crear cientos de identidades falsas.

* * *

Llevaron a Stuart Bullen al cuarto de interrogatorios número 1 de Torphichen.

– Tenemos aquí a su compinche -dijo Felix Storey, que se había quitado la chaqueta y se soltaba los gemelos para remangarse la camisa.

– ¿Quién? -replicó Bullen, que ahora sin esposas se frotaba las muñecas.

– Creo que se llama Peter Hill.

– No lo conozco.

– Es un irlandés que habla pestes de usted.

Bullen miró a Storey a la cara.

– Ahora sí que veo que es un montaje.

– ¿Por qué? ¿Lo dice porque confía en que Peter no hable?

– Ya le he dicho que no le conozco.

– Tenemos fotos suyas entrando y saliendo de su club.

Bullen miró a Storey como tratando de calibrar si era cierto. Rebus tampoco lo sabía; era posible que los de la cámara de vigilancia hubiesen fotografiado a Hill, pero podía ser un farol de Storey, porque no había traído para el interrogatorio ningún archivador ni carpeta. Bullen miró a Rebus.

– ¿Seguro que quiere que él esté presente? -preguntó a Storey.

– ¿A qué se refiere?

– Se rumorea que está al servicio de Cafferty.

– ¿De quién?

– De Cafferty, el que domina Edimburgo.

– ¿Y eso qué relación tiene con usted, señor Bullen?

– Cafferty odia a mi familia. -Se calló para dar mayor efecto a sus palabras-. Y alguien ha puesto eso en la caja fuerte.

– Invéntese algo mejor -replicó Storey como si lo lamentara- y aclare su relación con Peter Hill.

– Ya se lo he dicho -replicó Bullen apretando los dientes-. No hay ninguna relación.

– ¿Y por eso conducía su coche?

Se hizo un silencio. Shug Davidson paseaba de arriba abajo con los brazos cruzados, Rebus seguía recostado en la pared y Bullen se miraba las uñas.

– Un BMW rojo de la serie siete -prosiguió Storey-, matriculado a su nombre.

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