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Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]

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En un futuro no demasiado lejano, un pequeño grupo de científicos e historiadores dedican sus horas a estudiar el pasado con una nueva máquina de observación a través del tiempo, la TruSite II.
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
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Al cabo de cinco minutos, la madera del interior del casco estallaría en feroces llamas. Y el calor de las bombas incendiarias continuaría, ayudando a que el fuego se extendiera rápidamente.

Los españoles no tendrían ni idea de cómo podía haberse iniciado un incendio en la sentina. Mucho antes de que consiguieran volver a acercarse a la Niña, la madera a la que estaban pegadas las incendiarias sería cenizas y las conchas de metal de las cargas caerían al fondo del mar. Desprenderían un leve pulso de sonar durante varios días, lo que permitiría a Kemal regresar nadando y retirarlas más tarde. Los españoles supondrían que el incendio de la Niña había sido un terrible accidente. Igual que todo el que investigara el lugar del naufragio en los siglos futuros.

Ya todo dependía de que Pinzón permaneciera fiel a su personalidad y regresara con la Pinta a Haití. Si lo hacía, Kemal haría volar la carabela en pedazos. No habría forma de creer que se trataba de un accidente. Todo el mundo miraría el barco y diría: un enemigo es el causante.

11

ENCUENTROS

Chipa estaba asustada cuando las mujeres de Guacanagarí la hicieron avanzar. Oír hablar de los barbudos hombres blancos era muy distinto a hallarse en su presencia. Eran grandes y vestían ropajes formidables. En efecto, era como si cada uno de ellos llevara una casa sobre los hombros… ¡y un tejado sobre la cabeza! El metal de los cascos resplandecía a la luz del sol. Y los colores de sus estandartes eran como loros cautivos.

«Si yo pudiera tejer una tela así —pensó Chipa—, vestiría sus estandartes y viviría bajo un techo hecho del metal que se ponen en la cabeza.»

Guacanagarí estaba ocupado dándole instrucciones y advertencias de última hora. Ella tenía que fingir que escuchaba, pero ya tenía instrucciones de Ve-en-la-Oscuridad, y cuando se pusiera a hablar en español con los hombres blancos los posibles planes de Guacanagarí ya no importarían nada.

—Dime exactamente lo que ellos dicen de verdad —dijo Guacanagarí—. Y no añadas ni una sola palabra de más a lo que yo les diga. ¿Me comprendes, pequeño caracol de las montañas?

—Gran cacique, haré todo lo que dices.

—¿Estás segura de que puedes hablar su horrible lengua?

—Si no puedo, pronto lo verás por sus rostros —respondió Chipa.

—Entonces diles esto: el gran Guacanagarí, cacique de todo Haití desde Cibao al mar, está orgulloso de haber encontrado una intérprete.

¿Encontrado una intérprete? A Chipa no le sorprendía su intento de ignorar a Ve-en-la-Oscuridad, pero le repugnaba. De todas formas, se volvió hacia el hombre blanco más magníficamente ataviado y empezó a hablar. Apenas había emitido un sonido cuando Guacanagarí la empujó con el pie por detrás, arrojándola de boca al suelo.

—¡Muestra respeto, babosa de las montañas! —gritó—. Y ése no es el jefe, muchacha idiota. Es ese hombre, el del pelo blanco.

Tendría que haberlo sabido: no era por el volumen de sus ropas, sino por su edad, por el respeto que habían ganado sus años, por lo que podría reconocer al que Ve-en-la-Oscuridad llamaba Colón.

Tendida en el suelo, comenzó otra vez, tartamudeando un poco al principio, pero pronunciando muy claramente las palabras en español.

—Mi señor Cristóbal Colón, he venido aquí a ser vuestra intérprete.

Le contestó el silencio. Alzó la cabeza para ver a los hombres blancos, asombrados y con los ojos desorbitados, que consultaban entre sí. Se esforzó por oír lo que decían, pero hablaban demasiado rápido.

—¿Qué están diciendo? —preguntó Guacanagarí.

—¿Cómo voy a oír si tú estás hablando? —respondió Chipa. Sabía que estaba siendo atrevida, pero si Diko tenía razón, Guacanagarí pronto no tendría ningún poder sobre ella.

Colón finalmente dio un paso hacia adelante y le habló.

—¿Cómo aprendiste español, hija mía?

Hablaba muy rápido y su acento era distinto al de Ve-en-la-Oscuridad, pero era exactamente la pregunta que le había dicho que le haría.

—Aprendí este lenguaje para poder así conocer a Cristo.

Si se habían sentido anonadados antes por su dominio del español, estas palabras provocaron gran consternación entre los hombres blancos. Una vez más, conversaron en susurros.

—¿Qué les has dicho? —exigió Guacanagarí.

—Me ha preguntado cómo sé hablar su lenguaje, y se lo he dicho.

—¡Te dije que no mencionaras a Ve-en-la-Oscuridad! —dijo Guacanagarí, airado.

—No lo he hecho. Hablé del Dios que adoran.

—Creo que me estás traicionando.

—No.

Cuando Colón dio un paso al frente, el hombre del traje voluminoso le acompañaba.

—Este hombre es Rodrigo Sánchez de Segovia, el inspector real de la flota —dijo Colón—. Le gustaría hacerte una pregunta.

Los títulos no significaban nada para Chipa. Le habían dicho que hablara con Colón.

—¿Cómo conoces a Cristo? —preguntó Segovia.

—Ve-en-la-Oscuridad nos habló de la llegada de un hombre que nos enseñaría la fe de Cristo.

Segovia sonrió.

—Yo soy ese hombre.

—No, señor —dijo Chipa—. El hombre es Colón.

Fue fácil leer las expresiones de los rostros de los hombres blancos: mostraban todo lo que sentían. Segovia estaba muy furioso. Pero dio un paso atrás, dejando a Colón solo delante de los otros hombres.

—¿Quién es Ve-en-la-Oscuridad? —preguntó Colón.

—Mi maestra —respondió Chipa—. Me envió como regalo a Guacanagarí, para que él me pudiera traer a vosotros. Pero él no es mi dueño.

—¿Ve-en-la-Oscuridad es tu ama?

—Nadie es mi amo sino Cristo —dijo ella, exactamente la declaración que Ve-en-la-Oscuridad le había dicho que era lo más importante de todo.

Y entonces, con Colón mirándola, sin habla, dijo una frase que no entendía, pues era en otro idioma. El idioma era genovés, y por tanto sólo Cristóforo comprendió lo que decía, palabras que ya había oído antes, en una playa cerca de Lagos.

—Te salvé la vida para que pudieras llevar la cruz.

Él se arrodilló. Dijo algo que parecía el mismo extraño idioma.

—No hablo esa lengua, señor —dijo ella.

—¿Qué sucede? —demandó Guacanagarí.

—El cacique está furioso conmigo —dijo Chipa—. Me golpeará por no decir lo que me dijo que dijera.

—Nunca —respondió Colón—. Si te ofreces a Cristo, entonces estás bajo mi protección.

—Señor, no provoquéis a Guacanagarí por mí. Con vuestras dos naos destruidas, necesitáis conservar su amistad.

—La niña tiene razón —dijo Segovia—. No será la primera vez que la golpean.

«Pero lo será —pensó Chipa—. ¿En la tierra de los hombres blancos están acostumbrados a pegar a los niños?»

—Podéis pedirme como regalo —dijo Chipa.

—¿Entonces eres una esclava?

—Eso cree Guacanagarí, pero nunca lo he sido. No me convertiréis en esclava, ¿verdad? —Ve-en-la-oscuridad le había dicho que era muy importante que le dijera esto a Colón.

—Nunca serás una esclava —contestó Colón—. Dile que estamos muy contentos y que le damos las gracias por su regalo.

Chipa había esperado que fuera a pedirla como ofrenda, pero vio de inmediato que de esta forma era mucho mejor: si él asumía que el regalo ya había sido dado, difícilmente podría Guacanagarí retirarlo. Así que se volvió hacia el cacique y se arrodilló ante él como había hecho el día anterior, cuando se presentó ante el jefe de las tierras de la costa.

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