Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Sé que unos cuantos han buscado asilo en el Reino de Navarra… -explicó-. Tengo noticias de un grupo de occitanos y Perfectos que llegaron al valle de Baztán… Les conducía un tipo grande y fuerte que llevaba a una enana sentada sobre los hombros. Era una comitiva un tanto extraña: me han dicho que entre ellos también iba un hombrecillo feo como un demonio con todo el cuerpo dibujado con tinta. Pero eran bastante numerosos, y quizá mi familia esté con ellos… Si no las encuentro antes, iré hasta Navarra, hasta el Baztán. Allí han acogido bien a los cátaros, a quienes conocen con el nombre de agotes.
De manera que León se ha salvado. Él, y también Violante, y Filippo, y espero que Alina y los demás. Me sentí muy feliz al saber que está vivo y en lugar seguro, pero esa alegría fue enseguida devorada por el desasosiego, por la necesidad que mis manos tienen de tocarle y mis labios de besarle. Qué extraños somos los seres humanos: en cuanto logramos aquello que tanto ansiábamos, aquello por lo que hubiéramos dado nuestra vida entera, ese objetivo deja de sernos suficiente y pasamos a anhelar otra cosa más. Ahora yo moriría por poder volver a abrazar a León. Y sé que es imposible.
La débil luz del día se va colando por el estrecho tajo de la tronera como un reguero de agua sucia que va inundando el aposento poco a poco. La mayor parte de las velas se han consumido y apenas quedan tres o cuatro mechas aún encendidas haciendo bailar sus sombras en las paredes. Tengo miedo de la oscuridad, pero tengo más miedo de la luz. Porque con ella volverán los cruzados. Durante toda la noche, los cantos y los rezos de las Buenas Mujeres me han acompañado desde la estancia contigua. Les he ofrecido el Elixir Ambarino, pero han decidido no tomarlo. Quieten dar testimonio de su fe y prefieren el martirio. Ellas creen en su Dios; yo, que el Señor me perdone, prefiero creer en la dulce Avalon. En una isla de gozo en un mar de tormentas.
No he dormido en toda la noche, pero estoy más despierta, más alerta que nunca. La premura del tiempo que se acaba llena de intensidad estos instantes, hasta el punto de que me siento mareada, como borracha, embriagada por la aguda conciencia de estar viva. Tengo cuarenta años; soy mayor que mi madre cuando murió, mayor que mi abuela, mayor que la mayoría de los hombres y mujeres de este mundo que ya han regresado al polvo del que salieron. ¿Por qué cuesta tanto morir, si no cuesta nacer? He visto cosas maravillosas. He hecho cosas maravillosas. Los días se han deshecho entre mis manos como copos de nieve. Qué poco dura el sueño de la vida. En la clarividencia de esta madrugada, me parece sentir el agitado y amontonado aliento de todos los que vinieron antes y a los que nadie recuerda. El estruendo de los antiguos imperios al derrumbarse no resulta hoy mayor que el crujido de este pergamino sobre el que estoy escribiendo.
Acabo de darle el elixir a Guy. Dado su tamaño sobrehumano, le he hecho tomar tres sorbos. Estaba durmiendo y le he despertado. Canoso y calvo, con el rostro abotargado y estragado por la edad, mostraba sin embargo, en la somnolencia del duermevela, una inocencia puramente infantil. Este viejo es un niño, era mi niño. Es lo más cercano a un hijo que he tenido, como yo debo de haber sido lo más cercano a una hija que ha tenido Nyneve. Le desperté y le llevé mi caballo de hierro.
– Te lo dejo un rato para que juegues, pero tienes que tomarte esta medicina.
Se tragó el elixir sin rechistar. Siempre fue muy bueno. Medio dormido aún, empezó a jugar con el caballo, que le encantaba. No preguntó por qué le levantaba tan de noche, por qué tenía que beberse la pócima, por qué me quedaba junto a él. Nunca preguntaba nada, mi manso grandullón. Al poco, se recostó en el lecho y cerró los ojos. El caballito cayó al suelo y resonó como una campana sobre la fría piedra. Un redoble de despedida.
Me parece que oigo algo. Un rumor opresivo de cascos y de pasos, un vaivén de voces, el pesado chirrido de las máquinas de guerra. Ya están aquí. Los vellos se me erizan y un anillo de plomo me cierra el estómago. Un tumulto de ideas se aprieta vertiginosa y desordenadamente en mi cabeza: no tendré tiempo para despedirme de Wilmelinda y las demás Perfectas, hoy no será necesario sacar agua del pozo, no veré florecer las lilas que planté con tanto cuidado en la linde del huerto, no conoceré jamás la historia completa del Rey Transparente,…, aunque tal vez me la cuenten en Avalon. Lamento sobre todo no haber sido capaz de terminar mi libro de todas las palabras. Pero aún puedo añadir una más. La última:
Felicidad.
No me puedo creer que vengamos a este mundo para ser desdichados.
Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer. Nací sierva y soy libre. ¿No es hermoso todo lo que la vida me ha dado? Me siento en paz dentro de mis ropas de mujer y de mi pellejo recosido por cicatrices. Esto es lo que soy, y no está mal. Miro a través de la estrecha abertura de la tronera y veo las ramas del árbol pelado que Nyneve me mostró antes de marcharse. Pero ahora su corteza reseca y rugosa como piel de lagarto se hincha y aprieta con el tenaz empuje de las hojas nuevas. ¡Dios mío! Un puño de hierro golpea en el portón. Ásperas palabras nos conminan a rendirnos. Rechinan los hombres metálicos a nuestros pies, preparando el ariete. Súbitamente, una algarabía ensordecedora: los pájaros cantando al sol que se eleva. Pronto se marcharán las aves, huirán de las proximidades de la torre en cuanto comience la violencia y retumbe la puerta bajo los golpes. Pero no importa, volverán. Esto es sólo el invierno de nuestra historia.
Cantan las Buenas Mujeres sus salmos consoladores y yo me dispongo a tomar el elixir. Vuelvo a olfatear, al destaparlo, su aroma a flor y fuego. Brilla como una joya y sabe a leche dulce. Tal vez sepa así la leche materna. Contemplo el fabuloso castillo de Avalon dibujado por mi amiga en la pared. Estés donde estés, palacio de la felicidad, hacia allá voy. Pero un momento… ¡Un momento! Me parece que hay algo diferente en la pintura, algo que antes no estaba… Me inclino sobre el trampantojo, arrimo el último cabo encendido de la última vela… Sí, ahí está, claramente visible, inconfundible, asomada a la ventana principal del castillo mágico, destacándose entre las demás bellas damas de la corte, sonriendo y agitando una mano, como si saludara o me llamara. Ahí está Nyneve, una Nyneve joven y delgada de cabellera llameante. Un grato sopor cierra mis ojos; me parece sentir sobre los párpados los ligeros besos con los que León me ayudaba a dormir en las noches inquietas. Me marcho a la Isla de las Manzanas, me voy con Nyneve, y con Morgana le Fay, la bella y sabia bruja. Con Arturo, el buen Rey, que allí se repone eternamente de sus heridas; con la Hermosa Ju ventud, rescatada de la derrota y de la muerte. Pero no nos iremos muy lejos. Estaremos en las sombras que se deshacen cuando las miras de frente; en la inesperada brisa fría que, en verano, acaricia tu espalda sudorosa; en el poderoso zumbido de la vida que se escucha dentro del silencio de nuestras cabezas, en lo más profundo de lo que somos. Y regresaremos, y seremos millones.
Apéndice
Según está recogida en el llamado Manuscrito de Fausse-Fontevrault (circa. 1080), donado en 1770por el rey Luis XV de Francia a la Biblioteca Joanina de la Universidad de Coimbra, Portugal, donde se conserva. [1]
En los tiempos antiguos existió un reino ni grande ni pequeño, ni rico ni pobre, ni del todo feliz ni completamente desgraciado. El monarca del lugar gobernaba en ocasiones casi bien y en ocasiones un poco mal, como lo había hecho su padre, y el padre de su padre, y el padre del padre de su padre, y todos sus antepasados uno antes del otro hasta que se perdían en las sombras de la memoria, pues la estirpe del Rey era larga y el Reino pacífico y estable, y todos los monarcas habían muerto plácidamente de ancianos y en la cama. Sin embargo, nuestro Rey estaba envejeciendo y no conseguía tener descendientes. Había repudiado a diez esposas consecutivas porque ninguna le paría un heredero, y empezaba a desesperar, pues temía que con él se truncara tan extenso linaje. Una noche de insomnio se le ocurrió una idea: apresar a Margot, la Dama de la Noche, el hada más poderosa de su Reino, y obligarla a cumplir sus deseos. Para ello envió a Margot un emisario con ricos presentes y una invitación a la gran fiesta que daría en palacio con motivo del repudio de su décima esposa y de los esponsales con la undécima. El hada, que era alegre y coqueta, aceptó al punto, y la noche de la gran celebración llegó a palacio en una carroza tirada por ciervos con la cornamenta pintada de oro, y ataviada con un traje deslumbrante confeccionado con luciérnagas vivas.
Cuentan que la fiesta fue la más grande y más lujosa de todas cuantas constan en los anales. Bebidas embriagadoras y viandas exquisitas se sucedían en las enormes mesas, y hubo músicos y saltimbanquis, juglares y magos, tigres de los hielos tan blancos como la leche y bayaderas de Oriente de color ambarino. Margot gozaba del festejo mientras el Rey, a su lado, le llenaba todo el tiempo la copa de hidromiel. Y el tiempo transcurría tan lentamente que, por las ventanas, la noche seguía siendo muy negra y muy profunda. Hasta que, en un momento determinado, el Rey hizo una seña y los lacayos dejaron caer las telas pintadas con las que habían cegado todas las aberturas del palacio, fingiendo paisajes nocturnos, cielos oscuros y estrellados. Y por los ventanales repentinamente descubiertos entró a raudales el sol del mediodía, pues ésa era en verdad la hora, por más que todos los cortesanos se hubieran confabulado con el monarca para fingir que el tiempo no pasaba.
Cuando los rayos del sol cayeron sobre Margot, el hada profirió un grito lastimero y se convirtió en una gallina vieja y fea. Porque la Dama de la Noche no puede soportar la luz diurna. El Rey saltó sobre el ave y la metió dentro de una jaula. Y le dijo: «Dama de la Noche, estás en mis manos. O me proporcionas un hijo varón, o seguirás poniendo huevos hasta el fin de tus días». La gallina, furiosa, sólo contestó con grandes improperios. Entonces el Rey mandó colocar la jaula en mitad del patio, bajo el sol. Porque, por cada día de sol que recibía la Dama de la Noche, habría de vivir como gallina durante tres jornadas más. A las pocas horas, después de haber picoteado y devorado furiosamente todas las luciérnagas de su traje, que habían muerto de golpe bajo la luz, Margot se rindió: «Te daré un heredero», prometió. Y el Rey le dijo: «Dama de la Noche, antes de que te libere tienes que jurar por la redonda Luna que no te vengarás de mí ni de mi hijo ni de mi Reino, y que no nos lanzarás ninguna maldición». Y Margot juró, y, como la Luna era para ella lo más sagrado, ya no podía desdecirse.
[1] Con nuestro agradecimiento a la catedrática emérita Nuria Labari por su inestimable ayuda en la localización del manuscrito.