La fragua de Dios [The Forge of God - es]
- Автор: Бир Грег
- Серия: La fragua de Dios #1
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4023-3
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fragua de Dios [The Forge of God - es]». Краткое содержание книги:
1 de octubre de 1996: el gobierno australiano anuncia que una enorme montaña de granito, un duplicado casi perfecto de Ayers Rock, ha aparecido de pronto en el Gran Desierto Victoria; junto a ella, tres resplandecientes robots de acero traen consigo un mensaje de paz y amistad…
Así se inicia una de las más apasionantes novelas de ciencia ficción de los últimos tiempos, que combina sabiamente el interés científico, la alta política internacional y la amenaza de una invasión alienígena, para ofrecernos una obra apasionante con una profundidad temática raras veces alcanzada, que se lee de un tirón hasta la última página.
—No disponemos del código de autorización presidencial —explicó el teniente, como si diera un hecho por sentado—. Así que he tenido que tomar una cabeza de combate no armada del almacén y extraer el PAL…, el enlace de acción permisiva, la caja de códigos. Esto causa un fallo mecánico definitivo en el detonador y el disparador de proximidad…, definitivo para el mecanismo, no para mí. Así que he tenido que preparar mi propio disparador de tiempo y detonador y hacer que encajen con la cabeza de combate. Con autorización superior, he tomado un generador de ondas y un clistrón de un avión de la Marina y las cajas negras necesarias y lo he montado todo junto. Puedo garantizar que funcionará. —Sonrió casi como disculpándose y se volvió a Rogers—. Señor, podrá usted desactivar el arma, si se encuentra con algo inesperado, incluso un segundo antes de la explosión. Así que preste atención.
Rogers escuchó atentamente mientras el teniente sacaba la cubierta de uno de los extremos del cilindro y explicaba el proceso. Luego lo explicó todo de nuevo, examinando el rostro de Rogers a cada punto crucial para asegurarse de que comprendía.
—¿Todo claro, señor? —preguntó.
—Sí —dijo Rogers.
—Lamento que no hayamos podido coger una cabeza nuclear portátil, una SADM, para usted, señor —dijo el teniente—. Pero llevan fuera de stock desde hace unos veinte años. Todas ellas han sido inutilizadas o desmontadas. Ésta sólo pesa un tercio más que una SADM…, se trata de munición atómica especial de demolición —explicó en beneficio de los ayudantes del senador—. Pero podrá subirla sin dificultad por el pozo si es tan liso como ha dicho. Luego podrá empujarla y tirar de ella durante el tramo siguiente, y cuando pueda ponerse en pie, izarla hasta su posición utilizando su mochila. Parece que está usted en buena forma, señor, y debería poder completar la misión en… —El teniente agitó la cabeza—. Lo siento. No pretendo decirle cómo tiene que hacer las cosas, señor.
—No se preocupe —dijo Rogers.
—Sólo una pregunta. Nadie allá supo responderme a algo. ¿Cuán fuerte es interiormente el aparecido?
—No lo sabemos —dijo Rogers.
—Posiblemente lo bastante fuerte como para haber sobrevivido a un descenso desde la órbita —dijo Gilmonn.
—Si ofrece una resistencia uniforme al arma en toda su estructura, entonces no puedo estimar el efecto en los alrededores —dijo el teniente—. A menos que permanezca incólume, lo cual dudo, va a haber roca fundida y metralla por todo el valle. No sé cuánto tendrá que alejarse, señor.
—Dispondré de un jeep —dijo Rogers.
—Conduzca como si le persiguieran todos los demonios —recomendó el teniente—. Y otra cosa. ¿Qué tipo de mecanismo impulsor puede poseer?
Rogers agitó la cabeza.
—No hay toberas, ni tomas de aire, ni… Nada que hayamos podido detectar.
—Si posee algún mecanismo impulsor, lo cual parece lógico, si consideramos que es una nave espacial…, entonces la explosión puede desencadenar otra aún mayor.
Rogers inspiró profundamente.
—Ya he pensado en ello —dijo.
—No hemos detectado ningún tipo de radiación ni dentro ni en torno al aparecido —señaló Gilmonn—. Si hay algún mecanismo impulsor, dudo mucho que utilice combustible de cohetes.
—Sí, pero, ¿qué utiliza? —preguntó el teniente.
—Todo lo que hagamos implica algún riesgo —admitió Gilmonn—. Y si piensan que vamos a dejarnos embaucar por nuestra propia imaginación… ¿Imaginan lo fuertes que los haría eso? ¿Qué nos ha hecho ya este tipo de pensamientos?
Las sirenas empezaron a aullar, resonando en las montañas, do-lorosas y terribles. Los altavoces en torno al perímetro anunciaron:
—Esto es una emergencia. Esto es una emergencia. Evacúen inmediatamente a todo el personal. —El mensaje se repitió, más fuerte que las sirenas, hasta que Rogers tuvo la sensación de que se le erizaba toda la piel. Empezaron a sonar claxons de coches por todas partes. Los faros parpadearon como los ojos de animales enloquecidos. Gilmonn se llevó las manos a los oídos.
—¿Vamos a seguir adelante, o vamos a quedarnos aquí como tontos?
Rogers asintió.
—Adelante —dijo.
El teniente buscó en la bolsa y extrajo una chaqueta blanca con un faldón para las ingles.
—Protección contra las radiaciones residuales, señor. Póngasela ahora —gritó por encima de la barahúnda. Extrajo otra y se la puso él, sujetándose el faldón a unos cierres en la parte de atrás.
La chaqueta debía pesar unos nueve kilos y parecía razonablemente flexible, con láminas sobrepuestas de plástico emplomado entrelazadas en la tela.
—Ciérreme usted la mía, y yo haré lo mismo con la suya. —Rogers le ayudó a asegurar las correas, y el teniente repitió la operación con él.
—Vamos, señor —dijo el teniente. Entre los dos alzaron el arma de su soporte en el portamaletas del coche y la colocaron sobre un carrito de mano. Pesaba al menos treinta kilos, quizás algunos más—. No necesita ir con cuidado, señor. Está diseñada para soportar el lanzamiento de un misil y el impacto contra el océano. Tendríamos que golpearla con una almádena para causarle algún daño.
Rogers abrió la puerta del perímetro interior, y tiraron del carrito de mano a lo largo del centenar de metros del camino de tierra y grava hasta el agujero de entrada del falso cono de escoria.
El teniente alzó él solo el cilindro de su soporte y lo depositó sobre un extremo sobre la arena. Las sirenas seguían chillando y los altavoces repetían la orden de evacuación, una y otra vez, dolorosamente monótonos.
Las primeras luces del amanecer silueteaban la cordillera Green-water con un color púrpura fantasmagórico. Agitantes faros seguían cortando el aire en torno al lugar, pero ahora su número era menor.
—Parece que se están marchando —dijo Gilmonn.
—Es hora de evacuar el campo —dijo Rogers—. Necesitaré al teniente y a otra persona, a nadie más.
—Me quedaré hasta que haya entrado en el túnel y la flecha esté con usted —dijo Gilmonn.
—Ahora la llamamos una «maza», señor, no una flecha —le corri-gió el teniente.
—Lo que sea —gruñó Gilmonn.
—Vamos con ello —dijo Rogers.
El teniente extrajo una lámina de teflón de más de dos centímetros de grueso del kit de accesorios del arma y la envolvió apretadamente en torno al cilindro, sujetándola con tres correas y una hebilla. La parte superior e inferior de la hoja se proyectaban más allá de los bordes del cilindro, amortiguando cualquier golpe contra todo borde o esquina que pudiera haber en el interior del túnel. Luego ató dos cuerdas a dos anillas empotradas en el extremo superior, a cada lado de la tapa protectora.
—¿Todo listo, señor?
Rogers asintió.
—Adelante, pues.
El teniente extrajo la cubierta proyectora e instaló el mecanismo temporizador.
—Tiene usted cuarenta minutos, señor, desde el momento en que accione el interruptor. Aguardaremos aquí abajo quince minutos. Tendrá su jeep preparado esperándole después de que nos marchemos.
—Comprendido —dijo Rogers.
Subió al agujero, sujetando las cuerdas con sendos lazos en su cinturón, y se arrastró hasta el primer recodo, donde se situó en posición.
—Súbanla —dijo. El teniente accionó el interruptor, cerró la cubierta, e izó el arma hasta el agujero. Rogers tiró de ella con las cuerdas a lo largo del primer segmento del tubo, con cuidado, atento a cualquier problema.
Luego llamó al teniente y a Gilmonn.
—Estoy en el primer recodo —dijo—. Voy a subir por el pozo vertical.
—Treinta y cinco minutos, coronel —respondió el teniente.