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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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La multitud ha vuelto a rodearnos, aunque sigue habiendo una zona de exclusión de algo más medio metro a nuestro alrededor.

– ¿Tú le has pegado? -me pregunta Christian aún de pie e inmóvil. Le cojo las manos, que tiene cerradas en puños.

– Claro. Creía que eras tú, pero tenía demasiado pelo en las manos. Baila conmigo por favor.

Mientras me mira, el fuego de sus ojos va cambiando lentamente para convertirse en otra cosa, en algo más oscuro, más excitante. De repente me coge de la muñeca y tira de mí hasta pegarme contra él, agarrándome las manos detrás de la espalda.

– ¿Quieres bailar? Vamos a bailar -gruñe junto a mi oído y traza un círculo con las caderas contra mi cuerpo. Yo no puedo hacer otra cosa que seguirle. Sus manos agarran las mías justo sobre mi culo.

Oh… Christian sabe moverse, moverse de verdad. Me mantiene cerca sin soltarme, pero sus manos se van relajando y por fin me suelta. Voy subiendo las manos por sus brazos hasta los hombros, sintiendo los músculos fuertes a través de su chaqueta. Me aprieta contra él y yo sigo sus movimientos cuando empieza a bailar conmigo de forma lenta y sensual, al ritmo cadencioso de la música de la discoteca.

Cuando me coge la mano y me hace girar, hacia un lado y después hacia otro, sé que por fin ha vuelto conmigo. Le sonrío y él me responde con otra sonrisa.

Bailamos juntos. Es liberador… y divertido. Su furia ya está olvidada, o reprimida, y ahora se divierte haciéndome girar en el pequeño espacio que tenemos en la pista de baile, sin soltarme en ningún momento y con una habilidad consumada. Él hace que yo parezca grácil, es una de sus habilidades. Hace que me sienta sexy, porque él lo es. Consigue que me sienta querida, porque a pesar de sus cincuenta sombras, tiene un pozo inagotable de amor que dar. Al verle ahora, pasándoselo bien, es fácil pensar que no tiene ninguna preocupación ni ningún problema en su vida… Sé que su amor a veces se ve empañado por sus problemas de sobreprotección y de exceso de control, pero eso no hace que yo le quiera ni una pizca menos.

Cuando la canción cambia para pasar a otra, ya estoy sin aliento.

– ¿Podemos sentarnos? -le digo jadeando.

– Claro. -Él me saca de la pista de baile.

– Ahora mismo estoy caliente y sudorosa -le susurro cuando volvemos a la mesa.

Me atrae hacia sus brazos.

– Me gustas caliente y sudorosa. Aunque prefiero ponerte así en privado -dice en un susurro y aparece brevemente una sonrisa lasciva en los labios.

Cuando me siento, ya es como si el incidente en la pista de baile nunca hubiera ocurrido. Me sorprende vagamente que no nos hayan echado. Lanzo un vistazo al resto del local. Nadie nos mira y no veo al gigante rubio. Tal vez se haya ido o lo hayan echado. Kate y Elliot están siendo bastante indecentes en la pista de baile, Ethan y Mia se muestran más comedidos. Le doy otro sorbo al champán.

– Bebe. -Christian me sirve otro vaso de agua y me mira fijamente con una expresión expectante que dice: «Bébetelo. Ahora».

Hago lo que me dice. Pero porque tengo sed.

Christian saca una botella de Peroni de la cubitera que hay en la mesa y le da un largo sorbo.

– ¿Y si hubiera habido prensa aquí? -le pregunto.

Christian sabe inmediatamente que me refiero al incidente que ha protagonizado al noquear al gigante rubio.

– Tengo unos abogados muy caros -me dice con frialdad; la arrogancia personificada.

Frunzo el ceño.

– Pero no estás por encima de la ley, Christian. Ya tenía la situación bajo control.

El gris de sus ojos se congela.

– Nadie toca lo que es mío -me dice con una rotundidad gélida, como si no me estuviera dando cuenta de algo obvio.

Oh… Le doy otro sorbo al champán. De repente me siento abrumada. La música está muy alta, todo late, me duele la cabeza y los pies y me siento un poco grogui.

Christian me coge la mano.

– Vámonos. Quiero llevarte a casa -me dice.

Kate y Elliot vienen a la mesa.

– ¿Os vais? -pregunta Kate con la voz esperanzada.

– Sí -responde Christian.

– Vale, pues nos vamos con vosotros.

Mientras esperamos en el ropero a que Christian recoja mi trench, Kate me interroga.

– ¿Qué ha pasado con ese tío en la pista de baile?

– Que me estaba toqueteando.

– Cuando he abierto los ojos te he visto darle una bofetada.

Me encojo de hombros.

– Es que sabía que Christian se iba a poner como una central termonuclear y que eso podía estropearos la noche a los demás.

Todavía estoy procesando lo que siento acerca del comportamiento de Christian. En ese momento pensaba que su reacción iba a ser todavía peor.

– Estropear nuestra noche -especifica Kate-. Es un poco impetuoso, ¿no? -pregunta con sequedad mirando a Christian, que está recogiendo la chaqueta.

Río entre dientes y sonrío.

– Sí, algo así.

– Creo que le sabes manejar bastante bien.

– ¿Que le sé manejar? -Frunzo el ceño. ¿Yo sé manejar a Christian?

– Toma, póntela. -Christian me sujeta la chaqueta abierta para que pueda ponérmela.

– Despierta, Ana. -Christian me está sacudiendo con suavidad.

Ya hemos llegado a la casa. Abro los ojos, reticente, y salgo a trompicones del monovolumen. Kate y Elliot han desaparecido y Taylor está esperando pacientemente de pie junto al vehículo.

– ¿Tengo que llevarte en brazos? -me pregunta Christian.

Niego con la cabeza.

– Voy a recoger a la señorita Grey y al señor Kavanagh -dice Taylor.

Christian asiente y se dirige a la puerta principal llevándome de la mano. Me matan los pies, así que voy detrás de él trastabillando. En la puerta principal él se agacha, me coge el tobillo y suavemente me quita primero un zapato y después el otro. Oh, qué alivio. Vuelve a erguirse y me mira con mis Manolos en la mano.

– ¿Mejor? -me pregunta divertido.

Asiento.

– He estado viendo en mi mente imágenes deliciosas de estos zapatos junto a mis orejas -murmura mirando nostálgicamente los zapatos. Niega con la cabeza y vuelve a cogerme la mano para guiarme por la casa a oscuras y después por las escaleras hasta nuestro dormitorio.

– Estás muerta de cansancio, ¿verdad? -me dice en voz baja mirándome fijamente.

Asiento. Él empieza a desabrocharme el cinturón del trench.

– Ya lo hago yo -murmuro haciendo un intento poco entusiasta de apartarle.

– No, déjame.

Suspiro. No me había dado cuenta de que estaba tan cansada.

– Es la altitud. No estás acostumbrada. Y el alcohol, claro. -Sonríe, me quita la chaqueta y la tira sobre una de las sillas del dormitorio.

Me coge la mano y me lleva al baño. ¿Por qué vamos ahí?

– Siéntate -me dice.

Me siento en la silla y cierro los ojos. Le oigo rebuscar entre los botes del lavabo. Estoy demasiado cansada para abrir los ojos y ver qué está haciendo. Un momento después me echa la cabeza hacia atrás y yo abro los ojos sorprendida.

– Cierra los ojos -me ordena Christian. Madre mía, tiene en la mano una bolita de algodón… Me la pasa suavemente sobre el ojo derecho. Yo permanezco sin moverme mientras me va quitando metódicamente el maquillaje.

– Ah… Ahí está la mujer con la que me casé -dice después de unas cuantas pasadas del algodón.

– ¿No te gusta el maquillaje?

– No me importa, pero prefiero lo que hay debajo. -Me da un beso en la frente-. Tómate esto. -Me pone unas pastillas de ibuprofeno en la palma y me acerca un vaso de agua.

Miro las pastillas y hago un mohín.

– Tómatelas -me ordena.

Pongo los ojos en blanco pero hago lo que me dice.

– Bien. ¿Necesitas que te deje un momento en privado? -me pregunta sardónicamente.

Río entre dientes.

– Qué remilgado, señor Grey. Sí, tengo que hacer pis.

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