La fragua de Dios [The Forge of God - es]
- Автор: Бир Грег
- Серия: La fragua de Dios #1
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4023-3
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fragua de Dios [The Forge of God - es]». Краткое содержание книги:
1 de octubre de 1996: el gobierno australiano anuncia que una enorme montaña de granito, un duplicado casi perfecto de Ayers Rock, ha aparecido de pronto en el Gran Desierto Victoria; junto a ella, tres resplandecientes robots de acero traen consigo un mensaje de paz y amistad…
Así se inicia una de las más apasionantes novelas de ciencia ficción de los últimos tiempos, que combina sabiamente el interés científico, la alta política internacional y la amenaza de una invasión alienígena, para ofrecernos una obra apasionante con una profundidad temática raras veces alcanzada, que se lee de un tirón hasta la última página.
»Hemos permanecido perchados en nuestro árbol gorjeando como estúpidos pájaros durante más de un siglo, preguntándonos por qué no contestaban otros pájaros. Los cielos galácticos están llenos de halcones, ése es el porqué. Los planetismos que no son lo bastante listos como para permanecer quietos son devorados.
»Creo que ya termino. Estoy demasiado cansado para desarrollar todo esto. Quizá tú ya hayas pensado en ello. Quizá puedas encontrarlo útil, de todos modos.
»A veces has sido mi estímulo y mi acicate, Art. Gracias por ello. Eres mi amigo más querido, y te aprecio profundamente.
»Cuida de Ithaca, tanto como lo necesite.
»Mi cariño a Francine, y también a Marty.
»Espero y rezo para que lo consigas, aunque sea por mi vida, ahora no puedo imaginar cómo.»
Harry lo había sabido, casi por instinto. Todavía seguía vivo, resistiendo en Los Angeles, demasiado débil para hacer mucho aparte de dormir. De pronto Arthur sintió pánico ante el pensamiento de un mundo sin él. ¿Qué podría hacer? Ahora, más que nunca, Harry era necesario…
—Art —dijo Francine. Intentó relajarse y apartó su mirada del techo, posándola en el rostro de su esposa—. ¿Estás pensando en Harry?
Asintió.
—Pero eso no es todo. —Sin pensar en las consecuencias, movido por un instinto que esperaba fuera tan bueno como el de Harry, había llegado a una decisión—. Está ocurriendo algo grande —dijo—. Tenía miedo de decírtelo.
—¿Puedes decírmelo? —preguntó ella, entrecerrando los ojos, como reluctante de escuchar. Ya había bastante cambio, bastante confusión en las noticias sin que él le trajera más.
—No es un secreto del gobierno —dijo él, sonriendo. Le contó lo del encuentro en el aeropuerto, la información en su cabeza, la formación de la red. Lo derramó todo como un torrente, como una confesión, y se interrumpió solamente para dejar entrar a Gauge cuando el cachorro se puso a lloriquear miserablemente en el garaje.
Francine observó los ojos brillantes de su esposo y su rostro beatífico y se mordió los labios.
Cuando hubo terminado, Arthur se estremeció y se encogió bruscamente de hombros.
—Sueno completamente loco, ¿verdad?
Ella asintió, con una lágrima resbalando por su mejilla.
—De acuerdo. Te mostraré algo muy extraño.
Se dirigió al armario cerrado con llave de la parte superior del vestíbulo y bajó una caja de cartón. En el dormitorio, abrió la tapa. Dentro de la caja, ante su sorpresa, había no una sino dos arañas idénticas, inmóviles, con sus verdes ojos lineales brillando. Francine retrocedió ante la caja abierta.
—No sabía que hubiera otra —dijo él.
—¿Qué son?
—Nuestros salvadores, creo —respondió Arthur.
¿Podrá salvarse ella?, preguntó la zumbante expectación en su cabeza. Francine adelantó una mano para tocar las arañas, y él estuvo a punto de detenerla, advertirla, cuando se dio cuenta de que no importaba. Si ellas deseaban «poseerla», la nueva araña —hubiera venido de donde hubiera venido— ya la habría tomado. Vacilante, Francine tocó una. No reaccionó. Acarició pensativa el cromado cuerpo. Las arañas movieron sus patas al unísono, y ella retiró rápidamente la mano. El movimiento se detuvo.
—Es como si estuvieran vivas —dijo.
—Creo que sólo son máquinas muy complejas.
—Toman muestras, almacenan información, y… —Francine tragó dificultosamente saliva y apretó los brazos contra su cuerpo. Empezó a temblar. Sus dientes castañeteaban—. Oh, Arthur…
Él la abrazó fuertemente, apoyando su mejilla contra el pelo de ella, hundiendo su rostro en él.
—Sigo aquí —dijo.
—Todo esto es tan irreal.
—Lo sé.
—¿Qué…, qué vamos a hacer ahora?
—Esperaremos —dijo él—. Haré lo que haya que hacer.
La expresión de Francine mientras echaba la cabeza hacia atrás para mirarle era una mezcla de fascinación y repulsión.
—Ni siquiera sé si eres quién dices que eres.
Arthur asintió.
—No puedo probarte eso.
—Sí puedes —dijo ella—. Por favor, quizá puedas. Quizá yo ya lo sepa. —Se apretó más compactamente entre sus brazos y hundió el rostro en el pecho de él—. No quiero pensar… que ya te he perdido. Oh, Dios. —Se apartó de nuevo, con la boca abierta—. No se lo digas a Marty. No se lo habrás dicho, ¿verdad?
—No.
—Él no lo soportaría. Ya tiene pesadillas acerca de incendios y terremotos.
—No se lo diré.
—No hasta más adelante —dijo ella firmemente—. Cuando lo sepamos seguro. Lo que va a ocurrir, quiero decir.
—De acuerdo.
Ya era la hora de vestirse e ir a buscar a Marty al colegio. Fueron juntos bajo la llovizna.
Aquella noche, después de que Marty se hubiera ido a la cama y mientras permanecían sentados juntos en el sofá de la sala de estar, leyendo, con las piernas entrelazadas, sonó el teléfono. Contestó Arthur.
—Tengo una llamada para Arthur Gordon del presidente Crockerman.
Arthur reconoció la voz. Era Nancy Congdon, la secretaria de la Casa Blanca.
—Al habla.
—No cuelgue, por favor.
Unos pocos segundos más tarde, Crockerman estaba en la línea.
—Arthur, necesito hablar con usted o con Feinman, o con el senador Gilmonn… Supongo que está usted en contacto con él, o con la NSA.
—Lo siento, señor presidente…, no he hablado ni con el senador ni con la Agencia Nacional de Seguridad. Harry Feinman está muy enfermo ahora. De hecho, se está muriendo.
—Eso es lo que me dijeron. —El presidente no dijo nada durante un largo momento—. Estoy asediado aquí, Arthur. Todavía no pueden conseguir un voto favorable en la Cámara, pero les falta muy poco… No estoy seguro de saber quiénes son todos los que me están asediando, pero creo que usted puede hablar con ellos. No necesita admitir su complicidad…, o como quiera llamarlo.
—Es posible que yo no sea el hombre adecuado, señor presidente —dijo Arthur.
—En las últimas horas se me ha negado el acceso a la sala de guerra. He relevado a Otto Lehrman, pero eso no ha detenido las cosas. ¡Jesús, han amenazado con retirar las tropas en torno a la Casa Blanca! Todo lo que han hecho es claramente ilegal, pero esa gente… No pueden esperar a echarme. Está ocurriendo algo. Y necesito saber de qué se trata, por el amor de Dios. ¡Soy el presidente de los Estados Unidos, Arthur!
—No sé nada de todo esto, señor presidente.
—De acuerdo. No se lo discuto. Pero tampoco soy un estúpido testarudo. He pasado las últimas semanas en una agonía absoluta sobre todo esto. He hablado con Nalivkin, el secretario del Partido. ¿Sabe lo que están haciendo? Están negociando con el aparecido de Mongolia. Les dice que el mundo está al borde del milenio socialista. ¡Eso es lo que les está diciendo la nave espacial de Mongolia! Arthur, dígamelo francamente… ¿Hay alguien con quien yo pueda hablar que pueda volver a ponerme en la cadena de mando? No soy un hombre irrazonable. Puedo llegar a un acuerdo. Dios sabe que no he dejado de pensar en todo esto. Estoy dispuesto a reconsiderar mi posición. ¿Ha oído lo del reverendo Ormandy?