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Электронная книга - «A la sombra del ombú». Краткое содержание книги:

Hija de un hacendado argentino y una católica irlandesa, Sofía jamás pensó en que habría un momento que tendría que abandonar los campos de Santa Catalina. O quizás, simplemente, ante tanta ilusión y belleza, nunca pudo imaginar que su fuerte carácter la llevaría a cometer los errores más grandes de su vida y que esos errores la alejarían para siempre de su tierra.
Pero ahora Sofía ha vuelto y, con su regreso, el pasado parece cobrar vida. Pero ¿podrá ser hoy lo que no pudo ser tantos años atrás? Quizás sólo con ese viaje podrá Sofía recuperar la paz y cerrar el círculo de su existencia.
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– Es usted extranjera, ¿verdad? -le preguntó un taxista. Hablaba con un acento tan extraño que Sofía apenas entendió lo que le decía-. No es la mejor época para venir a Londres. ¿Es que no llegan las noticias a su país? Los malditos sindicatos parecen estar gobernando Inglaterra. No hay un líder como Dios manda, ese es el problema. El país va a la deriva. Ya se lo he dicho a mi mujer: este país se está yendo al garete. Lo que necesitamos es un buen remezón.

Sofía asintió en silencio. No sabía de lo que le hablaban.

No tardó en encariñarse con Londres. Le encantaban sus guapos policías con sus extraños sombreros, los guardias inmóviles a las puertas del palacio de St. James, y las pequeñas casas y las gaviotas. No había visto nunca nada igual. Londres era una ciudad en miniatura llena de casitas de muñecas, pensaba, recordando el libro de pintorescas fotografías de Inglaterra de su madre. Se detuvo un rato frente al palacio de Buckingham sólo para ver qué hacía ahí toda esa gente con la nariz pegada a las verjas de hierro. Descubrió el cambio de Guardia, que la dejó tan maravillada que tuvo que volver al día siguiente para verlo de nuevo. Intentó por todos los medios reprimir cualquier recuerdo de Santi, de Argentina y del pequeño Santiaguito, hasta que su corazón se dio por vencido y se sometió a sus deseos. No quería seguir atormentándose.

Cuando empezó a quedarse sin dinero salió a regañadientes a buscar trabajo. Como no tenía estudios, empezó preguntando en las tiendas. En todas partes querían gente con experiencia, y como ella no la tenía, simplemente meneaban la cabeza y la acompañaban a la puerta.

– Hay mucho desempleo -suspiraban-. Tendrás mucha suerte si alguien te contrata.

Tras tres largas semanas de tienda en tienda, Sofía empezó a desesperarse. Se le acababa el dinero y tenía que pagar el alquiler. No quería llamar a Dominique. Tanto ella como su marido ya habían sido demasiado buenos con ella, y por otro lado Sofía no soportaba la idea de que le mencionaran a su hijo.

Un día, ya totalmente desanimada, entró en una librería de Fulham Road. Un hombre con gafas de aspecto agradable estaba sentado detrás de un montón de libros, tarareando la canción que en ese momento sonaba en la radio. Sofía le dijo que estaba buscando trabajo pero que en todas partes le habían dicho que necesitaban a gente con experiencia y ella no la tenía. Suponía que tenía que haber trabajo puesto que estaban en plena temporada navideña. El hombre meneó la cabeza y le dijo que lo sentía, pero que no necesitaba a nadie.

– Como puedes ver, esta tienda es muy pequeña -explicó-. Pero sé que necesitan a alguien en Maggie's, la tienda de al lado. Inténtalo ahí. No están buscando a alguien con experiencia.

Sofía salió al frío de la calle. Estaba oscureciendo. Miró la hora. Sólo eran las tres y media. Todavía le sorprendía lo temprano que se hacía de noche en Inglaterra. Resultó que Maggie's era una peluquería. Sofía retrocedió. No estaba tan desesperada para rebajarse tanto, así que, tras echar un vistazo por la ventana llena de vaho del local, se compró un chocolate caliente en un café y se sentó con la mirada fija en la taza. Pasados unos minutos empezó a observar a la gente que la rodeaba. Algunos habían estado haciendo las compras de Navidad. Iban cargados de bolsas llenas de relucientes paquetes. Charlaban entre ellos, ajenos a ella. Rodeó la taza con las manos y se inclinó sobre la mesa. De pronto se sintió muy sola. No tenía ni un solo amigo en aquel país.

Oh, cómo echaba de menos a Santi. También a María. María había sido su mejor amiga. Se moría de ganas de hablar con ella y de contarle todo lo que le estaba pasando. Se arrepentía de no haberle escrito, no haber confiado en ella. Imaginaba que María debía de estar tan triste y debía de sentirse tan sola como ella. Era su amiga. Pero ya era demasiado tarde. Ojalá le hubiera escrito un año antes. Aunque si en aquel entonces no había sabido cómo empezar una carta, a buen seguro no sabría cómo hacerlo ahora. No, había dejado escapar la oportunidad. No sólo había perdido a su novio, sino también a la mujer que, a pesar de ser una criatura mucho más dulce y tímida que ella, la había comprendido y la había apoyado siempre. Habían pasado la vida juntas, y ahora todo había terminado. Una gruesa lágrima cayó sobre el chocolate.

Fuera, la calle estaba llena de gente. Todo el mundo parecía ir a algún lado. Quizás a tomar el té con unos amigos, al trabajo, a ver a la familia. Ella no tenía a nadie. En Londres no tenía a nadie que la quisiera. Podía morir en una de esas aceras frías y desconocidas y nadie se daría cuenta. Se preguntó cuánto tardarían en encontrarla e identificarla a fin de notificar su muerte a su familia. Probablemente semanas, quizá meses, en caso de que se molestaran en intentarlo. Tenía pasaporte británico gracias a su abuelo, pero no se sentía parte de aquel lugar.

Pagó la cuenta y se marchó. Cuando volvió a pasar por delante de Maggie's decidió dar marcha atrás y echarle un segundo vistazo a la peluquería. Pegó la cara al cristal y miró dentro. Un hombre alto y desgarbado estaba cortando el pelo a una mujer, deteniéndose de vez en cuando para usar sus manos a fin de ilustrar la historia que estaba contando. Una jovencita rubia estaba sentada tras un mostrador contestando el teléfono. Tenía que disimular la risa para poder anotar las citas. En ese momento se abrió la puerta, lanzando a la calle un fuerte olor a champú y a perfume.

– ¿En qué puedo ayudarte? -preguntó una mujer pelirroja de unos cincuenta años, asomando la cabeza. Llevaba los labios pintados de violeta como Dominique y se había pintado los ojos de un horrendo color lima sin demasiada gracia.

– Me han dicho que aquí necesitan personal -respondió Sofía todavía no demasiado convencida.

– Mira qué bien. Pasa. Yo soy Maggie -dijo una vez que Sofía hubo entrado en la reconfortante calidez de la peluquería.

– Sofía Solanas -respondió. El hombre había dejado de contar su historia y se giró a mirarla. Sus ojos de serpiente estudiaron los rasgos de su cara y su ropa, escudriñándola sin disimulo de la cabeza a los pies. Manifestó su aprobación con un ligero ademán.

– Encantadora, Sofía. Encantadora. Yo soy Antón. En realidad me llamo Anthony, pero Antón suena más exótico, ¿no crees? -dijo, y se echó a reír antes de ir hasta el cajón y sacar un gran bote de gel.

– Antón es todo un personaje, Sofía. Tú celébrale los chistes y verás cómo te adora, cariño. Eso es lo que hace Daisy, ¿verdad, querida? Y él la adora.

Daisy sonrió afectuosamente y le tendió la mano desde detrás del mostrador.

– Veamos, el horario es de diez a seis, cariño, y tu trabajo será hacer un poco de todo: barrer, lavar cabezas y mantener el local en orden. No puedo pagarte más de ocho libras por semana, propinas aparte. ¿Te va bien? A mí me parece justo. ¿A ti no, Antón?

– Generosísimo, Maggie -soltó Antón con gran efusividad, llenándose la mano de lo que parecía una especie de barro verde.

– Pero si pago ocho libras de alquiler -se quejó Sofía.

– Pues no puedo pagarte más. Lo tomas o lo dejas -dijo Maggie, cruzándose de brazos.

– Yo también estoy de alquiler. Podríamos compartir piso -sugirió Daisy entusiasmada. Ella vivía en un destartalado piso en Hammersmith y tardaba una eternidad en llegar al trabajo por la mañana-. ¿Vives cerca de aquí?

– En Queen's Gate.

– No me extraña que pagues tanto. ¿De dónde eres, querida? -preguntó Maggie, que no conseguía distinguir el acento de Sofía.

– De Argentina -respondió. En ese momento se le cerró la garganta. Hacía demasiado tiempo que no había oído esa palabra.

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