Morir por ti
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Morir por ti». Краткое содержание книги:
Lisa Jackson nació en una pequeña ciudad al pie de las Cascades, en el noroeste de EE.UU., y no se dedicó por completo a la escritura [asta que su hermana la animó a ello y a llevar a un editor su primer libro. Desde entonces son más de cincuenta los libros publicados por esta autora, dama de la novela romántica de suspense y presente en las listas de best-sellers más prestigiosas.
Existen secretos que una mujer nunca debería revelar
– Déjame en paz, Danvers. Sé que estoy sola en esto, de manera que no hace falta que hagas el papel de héroe.
– ¿Eso es lo que estoy haciendo?
– Dime si no qué.
Zach se la quedó mirando mientras ella salía a toda prisa por la puerta, observando la curva de sus caderas y el rígido porte de sus nalgas. Sus piernas eran delgadas, pero no flacas, y se preguntó qué tal sería rodearla por la cintura.
«Mierda», murmuró para sus adentros enfadado consigo mismo por la dirección que habían tomado sus pensamientos.
De todas formas, no tenía intención de dejarla marcharse sola. Lanzando varios billetes sobre la mesa, salió tras ella. Cruzó el vestíbulo justo en el momento en que se cerraban las puertas del ascensor, pero no le importó. Se tomó un respiro, apoyado en una columna, mientras observaba las luces del ascensor, que parpadeaban sobre las puertas cerradas y luego se detenían por un instante en el número de la planta quinta. Cuando el ascensor descendió, no se paró en ningún otro piso. Sin dudarlo un momento, Zach esperó a que las puertas se volvieran a abrir y se metió en el ascensor. Si hacía falta se quedaría toda la noche sentado en el pasillo; pero si alguien estaba acechándola, sería mejor que se anduviera con cuidado.
La campanilla del ascensor sonó suavemente cuando este llegó a la quinta planta. Zach echó a andar por el pasillo vacío y comprobó que la cabina del teléfono estuviera vacía. Hizo una llamada rápida a Len Barry, el amigo que trabajaba en la policía. Len estuvo de acuerdo en pasar por allí a recoger el paquete, que ya le estaba quemando en el bolsillo a Zach. Después de colgar, Zach agarró una silla y la arrimó a una planta artificial, al lado de la ventana, en una esquina del pasillo con vistas a los dos lados. Se sentó en la silla de respaldo bajo a esperar.
Adria contó lentamente hasta diez. Las indirectas de Zachary la habían acompañado hasta la puerta del ascensor. Aquella arrogancia la sacaba de quicio: su manera de intentar que mandara a paseo sus propias iniciativas. Tanto él como el resto de su familia actuaban como si ella solo estuviera interesada en sacarles dinero. Se soltó el pelo y tiró el pasador sobre la cama con indignación.
– Bastardo -murmuró Adria y se echó a reír a la vez que aquella palabra salía de su boca.
¿Acaso había algo de verdad en aquel insulto? ¿O no? Si hubiera mirado dentro de sí misma, si realmente hubiera mirado, se habría dado cuenta que una parte de ella deseaba que otra persona hubiera engendrado a aquel hombre; otra persona que no fuera Witt Danvers, el cual ella creía que era su propio padre.
Porque, maldita sea, le parecía que Zachary era tan sensual e inquietante como ningún otro hombre de los que había conocido antes. ¿Estaba intentando ayudarla? ¿O solo lo estaba haciendo ver?
La cabeza estaba a punto de estallarle. ¿Era realmente Zach hijo de Witt? Oh, ¿y qué le importaba a ella? ¿Le importaba? Lo único que quería descubrir era si realmente ella era hija de Witt. La paternidad de Zach no era algo en lo que tuviera que pensar. Zachary Danvers no era alguien en quien tuviera que pensar.
Cogió el periódico que tenía sobre la mesilla de noche de su habitación y lo abrió. Con dedos furiosos, pasó las páginas y se detuvo en la sección «Habitaciones para alquilar». Mañana, a primera hora, tenía que empezar a buscar otro lugar en el que alojarse, luego se acercaría al Oregonian y les contaría a los periodistas una historia tan interesante que no iban a poder evitar publicarla en la edición del día siguiente. Después hablaría en televisión y en las emisoras de radio.
Si la familia Danvers quería jugar fuerte, así sería. Ella estaba más que preparada para enviarles un balonazo de los que no habían visto nunca antes en su vida.
Trisha aparcó en su plaza habitual, entre el garaje y la cabaña de madera de la propiedad de los Polidori. Era la cabaña del guarda, que se suponía estaba desocupada; Mario había hecho de la pequeña casa de campo cubierta de enredaderas su lugar secreto para citas durante los últimos veinte años. El corazón le latía ligeramente acelerado y Trisha se reprendió por ser tan tonta, mientras esquivaba las goteantes clemátides y golpeaba suavemente en la puerta de entrada antes de abrir.
Él la estaba esperando. Iluminado por detrás por las luces de la cocina, avanzó por el oscuro salón y a ella se le cortó la respiración. A pesar de que ella se había hecho cínica e insensible con los años, la visión de Mario nunca había dejado de producirle una ola de ilusión que corría por su sangre.
Apareció ante ella con el pecho desnudo y los pantalones vaqueros ajustados a sus caderas.
– Llegas tarde -dijo él con aquella voz profunda que siempre conseguía que se le deshicieran los huesos.
– Tuve problemas en casa.
– Olvídalos. -Él la agarró por los hombros y cerró la puerta de un portazo tan fuerte que hizo que los goznes vibraran.
Sus brazos la rodearon y sus labios se posaron sobre los de ella, calientes, hambrientos, posesivos. Trisha se estremeció ilusionada y cerró su mente a cualquier cosa que no fuera aquel hombre vital. Necesitaba varias horas para olvidar a Adria y a London, y todo aquel maldito y sórdido asunto.
Si Adria era capaz de demostrar que ella era London, todos los sueños de Trisha se romperían en pedazos y su vida quedaría totalmente destruida.
A menos que pudiera detenerla.
Adria saltó de la cama en cuanto sonó la alarma de su despertador, a las seis de la mañana. Se sentía como si acabara de quedarse dormida, tras una noche de estar tumbada dando vueltas y preocupándose inconscientemente por si había alguien intentando abrir su puerta. Apenas había podido descansar y por su mente flotaban imágenes de ratas con enormes dentaduras, de extraños escondidos entre las sombras y de Zachary, a veces como un enemigo y otras como su amante. Una y otra vez pasaba por su mente la noche en el jeep, cuando él la había besado con una pasión animal, que la había encendido y había hecho que se derritiera como la cera. Por el miedo que sentía, porque sabía que alguien la estaba siguiendo y vigilando, porque alguien estaba intentando aterrorizarla, se sentía más unida a Zachary Danvers.
Por supuesto, aquello era ridículo. No podía desear a aquel hombre. Sus fantasías solo se debían a que aquel era el hombre más seductor que había estado a su alrededor desde hacía mucho tiempo, y por el simple hecho de que era un fruto prohibido, un hombre rudo que no podía ser suyo.
«Un fallo de carácter», se dijo, mientras se cepillaba los dientes y veía su despeinado cabello reflejado en el espejo que había encima del lavabo.
Se colocó bajo el chorro de agua caliente de la ducha y se quedó allí hasta que consiguió despertarse. Hoy era el día en que iba a dirigirse a la prensa. Se le hizo un nudo de terror en el estómago solo con pensarlo. Había deseado no tener que llegar a eso, pero había sido una estúpida. Era inevitable hablar con la prensa.
Pero lo primero era lo primero. Necesitaba encontrar una residencia permanente. Se vistió deprisa y, provista del periódico del día anterior, salió de la habitación. Al momento, se paró en seco. Cuando su mirada se topó con los inquietantes ojos grises de Zachary Danvers, sintió que el corazón se le aceleraba de tal manera que ni siquiera pudo articular una palabra. Zach todavía llevaba la ropa de la noche anterior; estaba sentado con las piernas cruzadas y su barba lucía un sombreado de varios días sin afeitarse. Se masajeó la nuca con los dedos y la saludó con una sonrisa torcida.
– Buenos días -le dijo con voz cansina, como si estuvieran acostumbrados a encontrarse cada día al amanecer.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -consiguió preguntar ella.