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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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Estamos detenidos en un recodo del camino, simulando descansar. Pero, en realidad, observo la modesta choza de techo de paja que acabamos de dejar atrás.

– Bueno, qué, ¿piensas ir? -pregunta Nyneve con cierta impaciencia.

– Pobre Leola, deja que se tome su tiempo para pensarlo -interviene Wilmelinda-. Es una decisión difícil…

En la parte de atrás han añadido una nueva habitación de adobe, una tosca joroba pegada a la cabaña. A un lado, un corral hecho de tablas, Un niño pequeño juega sentado en el suelo, ante la puerta abierta.

– Venga, ve… -me azuza Nyneve.

– Está bien.

Camino por el sendero hacia la cabaña. Voy despacio, como paseando. Como haciendo tiempo mientras mis amigas reponen sus fuerzas. Cuando llego lo suficientemente cerca el olor me golpea: humo de leña, potaje recalentado, rancio sebo quemado, el tufo poderoso del puerco que hoza en su pocilga. El antiguo olor del mundo antiguo. El niño levanta la cara y me mira. Está medio desnudo, descalzo, muy sucio.

– Hola, pequeño. ¿Cómo te llamas?

No me contesta. Debe de tener unos dos años. Con sólo tres más, comenzará a trabajar para ayudar en casa. Pero por ahora está jugando con algo que no alcanzo a ver…, sí, con un palo y un escarabajo.

– Buen día nos dé Dios…

Doy un respingo. En la puerta de la choza ha aparecido un hombre.

– Buen día…

La voz me tiembla. Y también las manos. Me las agarro con fuerza, para que no se note. El tipo es algo más bajo que yo y está bastante calvo. Su cráneo, requemado por el sol, está moteado de manchas. Tiene la espalda cargada y la cabeza encogida entre los hombros, lo que íe da un aspecto de perpetua humillación. Parece un anciano, pero yo sé que no lo es.

– ¿Puedo ayudaros en algo, mi Señora?

Y ese tono modesto y servil. Me estremezco. Le miro a los ojos y él me devuelve la mirada con cierta extrañeza. Ya no hay en él ese chisporroteo vital que había antaño, la alegría animal. Pero sigue siendo una mirada sencilla y honesta. Este Jacques ya no es mi Jacques, pero estoy segura de que es un buen hombre.

– En realidad, sí. ¿Podrías decirme de quién son estas tierras?

– De Su Majestad el Rey de Francia, mi Señora…

Lo ha dicho ahuecando un poco la voz, hinchando el pecho. Al pobre Jacques le enorgullece patéticamente ser siervo del Rey. Tal vez le parezca que supone un progreso desde su servidumbre con el señor de Abuny.

– ¿De veras? ¿Del Rey directamente?

– Bueno, Su Majestad no ha venido nunca por aquí. De cuando en cuando viene su administrador, el barón de Raspail, y se aloja en el castillo del Rey Transparente…

Me quedo estupefacta:

– ¿Cómo has dicho? ¿En dónde?

– En el castillo del Rey Transparente. ¿Venís del Sur? Entonces seguramente habréis pasado por él… Es esa fortaleza cuadrada con…

– Sí, sí, lo he visto, pero… ese nombre tan raro, ¿de dónde sale?

– No sé, mi Señora. Antes, hace tiempo, era el castillo del señor de Abuny, el antiguo amo de estas tierras. Pero Abuny perdió la guerra y lo perdió todo, incluso la vida. Después empezaron a llamar así a la fortaleza. Ignoro por qué, mi Señora.

Su actitud hacia mí es tan deferente que me siento turbada. O, más bien, entristecida. ¿Y si le dijera la verdad? ¿Y si me diera a conocer? Pero la distancia que nos separa es demasiado grande… De repente, me horroriza que me vea transmutada en una dama. La sombra ominosa del Rey Transparente nos cubre con sus alas. Es un mal agüero y me estremezco.

– Y, dime, ¿sabes qué fue de un buen hombre que vivía allí, en el hondón, al otro lado de la colina? Ayudó a mi padre en un momento de necesidad, hace muchos años, y desearía poder agradecérselo… Se llamaba Pierre. He pasado por allí, pero hoy sólo hay un campo de cebada…

– Oh, sí… Era muy buena gente. Nuestro antiguo amo, el señor de Abuny, nos llevó a la guerra, pero el Señor nos protegió y pudimos volver todos con vida, aunque el hijo de Pierre, Antoíne, perdió un ojo. Luego, hace ya bastantes años, Pierre enfermó y murió, y Antoine se marchó un buen día y no regresó. Entonces el barón de Raspail mandó derruir la cabaña y sembrar para el Rey. Es uno de los campos que yo atiendo.

Mi padre muerto. Lo suponía, pero la certidumbre escuece. Algo me aprieta el pecho. Suelto un suspiro. Me gustaría poder decir que el rostro de mi Jacques se ha ensombrecido, que muestra un atisbo de emoción al recordar a la antigua Leola, pero lo cierto es que ni siquiera me ha nombrado y que habla con toda tranquilidad, sin alterar el gesto, porque para él este pasado perdido es una realidad próxima y constante, aJgo tan habitual como la aparición del sol por las mañanas. Ay, Jacques, mí Jacques… Aquí sigues, viviendo en la misma casa en la que te conocí. ¿No te moviste de tu pequeño rincón del mundo, siervo atado a la tierra? Si hubiera venido a buscarte aquí, te habría encontrado… Lo cierto es que fui yo quien huyó, yo quien se escapó. Quien se perdió. Las manos de Jacques están sucias y agrietadas, las uñas partidas, el cuello lleno de costras. El niño se pone en pie y, con paso incierto, se agarra pedigüeño a sus piernas. Jacques se inclina y le coge en brazos. Advierto que, al agacharse, mantiene la cerviz rígida, la posición forzada. Se mueve mal y tiene la espalda anquilosada.

– Es mi nieto -dice.

Su nieto. Dios bendito.

– ¿Cómo se llama?

Jacques frunce el ceño:

– Todavía no tiene nombre… -contesta con expresión turbada.

No, claro que no: por si se muere. Mueren tantos niños en el campo, mueren tantos hijos de siervos, cuando son pequeños. Se me había olvidado la dureza extrema de esta vida.

– Es muy guapo -digo, azorada, mientras le acaricio.

– Gracias, mi Señora. Sí que lo es… -contesta Jacques.

Y estrecha al pequeño entre sus brazos con ternura.

Ay, mi Jacques, mi Jacques. Respiro hondo y alzo la cabeza. Soy una dama y tengo que comportarme como una dama.

– Está bien. Gracias por la información… y toma, para tu guapo nieto.

He rebuscado en mi magra faltriquera y le doy un par de sueldos. Los ojos de Jacques se iluminan:

– ¡Gracias, mí Señora! Que Dios os bendiga…

Me despido con una leve inclinación de cabeza: tengo la garganta tan apretada que no podría articular palabra. Jacques sigue dándome las gracias y haciendo agarrotadas reverencias con su nieto en brazos. Que no es un niño guapo, sino cabezón, famélico, mugriento. Huyo de Jacques y de su gratitud, huyo de su servidumbre y su inocencia, y casi corro hacia donde mis acompañantes me están esperando, los pies ligeros y asustados, feliz de volver a escaparme, feliz de irme otra vez y, al mismo tiempo, con el corazón pesado como un plomo, cargado de una extraña sensación de culpa y de vergüenza.

Desde que terminó sus pinturas murales habituales, los bellos trampantojos que iluminan la austeridad de las paredes de la torre con un mundo de magnificencia y fantasía, Nyneve está sumida en un mutismo y una pasividad tan poco comunes en ella que me siento bastante preocupada. Es verdad que, para no llamar la atención, procuramos salir poco de la fortaleza y de las tierras que la circundan. De cuando en cuando nos acercamos a la posada para recabar las últimas nuevas, pero, aparte de eso, apenas pisamos el pueblo más cercano, que dista algunas leguas de nosotros. De manera que, por primera vez en muchos años, Nyneve no ejerce sus funciones médicas de sabia sanadora, salvo para nuestra pequeña comunidad. Aun así, hay infinidad de cosas que hacer: recoger leña para el próximo invierno, fabricar velas, cuidar de los pocos animales del establo, trabajar en la huerta. Ella colabora en todo, pero con aire ausente; y, en cuanto puede, se sienta en una banqueta frente a sus pinturas y se pasa las horas mustia y quieta, con la mirada perdida en el hermoso castillo de Avalon, que ahora está en primer término y en mitad del paisaje, con sus airosas torretas redondas, sus estandartes de brillantes colores flameando al viento, dibujado tan grande y con tanto detalle que incluso se ven las ventanas labradas y las damas que se asoman a esas ventanas, lindos personajes de recamados trajes y rostros diminutos.

Desearía poder sacar a mi amiga de su ensimismamiento y de su acidia, pero no sé cómo hacerlo. Yo también siento, en ocasiones, la tentación de la tristura, sobre todo cuando me pongo a pensar en León. Me desespera no saber qué ha sido de él, y me tortura imaginar que los cruzados le hayan atrapado. Que le hayan quemado vivo con los otros Perfectos. Incluso es posible que le cogieran cuando intentó escapar y que ie arrojaran a la pira colosal de Montségur. Quizá le estaba viendo arder, le estaba viendo morir, sin yo saberlo, cuando contemplaba aquella hoguera atroz. Me mareo, me asfixio, la boca se me llena de la espesa saliva de la náusea. No, no puede ser. Tengo que sacarme esta pesadilla de la cabeza. Sé que León está vivo. No sé por qué lo sé, pero es así. Tengo que aterrarme a esa esperanza.

La torre perteneciente al feudo de Wilmelinda es una pequeña pero sólida fortificación almenada situada al pie de un monte. Cuando llegamos, un feudatario con su mujer e hijos guardaba la torre para la familia. Reconocieron a Wilmelinda y nos agasajaron y acogieron. Pero una mañana, pocos días después, nos levantamos y descubrimos que estábamos solos: el caballero y los suyos se habían marchado, sin duda temerosos de ser atrapados junto a las Buenas Mujeres.

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