Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
¿Qué está pasando? ¿Qué ha cambiado en mí? Tengo la sensación de que me ha invadido una renovada sensación de temeridad, un sentimiento de esperanza y de confianza. He dejado de ser yo misma para convertirme en alguien más próximo a Vianne Rocher, la mujer que llegó a Lasquenet con la estela del viento festivo…
Las campanillas están totalmente quietas y el cielo se ha oscurecido a causa de la nieve que sigue sin caer. La bonanza atípica de esta semana se ha esfumado y hace bastante frío como para que el aliento forme vaho mientras, en la plaza, los transeúntes cruzan difusos como columnas grises. En la esquina hay un músico y oigo las notas de un saxofón que interpreta «Petite fleur» con voz persistente y casi humana.
Pienso para mis adentros: Debe de tener frío.
En el caso de Yanne Charbonneau, se trata de un pensamiento peculiar. Los parisinos de verdad no pueden permitirse semejantes reflexiones. En esta ciudad hay demasiados pobres, personas sin techo y viejos arropados como paquetes del Ejército de Salvación en las entradas de las tiendas y los callejones traseros. Todos tienen frío y hambre. A los parisinos de verdad no les importa. Yo quiero ser una parisina de verdad…
La música sigue sonando y me recuerda otro lugar y otra época. Entonces yo era otra y las casas flotantes del Tannes estaban tan juntas que prácticamente podrías haber cruzado de una a otra orilla del río. Entonces también había música: tambores metálicos, violines, pitos y flautas. Por lo visto, la gente del río vivía de la música y, pese a que algunos aldeanos los tildaban de mendigos, jamás los vi pedir. En aquellos tiempos no habría tenido la menor vacilación.
Posees un don, solía decir mi madre, y los dones tienen que regalarse…
Preparo chocolate caliente. Lleno una taza y se la llevo al saxofonista, que es sorprendentemente joven, no supera los dieciocho; también añado un trozo de pastel de chocolate. Es una decisión que Vianne Rocher habría tomado sin pensar…
– Invita la casa.
– ¡Qué bien! ¡Gracias! -La expresión del saxofonista se ilumina-. Supongo que vienes de la chocolatería. He oído hablar de ti. Eres Zozie, ¿no?
Me echo a reír, reconozco que desaforadamente. Las carcajadas me resultan tan agridulces y extrañas como todo lo que ocurre en este extraño día, pero el saxofonista no se entera.
– ¿Qué te gustaría oír? -me pregunta-. Tocaré lo que me pidas. Invita la casa… -apostilla y sonríe de oreja a oreja.
– Veamos… -Vacilé-. ¿Conoces V'là l'bon ven?
– Sí, por supuesto. -Coge el saxofón y añade-: Zozie, va por ti.
Cuando el saxo comienza a sonar, me estremezco a causa de algo más que el frío mientras regreso a Le Rocher de Montmartre, donde Rosette todavía juega tranquilamente en el suelo, en medio de cien mil botones desparramados.
12
Martes, 18 de diciembre
El resto del día trabajé en el obrador mientras Zozie se encargaba de los clientes. Ahora tenemos más clientes que nunca, más de los que puedo atender sola, y me alegro de que siga contenta de echar una mano porque, a medida que se acercan las navidades, tengo la sensación de que medio París ha desarrollado un repentino interés por los bombones artesanales.
Las existencias de chocolate cobertura que supuse que durarían hasta Año Nuevo se agotaron en un par de semanas y recibimos envíos cada diez días a fin de satisfacer la demanda creciente. Los beneficios superan con creces mis expectativas y Zozie se limita a decir «Sabía que el negocio se animaría antes de Navidad», como si todos los días hubiera milagros…
Por enésima vez me sorprendo de la rapidez con la que la situación ha cambiado. Hace tres meses nadie nos conocía y éramos náufragas en el peñón de Montmartre. Ahora formamos parte de la escena, lo mismo que Chez Eugène o Le P'tit Pinson, y los lugareños que jamás habrían puesto el pie en una tienda turística entran en la chocolatería una o dos veces por semana (y, en algunos casos, prácticamente cada día) para tomar café, pastel o chocolate.
¿Qué nos ha cambiado? Los bombones, no hay duda; sé que mis trufas artesanales son mucho mejores que todo lo que sale de una fábrica. La decoración también es más acogedora y, con la ayuda de Zozie, hay tiempo de sentarse y charlar un rato.
Montmartre es un pueblo en el seno de la ciudad, y sigue siendo profunda aunque dudosamente nostálgico de sus callejuelas estrechas, las viejas cafeterías y las casitas de estilo campestre con el encalado estival, los postigos falsos y los geranios de vivos colores en las jardineras de barro. Aislados en lo alto de un París rebosante de cambios, los habitantes de Montmartre tienen la sensación de que se trata del último pueblo que existe, el fragmento fugaz de una época en la que las cosas eran más dulces y simples, en la que las puertas quedaban abiertas y cualquier dolor y herida se curaba con un trozo de chocolate…
Sospecho que solo es una ilusión. Para la mayoría de los que viven aquí, esa época nunca existió. Habitan en un mundo parcialmente fantástico, en el cual el pasado está tan profundamente enterrado bajo la expresión de deseos y el pesar, que prácticamente se han tragado su propia ficción.
Pensemos en Laurent, que despotrica contra los inmigrantes pese a que su padre era un judío polaco que huyó a París durante la guerra, se cambió el nombre, contrajo matrimonio con una lugareña y se convirtió en Gustave Jean-Marie Pinson, más francés que los franceses y sólido como las piedras del Sacré-Coeur.
Obviamente, Laurent ni lo menciona, pero Zozie lo sabe…, seguramente porque se lo ha contado. Para no hablar de madame Pinot, con su crucifijo de plata, su desaprobadora sonrisa de labios fruncidos y el escaparate lleno de santos de yeso…
Jamás fue madame. En sus mocedades (al menos es lo que dice Laurent, que está al tanto de estas cosas) fue cabaretera en el Moulin Rouge y a veces actuaba con griñón, tacones de aguja y un corsé de raso negro que despertaba pasiones… No es exactamente lo que cabe esperar de una vendedora de objetos religiosos…
Y también nuestros apuestos Jean-Louis y Paupaul, que trabajan con gran habilidad en la place du Tertre y, para que se desprendan de su dinero, seducen a las señoras con cumplidos bravucones e insinuaciones descaradas. Cabría pensar que, al menos, son lo que parecen, pero ninguno de los dos ha pisado jamás una galería ni estudiado en una escuela de arte y, pese a su atractivo masculino, son apacible y sinceramente gays y planean una ceremonia civil, tal vez en San Francisco, donde esas prácticas son más corrientes y se juzgan con menos severidad.
Eso dice Zozie, que parece saberlo todo. Anouk también sabe más de lo que me cuenta y estoy cada vez más preocupada. Antes me lo contaba todo, pero en los últimos tiempos se ha vuelto inquieta y recelosa; pasa horas en su habitación, casi todos los fines de semana va al cementerio con Jean-Loup y por las noches habla con Zozie.
Es lógico que una niña de su edad quiera más independencia que la que hasta ahora ha tenido. De todos modos, en Anouk hay una especie de desvelo, una frialdad de la que tal vez no sea consciente, que me inquieta. Es como si entre nosotras se hubiese movido un eje, un mecanismo implacable que lentamente ha comenzado a separarnos. Solía contármelo todo y ahora lo que dice parece extrañamente cauteloso, al tiempo que sus sonrisas son demasiado intensas y forzadas como para resultar reconfortantes.
¿Se debe a Jean-Loup Rimbault? Me he fijado en que ahora apenas lo menciona, en que se pone en guardia cuando me refiero a él, en el cuidado con el que se viste para ir al liceo cuando antes costaba que se cepillase el pelo…