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Электронная книга - «Casi Un Caballero». Краткое содержание книги:

A instancias de su padre, Lady Victoria Wexhall se ve forzada a viajar de Londres a la finca rural del vizconde Sutton, en Cornualles, donde no se interesa tanto por el noble como por su hermano menor, el doctor Nathan Oliver, un antiguo espía. El destino ha vuelto a unir a Victoria con el primer hombre a quien besó, hace tres años, antes de que desapareciera del mapa tras el fin turbio de una de sus misiones. Espoleada por la búsqueda de unas joyas robadas y la persecución del ladrón, la relación entre Victoria y Nathan avanza a fogonazos por una novela donde abundan los pretendientes de alcurnia, los diálogos incisivos y la sensualidad de la Regencia.
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– He intentado una docena de códigos distintos, pero no logro descifrar nada más -dijo Nathan con la voz cargada de frustración-. ¿Has encontrado algo en el mapa?

– No… aunque acaba de ocurrírseme una idea. -Victoria irguió aún más la espalda y miró fijamente las líneas-. Hasta ahora hemos dado por hecho que, por las palabras «formación rocosa» que aparecen en la carta, este dibujo describía la formación particular en la que estaban escondidas las joyas. Pero ¿y si en realidad describe otra cosa?

– ¿Como qué?

– No lo sé. ¿Quizá un montículo cubierto de vegetación en la costa?

Nathan acercó su silla a la de ella y miró el dibujo con atención.

– En tal caso, o bien hemos pasado por alto las joyas o la información de Baylor era errónea. -Deslizó hacia ellos el mapa cuadriculado que había reproducido y señaló las zonas todavía inexploradas-. Todos los sectores restantes están situados en el interior, demasiado alejados del mar. Aunque creo que quizá tengas razón cuando dices que puede que esto no sea un dibujo que refleje la formación rocosa en sí.

Ambos estudiaron las líneas con atención, y Victoria musitó:

– ¿Y si se trata de una serie de caminos, o de senderos?

Nathan asintió y señaló luego un punto donde las líneas se encontraban.

– Podrían ser tres caminos que convergieran aquí.

Victoria le miró con una creciente sensación de excitación.

– ¿Conoces algún lugar así en la propiedad? ¿Donde converjan tres caminos junto a una formación rocosa?

Nathan se levantó y se paseó por la habitación con las cejas unidas en un profundo ceño. Obligándose a guardar silenció para no interrumpir sus pensamientos, Victoria casi podía ver cómo giraban las tuercas en su cabeza mientras él escudriñaba mentalmente la vasta extensión de terreno de la finca.

– Cerca de la zona situada más al norte -masculló Nathan. Acto seguido, meneó la cabeza-. No, allí no hay rocas. -Se detuvo junto al escritorio y volvió a estudiar el mapa cuadriculado-. Hay tantos caminos… -Sacudió la cabeza en una clara muestra de frustración-. Pero no se me ocurre nada. Tendría que pensarlo con detenimiento… -Se detuvo de pronto y volvió la vista a los garabatos que Victoria había dibujado-. Agua -dijo-. No son caminos de barro, sino agua. Arroyos. -Repitió la palabra «arroyos» en media docena de ocasiones, cada vez más y más excitado. Luego señaló en el mapa cuadriculado uno de los sectores que todavía no habían registrado y que cubría el extremo noroeste más alejado de la finca.

– Aquí. Hay tres arroyos que convergen aquí. Esto señala la frontera entre la propiedad de mi familia y la finca de Alwyck.

– ¿Hay alguna formación rocosa allí?

La mirada de Nathan buscó la de Victoria.

– Están las ruinas de una pequeña casa de campo de piedra. Apenas tres paredes semiderruidas, sin techo… Por Dios, ¡creo que tiene que ser aquí! -El entusiasmo que revelaba su voz y sus ojos era del todo inconfundible. Tomó el rostro de Victoria entre sus manos y le plantó en los labios un beso raudo y apasionado para luego soltar una carcajada breve y triunfal-. Eres un genio.

– ¿Yo? Pero si lo has descubierto tú.

– Pero tú me has dado la idea. La inspiración. -Le acarició las mejillas con las yemas de los pulgares-. Diría que hacemos un equipo «insobrepasablemente» maravilloso.

Hubo algo en su tono de voz, en la repentina seriedad de su mirada, que prendió en Victoria una serpenteante oleada de calor, robándole todo pensamiento. Tardaría una semana en dar con una respuesta a la altura del comentario, pero por el instante se limitó a asentir. «La semana siguiente lo más probable es que estés de regreso en Londres», le susurró su voz interior. Ante aquel indeseado recordatorio, todo su cuerpo se tensó.

Se aclaró la garganta.

– ¿Salimos de inmediato hacia la casa abandonada o prefieres esperar al amanecer?

Nathan frunció el ceño.

– Victoria, quiero que te quedes aquí.

Ella retrocedió y las manos de Nathan se despegaron de sus mejillas. Victoria se plantó las manos en la cintura y le lanzó una mirada airada.

– ¿Que me quede aquí? ¿Mientras tú recuperas las joyas? Me temo que no.

Él tendió los brazos hacia ella, pero Victoria volvió a dar un paso atrás, esquivando sus manos.

– Victoria, necesito estar seguro de que estás a salvo…

– Y yo necesito saber que tú también lo estás.

– Ahora que ni la carta ni el mapa auténticos están en mis manos, podría pasar cualquier cosa. No me arriesgaré a ponerte en una situación potencialmente peligrosa. -Esta vez, cuando tendió las manos hacia ella, la tomó por los hombros-. Después de lo ocurrido con el bastardo aquel del cuchillo… -Cerró brevemente los ojos con fuerza y tragó saliva-. Tu padre me encargó que te protegiera y no pienso volver a fallar.

Victoria alzó las manos y las cerró alrededor de los fuertes antebrazos de Nathan.

– No fallaste la primera vez, Nathan. En lo que a mí respecta, donde más a salvo estoy es contigo. He llegado hasta aquí en la búsqueda y me niego a que se me impida seguir en ella hasta su final. Hemos sido compañeros desde el principio y seguiremos siéndolo. Además, si buscamos juntos, terminaremos mucho antes. -Al ver que Nathan estaba a punto de seguir discutiendo, añadió-: Y será mejor que estés de acuerdo, porque de lo contrario me limitaré a seguirte. De modo que la única cuestión que queda por resolver es si crees que es mejor que salgamos ahora y efectuemos nuestra búsqueda al amparo de la oscuridad o que esperemos hasta el amanecer.

– Me sorprende que accedas a dejarme a mí esa decisión -masculló Nathan en un tono disgustado.

Victoria bajó la mirada con actitud recatada.

– Tienes mucha más experiencia en esto que yo.

– Cierto. Precisamente por eso…

– Elegirás cuándo es el momento más adecuado para que ambos emprendamos la búsqueda.

Un músculo se contrajo en la mejilla de Nathan.

– ¿Siempre has sido tan testaruda?

– Creo que sí, aunque hasta hace poco lo he mantenido en secreto.

– Pues creo que deberías haberlo mantenido oculto un poco más.

– No es cierto. Me dijiste que era positivo descubrir nuevos aspectos de mi naturaleza. Me acuerdo perfectamente de que dijiste que mis experiencias pasadas no me han permitido la libertad suficiente para conocer mi auténtica naturaleza. Que siempre he hecho lo que se esperaba de mí, en vez de lo que mi corazón deseaba. Que expresar mi voluntad, ser fiel a mis impulsos, puede resultar muy liberador. Y que debería ser libre de decirte todo lo que me apetezca.

Nathan masculló algo, y Victoria, quien creyó entender que decía: «… piedras sobre mi propio tejados, se mordió el interior de los carrillos para no sonreír ante la expresión disgustada que vio en él.

– Bajo ningún concepto te alejarás de mí.

– Lo juro, Nathan. Y no olvidemos incluir la pequeña pistola en la bolsa de las herramientas. No dudaría en utilizarla si se da la ocasión -dijo, rezando para que sus palabras fueran ciertas.

Las palabras de Victoria no animaron a Nathan tanto como ella había imaginado. Lo cierto es que el ceño de el se perfiló aún más.

– Pero quizá no estés a tiempo de coger la pistola, y no quiero que la lleves encima. Puede que dispares a alguien.

– ¿Y no sería esa la idea?

– Me refiero a ti. O a mí.

– Oh. En ese caso me limitaré a llenar mi bolso de piedras y a tenerlo a mano.

Nathan se pellizcó el puente de la nariz y meneó la cabeza.

– ¿Un bolso? ¿Lleno de piedras?

Victoria alzó el mentón.

– Sí. Seguro que dice algo de eso en tu Manual Oficial del Espía.

– Te aseguro que no.

– Pues debería. Un bolso es pequeño y de fácil manejo, y no parece un arma. Y no dudaré ni un instante en aporrear a cualquier rufián, créeme. -Arqueó una ceja-. Espero que, no me obligues a empezar por ti.

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