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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Se desató los lazos del camisón y se metió en la cama, pero no pudo dormir.

«¿Seguirá allí todavía? —se preguntó—. ¿Cuánto tiempo esperará?» Había sido una crueldad enviarle una nota en la que no le decía nada. Los pensamientos no hacían más que darle vueltas en la cabeza.

Ojalá tuviera a alguien que le dijera qué debía hacer. Echaba de menos a la septa Mordane, y todavía más a Jeyne Poole, su mejor amiga. A la septa le habían cortado la cabeza igual que a todos los demás, por el crimen de servir a la Casa Stark. Sansa no sabía qué le había pasado a Jeyne, que desapareció poco después de sus habitaciones, y nadie la volvió a nombrar. Trataba de no pensar en ellas muy a menudo, pero en ocasiones los recuerdos la invadían, incontrolables, y entonces le costaba contener las lágrimas. De cuando en cuando hasta echaba de menos a su hermana. Pero en aquellos momentos Arya estaría sana y salva en Invernalia, bailando y cosiendo, jugando con Bran y con el pequeño Rickon, hasta podría ir a caballo a la ciudad si quería. A Sansa le permitían montar a caballo, pero sólo por el patio, e ir todo el día en círculos llegaba a ser aburrido.

Cuando empezaron los gritos estaba completamente despierta. Al principio eran lejanos, luego se fueron haciendo más altos. Muchas voces gritaban a la vez, pero no alcanzaba a distinguir las palabras. También se oían caballos, pisadas y órdenes vociferadas. Corrió a la ventana y vio a hombres que corrían por los muros con lanzas y antorchas.

«Vuelve a la cama —se dijo Sansa—, esto no es asunto tuyo, debe de haber más problemas en la ciudad. —Últimamente había oído constantemente rumores sobre el malestar en la ciudad. La gente se hacinaba, huyendo de la guerra, y muchos no tenían otro modo de vida que robar y matarse entre ellos—. Vuelve a la cama.»

Pero, cuando se fijó, el caballero blanco había desaparecido y el puente que cruzaba el foso seco estaba sin vigilancia.

Sansa se dio media vuelta sin pensar y corrió hacia el armario. «¿Qué estoy haciendo? —se preguntó mientras se vestía—. Esto es una locura.» Divisó las luces de muchas antorchas en la muralla exterior. ¿Habrían llegado Stannis y Renly a matar a Joffrey por fin, y a reclamar el trono de su hermano? Si así fuera los guardias levantarían el puente levadizo y dejarían aislado el Torreón de Maegor. Sansa se echó sobre los hombros una sencilla capa gris, y cogió el cuchillo con el que cortaba la carne.

«Si se trata de una trampa, prefiero morir a dejar que me vuelvan a hacer daño», se dijo. Ocultó el arma bajo la capa.

Una columna de espadachines con capas rojas pasó corriendo junto a ella cuando salió a la noche. Aguardó a que estuvieran bien lejos antes de cruzar el puente desierto a toda velocidad. En el patio, los hombres se ceñían las espadas y ensillaban los caballos. Vio a Ser Preston cerca de los establos; estaba con otros tres miembros de la Guardia Real, todos con sus capas blancas y brillantes como la luna, ayudando a Joffrey a ponerse la armadura. Al ver al rey, se le cortó la respiración. Por suerte él no la vio, estaba pidiendo a gritos su espada y su ballesta.

El ruido fue atenuándose a medida que se adentraba en el castillo, sin atreverse a mirar hacia atrás por temor a encontrarse con que Joffrey la miraba… o peor aún, que la seguía. Las escaleras de caracol se enroscaban ante ella, marcadas por franjas de luz procedente de las ventanas estrechas que había sobre ellas. Cuando llegó a la cima, Sansa estaba jadeante. Corrió hacia una columnata oculta entre las sombras y se pegó contra la pared para recuperar el aliento. Algo le rozó la pierna y estuvo a punto de gritar del susto, pero no era más que un gato, un macho sarnoso con una oreja cortada. El animal bufó y se alejó de un salto.

En el bosque de dioses apenas se oían los ruidos, tan sólo un sonido lejano de acero y gritos amortiguados. Sansa se arrebujó en su capa. El aire estaba impregnado con los aromas de la tierra y las hojas.

«Cuánto le habría gustado este sitio a Dama», pensó. Los bosques de dioses tenían una cualidad extraña. Incluso allí, en el corazón del castillo, en el corazón de la ciudad, uno sentía cómo los antiguos dioses lo miraban con un millar de ojos invisibles.

Sansa había preferido a los dioses de su madre, le gustaban más que los de su padre. Amaba las estatuas, las imágenes en las vidrieras, la fragancia del incienso al quemarse, los septones con sus túnicas y sus cristales, los mágicos dibujos del arco iris sobre altares con incrustaciones de madreperla, ónice y lapislázuli. Pero no podía negar que el bosque de dioses también tenía cierto poder. Sobre todo de noche.

«Ayudadme —rezó—. Enviadme a un amigo, un verdadero caballero que sea mi campeón…»

Fue recorriendo los árboles de uno en uno, tocando la corteza rugosa con las yemas de los dedos. Las hojas le acariciaban las mejillas. ¿Se había decidido demasiado tarde? Su salvador no se habría marchado tan pronto, ¿verdad? O tal vez ni siquiera había acudido. ¿Podía correr el riesgo de llamarlo? Todo estaba tan silencioso…

—Ya pensaba que no ibais a venir, niña.

Sansa se volvió. Un hombre salió de entre las sombras. Era corpulento, de cuello grueso, y se tambaleaba. Llevaba una túnica gris oscuro con la capucha echada sobre el rostro, pero cuando un tenue rayo de luna le rozó la mejilla reconoció al instante la piel manchada y la telaraña de venillas rotas.

—Ser Dontos —dijo, hundida—. ¿Erais vos?

—Sí, mi señora. —Se acercó a ella, y el aliento le apestaba a vino—. Yo.

Extendió una mano. Sansa dio un salto hacia atrás.

—¡No! —Se metió la mano bajo la capa, en busca del cuchillo escondido—. ¿Qué… qué queréis de mí?

—Ayudaros, nada más —dijo Dontos—. Igual que vos me ayudasteis a mí.

—Estáis ebrio, ¿verdad?

—Sólo he tomado una copa de vino para darme valor. Si me atrapan ahora, me arrancarán la piel a tiras.

«Y a mí ¿qué me harán?» Sansa volvió a pensar en Dama. La loba podía oler la falsedad, sí, pero estaba muerta, su padre la había matado por culpa de Arya. Sacó el cuchillo y lo esgrimió con las dos manos.

—¿Me vais a apuñalar? —preguntó Dontos.

—Sí —dijo ella—. Decidme quién os envía.

—Nadie, hermosa dama. Os lo juro por mi honor de caballero.

—¿De caballero? —Joffrey había decretado que dejara de ser caballero, que pasara a ser un bufón, aún más humilde que el Chico Luna—. Pedí a los dioses que enviaran un caballero para salvarme —siguió—. Recé, recé y recé. ¿Por qué me envían a un bufón borracho?

—Sé que merezco vuestras palabras… y es extraño, pero… durante todos los años que fui caballero, en realidad no era más que un bufón, pero ahora que soy un bufón creo… creo que en mi interior vuelvo a ser un caballero, hermosa dama. Y todo gracias a vos… a vuestra donosura, a vuestro coraje. No sólo me salvasteis de Joffrey, sino también de mí mismo. —Bajó la voz—. Los bardos dicen que hubo un bufón que fue el más grande de todos los caballeros…

—Florian —susurró Sansa, con un escalofrío.

—Yo seré vuestro Florian, hermosa dama —dijo Dontos con humildad al tiempo que se arrodillaba ante ella.

Sansa bajó el cuchillo muy despacio. Sentía la cabeza muy ligera, como si estuviera flotando.

«Esto es una locura, no puedo confiar en este borracho, pero si lo rechazo quizá no vuelva a tener otra oportunidad.»

—¿Cómo… cómo pensáis hacerlo? ¿Cómo me vais a sacar de aquí?

—Salir del castillo será lo más difícil —dijo Ser Dontos alzando el rostro hacia ella—. Una vez fuera, hay barcos que podrían llevaros a casa. Sólo tendría que conseguir dinero y hacer los arreglos necesarios.

—¿Podríamos irnos ahora? —preguntó, sin atreverse a albergar esperanzas.

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