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Электронная книга - «La Provincia Del Hombre». Краткое содержание книги:

No sirve de nada; uno puede cantarse coros a sí mismo, admirar a caníbales, estar doscientos años bajando por el tronco de un árbol al que antes había trepado; uno puede encerrar al mes como a un loco, en inofensivas cruzadas ir de peregrinación a Palestina con toda una quincallería en el cuerpo, escuchar a Buda, amansar a Mahoma, creer en Cristo, vigilar un capullo, pintar una flor, malograr la aparición de una fruta; uno puede también ir detrás del sol, así que éste se dobla; enseñar a los perros a maullar, a los gatos a ladrar, devolverle todos los dientes a un centenario, cosechar bosques, regar calvas, castrar vacas, ordeñar bueyes; uno puede hacerlo todo con excesiva facilidad (termina uno tan rápidamente con todo), aprender la lengua del hombre de Neanderthal, cortar los brazos de Shiva, quitar de las cabezas de Brahma los Vedas que están anticuados, vestir los Vedas desnudos; impedir que en los cielos de Dios canten los coros de ángeles, espolear a Lao-Tse; incitar a Confucio a que asesine a su padre, arrebatarle a Sócrates la copa de cicuta; quitarle de la boca la inmortalidad; uno puede…, pero no sirve de nada, no hay nada que sirva para nada, no hay qué hacer, no hay más pensamiento que éste: ¿cuándo se dejará de asesinar?
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Es un gran falsificador, aunque solo sea por lo masificado de casi todas las escenas que él rememora. Con todo, en él hay relatos cómicos de gran fuerza que tienen algo de Rabelais. Relatos sobre diálogos con personas determinadas: la escena con Laval y Brisselone, o la de Abetz y Chateaubriand. Es un narrador de vieja escuela; esto podría llenarnos de esperanza en relación con el arte de narrar. Interrumpe constantemente su relato con digresiones que le quitan a éste su trivialidad. Su visión del sexo es la que cabe esperar de un médico, y además completamente convincente. A las mujeres odia casi más que a los hombres. La ridícula autoglorificación del sexo que hace insoportable a Miller y a sus seguidores está tan ausente de él como podría estarlo de un teólogo medieval.

Céline se ha sentido casi siempre mal; esta circunstancia la concilia un poco con su talante hostil, que es indiscriminado y monstruosos. No arremete contra los hombres que hoy están mal visto en Francia; cuando, con su manera de presentar los hechos, se defiende a sí mismo, los defiende también a ellos. Tiene unas formas muy aristocráticas, lo que en su medio es sorprendente. Odia todo poder y toda adoración.

El recuerdo quiere llegar en su momento y sin que le molesten, y nadie de los que estuvo allí entonces debe interrumpirle en sus propósitos.

Qué poco has leído, qué poco sabes; pero del azar de lo leído depende lo que eres.

Un personaje que consigue destruirlo todo con la perseverancia.

¿Mito? ¿Quieres decir algo tan antiguo que ya no resulta aburrido?

En lugar de una Historia de la Literatura que hable de las influencias, una que hable de las reacciones; sería más interesante. Los contra-modelos, no siempre manifiestos, son a menudo más importantes que los modelos.

Construir la biografía de un hombre basándose en todo aquello que él ha repelido. Lo repelido penetra de un modo completamente distinto; se queda debajo de la piel, perdido pero despierto. Una vez rechazado, se puede olvidar, pero es un olvido aparente; y lo repelido, como rechazado, puede usarse sin miedo.

Un hombre aparentemente gordo, formado por doce delgados, bien empaquetados, que pían a la vez.

Al Coleccionista de Elogios le molesta el silencio de las calles. Las recorre incansablemente para obligarlas a elogiarle y le pone de mal humor su resistencia. Para él los periódicos son demasiados cotidianos. Los hombres, después de cogerlos, los vuelven a tirar juntamente con su fotografía. ¿Tendría bastante con que cada día viniera algo nuevo sobre él en el periódico? ¡No! Sin duda necesita los periódicos – los estuvo leyendo hasta que se encontró allí…-, pero quiere mucho más.

Quiere arrinconar los sucesos del mundo. Quiere que se ocupen de él, no de terremotos y guerras. Encuentra totalmente absurdo todo lo que la Luna ha dado que hacer a los hombres. Le tiene rabia a la Luna porque se habló tanto de ella.

El Coleccionista de Elogios llena una casa con su nombre. Guarda el más pequeño trozo de papel en el que éste esté escrito y también el más grande.

De vez en cuando se lee toda la casa, una y otra vez lo mismo, aunque sean cosas viejas. Sin embargo prefiere lo nuevo.

Espera nuevos giros, frases que todavía no haya oído nunca, toda una lengua del elogio inventada sólo para él. Los muertos, de vez en cuando, pueden ser también objeto de estas alabanzas; se granjea su bendición.

El Coleccionista de Elogios estaría dispuesto a castigar con la pena de muerte toda difamación o, simplemente, toda crítica. No es una persona inhumana, no lamenta la abolición de la pena capital; sólo en casos especiales, es decir, cuando se trata de él habría que volverla a instaurar.

El Coleccionista de elogios no deja escapar ningún elogio; hasta para lo que se ha dicho dos, tres y cuatro veces tiene sitio. Va engordando, engordando, pero le gusta. Encuentra siempre mujeres que le amen por estar tan gordo. Lamen sus elogios y esperan sacar algo de ello.

Inversiones

En el entierro se perdió el ataúd. Con la pala se apresuraron a meter a los deudos en la tumba. De repente, el muerto salió de la emboscada y echó un puñado de tierra en la tumba de cada uno.

Se apagaron las luces, la ciudad estaba envuelta en la oscuridad. Los criminales tuvieron miedo y llamaron a la policía que viniera corriendo.

El perro le quitó el bozal a su amo, pero lo llevaba de la correa.

En un anuncio luminoso las letras cambiaron de sitio y advirtieron de los peligros del producto que antes ponderaban.

El gato le colgó sus garras al ratón y lo mandó a correr mundo.

Dios volvió a poner la costilla en el costado de Adán, sopló sobre él y le dio otra vez forma de barro.

1971

Festival anual del crimen en Sarajevo: la población se disfraza con la piel de los animales que sacrificó Franz Ferdinand. El heredero del trono va en un coche disparando desde el Ayuntamiento hasta el Museo del Crimen. Miles de víctimas caen moribundas al pequeño río ¿Vuelve a haber guerra?, ¿sigue habiendo guerra?

En la esquina, sale de la multitud el que hace el papel de Príncipe y dispara al asesino de masas en el corazón.

Cayó en brazos del fantasma de la Humanidad.

Tolstoi disfrazado de escarabajo en un baile. ¿Le hubiera gustado a Kafka, que veneraba a Tolstoi, leer esto después de haber escrito La Metamorfosis?

El Lector que no puede dejar de leer, que lee y lee, que lee cada vez más, cada vez más libros antiguos, se ha convertido en un personaje no despreciable, una especie de hombre de confianza de los demás, que se fían de éclass="underline" si no deja de leer -piensan – encontrará lo decisivo.

Lo cínico como una especie de movimiento de masas de nuestro tiempo. Un inmenso tonel de Diógenes en el que se han juntado cientos de miles de personas.

En el verdadero poeta lo que más valoro es lo que silencia por orgullo.

No me interesa comprender de un modo preciso a una persona a la que conozco. Lo que me interesa es exagerarla de un modo preciso.

Uno se pregunta lo que Dios hubiera dicho si hubiera mirado a Tolstoi. Rezar se ha rezado bastante, pero es difícil que esto pueda interesarle a Dios.

Sólo los acontecimientos debieran haber preocupado a Dios ya. Tal vez Tolstoi hubiera provocado los celos de Dios. Tal vez lo hubiera tomado por hermano.

No puedo olvidar su imagen; lo estoy viendo como si fuera un antepasado. Cuánta fuerza debe haber dado a los hombres el culto a los antepasados. ¿A qué rendimos culto? ¿A qué podemos rendir culto?

Hay que decir que Tolstoi llegó a los ochenta y dos años y Dostoyewsky sólo a los cincuenta y nueve. Veintitrés años es mucho tiempo. ¿Existiría verdaderamente Tolstoi si hubiera muerto en 1887?

Es completamente imposible escapar a la injusticia de las edades.

Quiero a Dios todo lo más como a un Tolstoi.

Mejorar sólo puede significar una cosa: saber mejor. Pero tiene que ser un saber que no le deje a uno en paz, un saber que le acose. Un saber que tranquilice es letal.

Es muy importante que uno rechace algunos saberes. Hay que poder esperar el momento en el que un saber se convierte en aguijón: todo presentimiento es el dolor de este mismo presentimiento.

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