Casi Un Caballero
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Casi Un Caballero». Краткое содержание книги:
Creyó oír rechinar los dientes de Nathan de puro fastidio.
– Saldremos al amanecer -dijo él con una voz semejante a un gruñido.
– Esa habría sido también mi elección.
– Qué maravilla que esta noche podamos ponernos de acuerdo en algo.
– Apuesto a que podríamos ponernos de acuerdo en algo más.
– No estés tan segura. No puedo decir que esté de buen humor.
Victoria le rodeó el cuello con los brazos. Poniéndose de puntillas, se pegó a él y le mordió levemente a un lado del cuello.
– Apuesto a que podríamos ponernos de acuerdo en que hay formas más interesantes de pasar las horas antes del amanecer que dedicándonos a discutir. ¿No te parece?
Las manos de Nathan se deslizaron alrededor de su cintura al tiempo que el calor que desprendían sus palmas le caldeaban la piel a través del fino satén del camisón.
– No sé. -Un gemido sordo rugió en su garganta cuando Victoria empezó a mordisquearle el lóbulo de la oreja-. Voy a necesitar que me convenzas un poco más.
Victoria deslizó una mano por su pecho, pasando por el abdomen y descendiendo aún más hasta toquetearle descaradamente sobre el batín de seda. Nathan inspiró brevemente mientras sus ojos brillaban como un par de braseros.
– ¿Mejor que discutir? -susurró Victoria, acariciando la prolongada dureza de su miembro.
– Estoy convencido -respondió Nathan, aplastándola contra su cuerpo.
Salieron de la casa en silencio justo cuando las primeras pinceladas malvas teñían el cielo. Con el corazón palpitándole de ansiedad, Victoria avanzaba apresuradamente junto a Nathan, quien la portaba de la mano en un gesto cálido y reconfortante. En la otra mano, ella llevaba su bolso de terciopelo azul marino… lleno de piedras.
– Prefiero caminar que coger los caballos -dijo Nathan con voz queda en el momento en que dejaban a un lado los establos-. Eso nos permitirá examinar más fácilmente la zona que rodea las ruinas sin arriesgarnos a que nos descubran.
Victoria asintió en señal de acuerdo y se concentró luego en el sendero que tenía delante. Se movieron apresuradamente, pasando junto al lago y siguiendo después por un camino que se desviaba a la derecha. Victoria estimó que habría pasado una media hora hasta que Nathan aminoró la marcha. Una hosca pátina de gris veteaba el cielo, y el aire fresco y pesado anunciaba la llegada de la lluvia, cada vez más próxima. Pudo oír el gorgoteo del agua sobre las rocas, indicando un arroyo cercano. Nathan tiró de ella y la ocultó tras un olmo inmenso. Rodeándole los hombros firmemente con el brazo, señaló.
– Las ruinas -le susurró al oído.
Al mirar con atención entre los árboles, Victoria vio el trío semiderruido de paredes sin techo. Notó la tensión de Nathan y supo que todos y cada uno de sus sentidos estaban alerta mientras su mirada escudriñaba cuidadosamente la zona. Por fin, a todas luces satisfecho y convencido de que estaban solos, la guió hacia la casa.
Se adentraron en la U formada por los tres muros de la ruina. Nathan supervisó lentamente la zona y señaló entonces los restos de la chimenea situada en el muro central.
– Empecemos por aquí -dijo, sacando los cinceles y martillos de la bolsa de las herramientas-. Las piedras están colocadas en un diseño más irregular, con lo cual resulta más fácil disimular que alguna esté fuera de su sitio. -Le dio las herramientas a Victoria con una sonrisa desolada-. Tú empieza por la derecha y yo me ocuparé de la izquierda… y buena suerte.
Durante más de una hora, los únicos sonidos además de los habituales trinos de los pájaros y del murmullo del arroyo fueron los chasquidos de los martillos al golpear los cinceles. Una densa niebla gris saturaba el aire, empapándoles la ropa. Victoria reparó en que Nathan había dejado de martillear y le miró. Se había vuelto de espaldas a la chimenea. Su mirada, entrecerrada y alerta, escudriñaba la zona que les rodeaba. A Victoria se le encogió el estómago al ver la tensa expresión en su rostro.
– ¿Ocurre algo?
– No. Es solo que no me gusta esta niebla tan espesa. No creo que la lluvia tarde en caer. Una o dos horas como mucho.
– No me da miedo mojarme, Nathan.
Él la miró y esbozó una pequeña sonrisa.
– Lo sé, mi valiente guerrera. Pero la lluvia nos volvería vulnerables. Facilitaría que cualquiera nos sorprendiera.
– Bueno, en ese caso, encontremos las joyas de una vez y salgamos de aquí antes de que lo hagan.
Sin esperar la respuesta de Nathan, se volvió de cara a la chimenea. Un cuarto de hora más tarde, arrodillada en el suelo, dio con el cincel en un fragmento de argamasa que rodeaba una piedra colocada cerca del suelo y el yeso se deshizo de forma distinta a como lo había hecho hasta entonces.
– Nathan -dijo con un susurro excitado-. Creo que he encontrado algo. La argamasa que rodea esta piedra me parece más blanda.
Nathan se arrodilló junto a ella y miró la piedra que le indicaba.
– Y la argamasa tiene un color ligeramente distinto -observó él.
Juntos cincelaron la zona que rodeaba la piedra. Cuando por fin la aflojaron, Nathan metió los dedos en las estrechas aberturas laterales y tiró, moviendo la piedra adelante y atrás, arriba y abajo. Despacio, muy despacio, fue tirando de la pesada piedra hacia él hasta que cayó al suelo con un golpe sordo. Introdujo entonces la mano en la oscura abertura y Victoria contuvo el aliento. Cuando Nathan sacó la mano, sostenía una valija de cuero gastado y cubierta de barro.
Victoria, que había contenido hasta entonces la respiración, dejó escapar un jadeo sobrecogido.
– ¿Están las joyas dentro?
Nathan abrió la valija y las cabezas de ambos se toparon al mirar el contenido. Ni siquiera la niebla gris podía deslucir su reluciente brillo. Introduciendo en ella una mano vacilante, Victoria sacó con gesto reverente el primer objeto que encontraron sus dedos: un exquisito collar de perlas. Volvió entonces a introducir la mano y saco un collar de esmeraldas enredado con un brazalete de zafiros.
Inclinó la mano para que las joyas volvieran a deslizarse al interior de la valija y se volvió a mirar a Nathan.
– Aunque lo estoy viendo con mis propios ojos, no puedo creerlo.
– Yo tampoco. Pero ya nos ocuparemos de eso más tarde. -Cerró la valija y se la colocó debajo del brazo-. Recojamos nuestras cosas y larguémonos de aquí.
Mientras Nathan metía a toda prisa los martillos y los cinceles en la bolsa de las herramientas, Victoria buscaba su bolso lleno de piedras en el suelo. Lo localizó a unos metros de ella. Cuando estaba a punto de ir a por él, una voz situada a su espalda dijo:
– Victoria.
Antes de que pudiera ni siquiera parpadear, se vio empujada tras Nathan, que sostenía su pequeña pistola delante de él.
– Detente, Nathan -gritó Victoria, rodeándole apresuradamente-. Padre -dijo, mirando presa de una absoluta perplejidad al hombre de cabellos grises que estaba de pie a unos seis metros de ella. Y antes de poder proferir un solo sonido más, un disparo rasgó el aire.
Victoria vio horrorizada como su padre se desplomaba boca abajo en el suelo.
Capítulo 21
La mujer moderna actual debe ser consciente de que no todos los romances tienen un final feliz.
Guía femenina para la consecución
de la felicidad personal y la satisfacción íntima.
Charles Brightmore.
A pesar de que Nathan era plenamente consciente de que Victoria salía corriendo hacia donde estaba su padre y caía de rodillas junto a él, su atención estaba totalmente concentrada en la zona boscosa situada al otro lado de la casa en ruinas. Le alertó un leve movimiento procedente de detrás del grueso tronco de un árbol. Se arrodilló entonces para convertirse en un blanco más dificultoso y apuntó al árbol con la pistola.