Si Los Muertos No Resucitan
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Si Los Muertos No Resucitan». Краткое содержание книги:
– Cojímar. Antes iba allí con frecuencia, hasta que me enteré de que los militares lo utilizaban para la práctica del tiro al blanco y que, a veces, el blanco todavía respiraba.
Noreen asintió.
– Sí, algo de eso he oído y estoy segura de que es verdad. De Fulgencio Batista se puede creer cualquier cosa. Un poco más allá de esa playa, ha construido un pueblo de villas selectas rodeado de alambre para sus generales más importantes. El otro día pasé por allí en coche. Todo de color rosa. Bueno, los generales no… Eso sería mucho pedir. Las villas.
– ¿Rosa?
– Sí, parece un lugar de vacaciones de un sueño que hubiera contado Samuel Taylor Coleridge.
– No he leído nada de él. Un día de estos tengo que aprender a hacerlo. Es curioso. Puedo comprar montones de libros, pero no me parece lo mismo que leerlos.
Oí pasos en la galería, me volví a mirar y vi a una bonita joven que se acercaba. Me levanté y sonreí procurando no poner cara de hombre lobo.
– Carlos, te presento a mi hija Dinah.
Era más alta que su madre, pero no sólo por los tacones de aguja que calzaba. Llevaba un vestido de lunares que se ataba en el cuello y le llegaba solamente por debajo de las rodillas, con la espalda y algo más al descubierto, cosa que hacía un poco innecesarios los guantecitos de redecilla de las manos. Del musculoso y bronceado antebrazo colgaba un bolso de muaré con la misma forma, tamaño y color que la barba más representativa de Karl Marx. Tenía el pelo casi platino, pero no tanto, y le favorecía más, peinado en voluminosas capas y suaves ondas; el collar de perlas que lucía alrededor del estilizado y joven cuello no podía ser sino una ofrenda de admiración de un dios marino. Desde luego, tenía un tipo que bien valía un cesto de manzanas de oro. Tenía la boca carnosa como las ciruelas y pintada de rojo con mano segura, que bien podía haber sido de la escuela de Rubens. En sus ojos, grandes y azules, brillaba una inteligencia que la barbilla, cuadrada y ligeramente cóncava, dotaba de resolución. Hay chicas preciosas y chicas preciosas que saben que lo son; Dinah Charalambides lo era y sabía resolver ecuaciones de segundo grado.
– Hola -saludó con frialdad.
Respondí con un movimiento de cabeza, pero ya no me hacía caso.
– Mamá, ¿me dejas el coche?
– ¿Piensas salir?
– Volveré pronto.
– No me gusta que salgas de noche -dijo Noreen-. ¿Y si te detienen en un control del ejército?
– ¿Tengo pinta de revolucionaria? -preguntó Dinah.
– Por desgracia, no.
– Pues eso.
– Mi hija tiene diecinueve años, Carlos -dijo Noreen-, pero actúa como si tuviese treinta.
– Todo lo que sé lo he aprendido de ti, querida madre.
– Pero, dime, ¿adónde vas?
– Al club Barracuda.
– Preferiría que no fueras a ese sitio.
– Ya lo hemos hablado otras veces -suspiró Dinah-. Mira, todos mis amigos van allí.
– A eso me refiero, precisamente. ¿Por qué no sales con gente de tu edad?
– Puede que lo hiciera, si no estuviéramos exiliadas de nuestra casa de Los Ángeles.
– No estamos exiliadas -dijo Noreen con insistencia-, sólo he tenido que ausentarme una temporada de los Estados Unidos.
– Lo entiendo, desde luego que sí, pero, por favor, intenta entender lo que significa para mí. Quiero salir a divertirme un poco, no quedarme de sobremesa hablando de política con un montón de gente aburrida. -Me miró y me dedicó una rápida sonrisa de disculpa-. ¡Ay! No me refería a usted, señor Gunther. Por lo que me ha contado mi madre, estoy segura de que usted es muy interesante, pero casi todos los amigos de Noreen son escritores y abogados izquierdistas. Intelectuales. Y amigos de Ernest que beben demasiado.
Me sobresalté un poco cuando me llamó Gunther. Eso quería decir que Noreen ya había contado mi secreto a su hija. Me irrité.
Dinah se puso un cigarrillo en la boca y lo encendió como si fuera un petardo.
– Tampoco me gusta nada que fumes -dijo Noreen.
Dinah puso los ojos en blanco y tendió una mano enguantada.
– Las llaves.
– En el escritorio, al lado del teléfono.
Se marchó envuelta en una nube de perfume, humo de tabaco y exasperación, como la bella puta despiadada de una obra de teatro goticoamericana escrita por su madre. No había visto ninguna en escena, sólo las películas basadas en ellas. Siempre eran sobre madres sin escrúpulos, padres locos, esposas que huían, hijos ímprobos y sádicos y maridos borrachos y homosexuales, la clase de historias que casi me hacían alegrarme de no tener familia. Encendí un puro y procuré contener la gracia que me hacía.
Noreen sirvió otro par de tragos de la botella de Old Forester que había traído de la sala de estar y puso en el suyo unos trozos de hielo que sacó de un cubo hecho con un pie de elefante.
– Qué putilla -dijo sin ningún énfasis-. Tiene plaza en la Universidad de Brown pero sigue arguyendo ese maldito cuento de que vive conmigo en La Habana por obligación. No le pedí que viniese. No he escrito una puta palabra desde que estoy aquí. Se pasa el día sentada por ahí poniendo discos y así no puedo trabajar, sobre todo con la mierda de discos que escucha. The Rat Pack: Live at the Sands. ¿Te imaginas? ¡Dios! No soporto a esa pandilla de cabrones engreídos. Y por la noche, cuando sale, tampoco puedo hacer nada, porque estoy preocupada por lo que le pueda pasar.
Al cabo de uno o dos segundos, el Pontiac Chieftain se puso en marcha y salió por la entrada de la casa, con el indio del capó oteando el horizonte en la envolvente oscuridad.
– ¿No quieres que esté aquí contigo?
Noreen me echó una mirada por encima del borde del vaso, con los ojos entrecerrados.
– Antes las cazabas al vuelo, Gunther. ¿Qué te ha pasado? ¿Te diste un golpe en la cabeza durante la guerra?
– Sólo un poco de metralla perdida de vez en cuando. Te enseñaría las cicatrices, pero tendría que quitarme la peluca.
Pero Noreen no estaba preparada para reírse. Todavía no. Encendió un cigarrillo y tiró la cerilla a los arbustos.
– Si tuvieras una hija de diecinueve años, ¿te gustaría que viviese en La Habana?
– Dependería de lo guapas que fuesen sus amistades.
Noreen hizo una mueca rara.
– Precisamente por eso creo que estaría mejor en Rhode Island. En La Habana hay muy malas influencias. Demasiado sexo fácil, demasiado alcohol barato.
– Por eso vivo aquí.
– Y va con mala gente -prosiguió sin hacerme caso-. Precisamente por eso te he pedido que vinieses hoy aquí, por cierto.
– ¡Vaya! ¡Y yo soy tan ingenuo que creía que me habías invitado por motivos sentimentales! Todavía pegas duro, Noreen.
– No era mi intención.
– ¿No?
Lo dejé pasar. Olí el vaso un momento y disfruté del ardiente aroma. El bourbon olía como la taza de café del diablo.
– Créeme, encanto: se puede vivir en sitios mucho peores que Cuba. Lo sé. He intentado vivir en algunos. Durante la posguerra, Berlín no era el dormitorio de la Ivy League, y Viena tampoco, sobre todo para las jovencitas. Los soldados rusos castigan a los proxenetas y a los gigolos de playa por ser malas influencias, Noreen. No es propaganda anticomunista de derechas, cielo, es la pura verdad. Y, hablando de tan delicado tema, ¿le has contado muchas cosas de mí?
– No, no muchas. Hasta hace unos minutos, no sabía cuánto había que contar. Lo único que me dijiste esta mañana (y, por cierto, no te dirigías directamente a mí, sino a la empleada de La Moderna Poesía) fue que te llamabas Carlos Hausner. ¿Por qué demonios elegiste ese nombre como pseudónimo? Carlos es nombre de campesino mexicano gordo de película de John Wayne. No, Carlos no cuadra contigo. Supongo que por eso te llamé por tu verdadero nombre, Bernie… Bueno, es que se me escapó cuando le contaba lo de Berlín, en 1934.
– Es una pena, con las molestias que tuve que tomarme para cambiármelo. Para que sepas la verdad, Noreen, si las autoridades me descubren, podrían deportarme a Alemania, lo cual sería incómodo, por no decir otra cosa. Como te he dicho, hay gente (rusos) a la que seguramente le gustaría mucho echarme el lazo.