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Электронная книга - «La Provincia Del Hombre». Краткое содержание книги:

No sirve de nada; uno puede cantarse coros a sí mismo, admirar a caníbales, estar doscientos años bajando por el tronco de un árbol al que antes había trepado; uno puede encerrar al mes como a un loco, en inofensivas cruzadas ir de peregrinación a Palestina con toda una quincallería en el cuerpo, escuchar a Buda, amansar a Mahoma, creer en Cristo, vigilar un capullo, pintar una flor, malograr la aparición de una fruta; uno puede también ir detrás del sol, así que éste se dobla; enseñar a los perros a maullar, a los gatos a ladrar, devolverle todos los dientes a un centenario, cosechar bosques, regar calvas, castrar vacas, ordeñar bueyes; uno puede hacerlo todo con excesiva facilidad (termina uno tan rápidamente con todo), aprender la lengua del hombre de Neanderthal, cortar los brazos de Shiva, quitar de las cabezas de Brahma los Vedas que están anticuados, vestir los Vedas desnudos; impedir que en los cielos de Dios canten los coros de ángeles, espolear a Lao-Tse; incitar a Confucio a que asesine a su padre, arrebatarle a Sócrates la copa de cicuta; quitarle de la boca la inmortalidad; uno puede…, pero no sirve de nada, no hay nada que sirva para nada, no hay qué hacer, no hay más pensamiento que éste: ¿cuándo se dejará de asesinar?
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Hay tan poco de ellos, y esto solo ya es dignidad.

De Buda, por ejemplo, lo que me molesta es que lo haya dicho todo tantas veces y de un modo tan exhaustivo (el inconveniente fundamental de los hindúes).

Las letanías de los antiguos chinos se encuentran en su manera de actuar, no en sus sentencias.

Esta conexión entre lo patriarcal y lo fraternal que sólo se encuentra en los chinos.

Nadie a quien le devore la preocupación por el destino del hombre está rezagado. Rezagado está aquel que se consuela con frases hechas en estado de putrefacción.

1969

Las ciencias van arrancando a mordiscos trozos de vida, y ésta se oculta entre los velos del dolor y la tristeza.

Parece que en la historia sólo hay una forma negativa de aprender. Uno retiene lo que les ha hecho a los otros para que éstos se lo paguen.

A éste le sangran los ojos, pero nunca el corazón.

Lo exhaustivo se convierte en banal, pero lo lapidario es irresponsable. Es difícil colocarse en el punto adecuado entre ambos extremos.

Lo humillante de la vida: que todo lo que uno ha detestado, orgulloso, con todas sus fuerzas, al final acabe aceptándolo. Así se va a parar otra vez al punto del que partió cuando se era joven, se transforma en el mundo que en aquel tiempo le rodeaba. Pero ¿dónde está uno ahora? En la dureza y acritud con la que lo mira y lo anota todo.

Dos tipos de espíritu: aquellos que se instalan en heridas y aquellos que se instalan en casas.

Suficientemente serio no lo fue ni Pascal.

Someterme no me ha sometido ninguna religión, pero ¡cómo han ocurrido todas en mí!

¿Serían mejores los hombres si fueran de vidrio? ¿Tendrían que tener más cuidado con los demás? El ser humano no es bastante frágil. Con su mortalidad no se hace nada. Tendría que ser frágil.

Coció al profeta como un pan oloroso, cuando fue viejo y se puso duro como una piedra, todos se rompían los dientes al morderlo.

¡Conocer a uno solo, a uno solo que venga al mundo después de mí! Es molesto pensar en detalles de la técnica del futuro si uno no conoce a un solo hombre de este futuro.

Uno que después de cada noticia de la muerte de alguien engulle más.

Palabras, llenas de sangre como chinches.

Transpira paz por todos sus poros. Pero en su boca hierve la guerra.

August Pfizmaier, el erudito vienés, sumido en su traducción de Manyoschu, está un año entero sin sospechar nada de la guerra de 1870-71 que estalló entre Francia y Alemania. Se entera por un periódico japonés que llegó a sus manos, en Viena, con gran retraso.

De la realidad no se puede cansar nunca, a no ser que ésta sea arte.

Todo lo que poseía lo legó al hombre más viejo de Europa.

Jamás anotar que una persona está señalada por la muerte. El anotarlo simplemente es ya un pecado.

Chicos, ¿queréis ser inmortales?. – ¡Sí!».

El que respira dice: lo tengo todo por respirar todavía. El desgraciado dice: todavía tengo sitio para la desgracia de otros. El muerto dice: no sé nada todavía, ¿cómo puedo estar muerto?

Si hubiera un Más Allá, él no querría llevarse nada. Querría que todo se quedara aquí.

Un Buda hoy… impensable; incluso un Cristo. Lo único que todavía es posible es un Mahoma.

El libro sobre los «pacíficos» bosquimanos. Para ellos el sol es un trozo de carne, y sin melones tendrían que morir de sed en el desierto.

Lo terrible de la historia de la Humanidad es la carne.

El salto de la carne de la presa a la carne propia es el enigma de los enigmas. Con él empieza la compasión; ésta surge de un sentimiento de la propia carne. Hoy en día, las carnicerías recuerdan en vano la propia carne.

Son útiles las historias de caníbales. Las lamentaciones que provocan se transforman en compasión.

En una hora han pasado por la calle más personas de las que un bosquimano ha visto en toda su vida.

La multitud que él ve es una multitud de animales, y tiene que matarlos.

Ponerse en cuestión totalmente y cogerse al vuelo en un país que no es el propio.

Una lengua en la que una determinada consonante es mortal. El que la pronuncia cae fulminado. El que la oye se vuelve sordo.

Los intentos de explicación son algo irresistible para el hombre. La serie ordenada de sus intentos de explicación se ha convertido en su destino. Quién pudiera comprender esta serie, quién pudiera saber más de ella. La permutación temporal de dos explicaciones hubiera dado lugar a un cambio del curso de la historia.

Hoy en día, ¿sería posible cambiar algo aún? ¿Está todo determinado ahora? Y si esto es así, ¿cuándo ha empezado esta determinación?, ¿en qué momento exactamente?

Para él lo peor que podría ocurrir en el futuro sería que suprimieran el viento.

La Naturaleza se ha vuelto pequeña en comparación con nuestra megalomanía; una Naturaleza «biedermeier» en medio de monstruos que se lo permiten todo con ella.

Los amantes ya sienten que se les está espiando desde la Luna.

Lo más decepcionante de la Luna: que todo está como se esperaba. Todo lo que habíamos calculado – distancia, tamaño, gravedad – estaba bien, todo es real.

La Luna, colonizada por continentes con aire. Guerras por la soberanía del aire.

La Luna, leprosa desde que la hemos tocado. La Luna manoseada: cada imagen de la huella del hombre en la Luna hace que este penoso sentimiento sea más intenso, como si uno tuviera que justificarse por una infracción.

Cuando pienso en la Luna, de pronto veo a todos los hombres de un mismo color.

Lo único que me atrae son los hombres; esto explica mi aversión a la Luna vacía. Incluso en los desiertos de la Tierra, lo que más me fascina es la idea de los contados seres humanos que se reúnen allí.

El valor de los astronautas que viajan a la Luna es grande: no es más grande que el de un bosquimano que caza sólo en el Kalahari o que, junto con otros bosquimanos, ahuyenta a los leones que quieren quitarle su presa. Lo nuevo, sin embargo, es esto tan terrible de que todo ocurra a las órdenes de un mando electrónico y que nada sea espontáneo.

El sentimiento inexplicable de que, antes de unificarla, no tengamos derecho a dispersar a la Humanidad. Este sentimiento se revelaría como algo engañoso si se viera que la dispersión es un medio para la unificación.

Instrumentos de música en la superficie de la Luna, dejados allí para que difundan las sacudidas.

La ausencia de seres vivos. Robinson en medio de minerales; un robot que no da un paso sin que se lo ordenen desde lejos. Ordenes dadas a distancia y que funcionan; terrible visión del futuro. Haz esto, haz aquello; entre una orden y otra, chistes malos para el público de la Tierra.

Es curioso que yo no sienta ninguna compasión por los astronautas que han llegado a la Luna, como si realmente fueran robots.

El regreso de la Luna hace que todo regreso se haya convertido en algo más cálido.

Eremitas de la Luna en forma de adoradores de la Tierra.

Secretos que se depositan en la Luna.

Cuando sale el sol se dice despectivamente: a él pronto lo llevaremos de la mano también.

La diferencia está hoy en que de todo se sacan fotografías. Ya no hay ninguna calamidad que pueda mantenerse en secreto. Todas las calamidades se han hecho públicas.

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