Si Los Muertos No Resucitan
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Si Los Muertos No Resucitan». Краткое содержание книги:
– Es la declaración de Fidel en el juicio que le hicieron el pasado mes de noviembre -dijo López.
– La tiranía le dio oportunidad de hablar, por lo que veo -dije agudamente-. Tal como lo recuerdo, el juez Roland Freisler (Roland Delirio, como lo llamaban) se limitó a insultar a los hombres que habían intentado atentar contra Hitler y los mandó a la horca. Es curioso, pero no recuerdo que ninguno de los condenados escribiese un panfleto.
López no se dio por aludido.
– Se titula La Historia me absolverá. Acabamos de imprimirlo, conque tiene usted el honor de ser uno de los primeros en leerlo. Hemos planeado distribuirlo por toda la ciudad a lo largo de los próximos meses. Por favor, señor, al menos léalo, ¿eh? Aunque sólo sea porque el autor languidece en estos momentos en la cárcel Modelo de la isla de Pinos.
– Hitler escribió un libro bastante largo en la cárcel de Landsberg en 1928 y tampoco lo leí.
– No se lo tome a broma, por favor. Fidel es amigo del pueblo.
– Yo también. Parece que hasta los gatos y perros me quieren, pero no espero que por eso me pongan al cargo del gobierno.
– Prométame que, al menos, le echará una ojeada.
– De acuerdo -dije; lo cogí sólo por deshacerme de López-. Lo leeré, si tanto significa para usted, pero después no me haga preguntas sobre el contenido. Me jodería olvidar algo que pudiera hacerme perder la oportunidad de participar en una granja colectiva, o la de denunciar a alguien por sabotear el plan quinquenal.
Subí al coche y me marché rápidamente, muy poco satisfecho del giro que había dado la velada. Al final de la entrada, bajé la ventanilla y, antes de salir a la carretera principal en dirección norte, hacia San Miguel del Padrón, tiré el estúpido panfleto de Castro a los matorrales. Me había trazado un plan que no coincidía con el del cabecilla de la revolución, aunque sí que tenía relación con las chicas de Casa Marina: de cada cual, según su capacidad; a cada cual, según su necesidad. Ésa era la clase de dialéctica marxista cubana con la que simpatizaba plenamente.
Me alegré de haberme deshecho del panfleto de Castro, porque al doblar la siguiente curva, enfrente de la gasolinera, había un control militar. Un soldado armado me dio señal de parar y me mandó salir del coche. Me quedé mansamente a un lado de la carretera, con las manos arriba, mientras otros dos soldados me cacheaban y registraban el coche bajo la atenta mirada del resto del pelotón y su aniñado oficial. Ni siquiera lo miré. Mis ojos no se apartaban de los dos cadáveres que yacían boca abajo en un montículo de hierba, con la tapa de los sesos levantada.
Por un momento, volví al 14 de junio de 1941, a mi batallón policial de reserva, el 316, en la carretera de Smolensk, en un sitio llamado Goloby, en Ucrania, cuando enfundaba la pistola. Era yo el oficial al mando de un pelotón de fusilamiento que acababa de ejecutar a una unidad de seguridad de la NKVD. Esa unidad en particular acababa de masacrar a tres mil prisioneros ucranianos blancos en las celdas de la cárcel de la NKVD de Lutsk, cuando los alcanzaron nuestros tanques panzer. Los matamos a todos, a los treinta. Durante estos años he intentado justificar aquella ejecución ante mí mismo, pero no le he conseguido. Fueron muchas las veces que me desperté pensando en aquellos veintiocho hombres y dos mujeres, la mayoría de los cuales resultaron ser judíos. Disparé personalmente a dos, el llamado tiro de gracia, pero no tuvo gracia ninguna. Aunque me dijese que era la guerra, aunque me repitiera incluso que los habitantes de Lutsk nos habían rogado que persiguiéramos a esa unidad que mataba a sus familiares, aunque recordase que un tiro en la cabeza era una muerte rápida y misericordiosa, en comparación con el trato al que habían sometido ellos a los prisioneros (la mayoría murió entre las llamas del incendio que provocó la NKVD deliberadamente en la cárcel), seguía teniendo la sensación de ser un homicida.
Y, cuando dejé de mirar a los dos cadáveres del montículo, me volví hacia la furgoneta de policía, que estaba aparcada un poco más atrás, y al puñado de ocupantes asustados que había en el interior, fuertemente iluminado. Tenían magulladuras y sangre en la cara y mucho miedo en el cuerpo. Era como quedarse mirando un tanque de langostas. Daba la impresión de que, en cualquier momento, sacarían de allí a uno y lo matarían, como a los dos que yacían en la hierba. Después, el oficial miró mi documentación y me hizo varias preguntas con una voz nasal, como de dibujos animados, que me habría hecho sonreír si la situación no hubiese sido tan mortal. Unos minutos después quedé libre para proseguir mi viaje de vuelta a Vedado.
Seguí adelante medio kilómetro aproximadamente, me detuve en un pequeño café rosa de la carretera y pregunté al propietario si podía usar el teléfono, con intención de llamar a Finca Vigía y avisar del control policial a Noreen y, sobre todo, a Alfredo López. No es que el abogado me agradase mucho (no he conocido a ninguno a quien no deseara abofetear), pero pensé que no se merecía una bala en la nuca, cosa que le sucedería, casi con toda certeza, si los militares lo encontraban con los panfletos y la pistola. Nadie merecía un sino tan ignominioso, ni siquiera la NKVD.
El dueño del café era calvo y lampiño, con labios gruesos y la nariz rota. Me dijo que el teléfono llevaba muchos días estropeado y echó la culpa a los «pequeños rebeldes» que jugaban a demostrar que eran partidarios de la revolución disparando sus «catapultas» contra las piezas de cerámica del tendido telefónico. Si quería avisar a López, no podría ser por teléfono.
Sabía por experiencia que los militares no solían permitir que, una vez superado un control, volviese a pasarse en sentido contrario. Supondrían, y con razón, que querría dar la voz de alarma. Tendría que encontrar otro camino para volver a Finca Vigía, por las callejuelas laterales y las avenidas de San Francisco de Paula. Sin embargo, no conocía bien la zona, menos aún en la oscuridad.
– ¿Sabe dónde queda Finca Vigía, la casa del escritor americano? -pregunté al dueño del café.
– Naturalmente. Todo el mundo sabe dónde vive Ernesto Hemingway.
– ¿Qué tendría que hacer uno para llegar sin pasar por la carretera principal en dirección a Cotorro? -Le enseñé un billete de cinco pesos para estimularle el pensamiento.
El hombre sonrió.
– ¿Quiere decir, sin pasar por el control de la gasolinera?
Asentí.
– Guárdese el dinero, señor. No acepto propinas de quien sólo desea evitar a nuestros queridos militares. -Me acompañó a la calle-. Ese uno tendría que ir hacia el norte, pasar por la gasolinera de Diezmero y girar a la izquierda, hacia Varona. Después, al otro lado del río Mantilla, en el cruce, continuar hacia el sur por Managua y seguir la carretera hasta llegar a la principal; desde allí, en dirección oeste, hacia Santa María del Rosario. Entonces cruzaría la carretera principal del norte otra vez y, desde allí, a Finca Vigía.
Acompañó la serie de instrucciones de mucha gesticulación y, como suele suceder en Cuba, enseguida nos rodeó una pequeña multitud de parroquianos del café, niños y perros perdidos.
– Le llevará unos quince minutos, más o menos -dijo el hombre-, siempre y cuando no acabe en el fondo del río Hondo ni le peguen un tiro los militares.
Dos minutos después, iba ya dando bandazos, como la tripulación de un Dornier tocado, por las calles mal iluminadas y llenas de hojarasca de las afueras de Mantilla y El Calvario, lamentando con hastío el haber bebido tanto bourbon y vino tino… y, probablemente, una o dos copas de brandy. Viré al oeste, al sur y luego al este. Al salir de la calle asfaltada de doble sentido, los caminos eran poco más que sendas de tierra y las ruedas traseras del Chevy se agarraban menos que un patín de cuchilla recién afilado. Debía de conducir muy deprisa, nervioso como estaba por el recuerdo de los dos cadáveres. De pronto apareció en el camino un rebaño de cabras y viré tan bruscamente a la izquierda que el coche giró sobre sí mismo levantando una nube de polvo; esquivé un árbol por muy poco y, a continuación, la valla de una pista de tenis. Apreté el freno y algo se partió debajo del coche en el momento en que se paró. Pensando que podía haber pinchado o, peor aún, haber roto un eje, abrí la portezuela de golpe y me asomé a ver qué había pasado.