A la sombra del ombú
- Автор: Montefiore Santa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «A la sombra del ombú». Краткое содержание книги:
Pero ahora Sofía ha vuelto y, con su regreso, el pasado parece cobrar vida. Pero ¿podrá ser hoy lo que no pudo ser tantos años atrás? Quizás sólo con ese viaje podrá Sofía recuperar la paz y cerrar el círculo de su existencia.
– Entonces, ¿no crees que soy mala? -le preguntó, sonriéndole con timidez.
– No, no creo que seas mala. Creo que eres una buena persona que cometió un error y… bueno, todos cometemos errores -dijo, consolándola. Deseaba decirle que pensaba que era una bella persona por dentro y por fuera. Deseaba amarla para borrar de ella cualquier resto de culpa o de dolor. Sabía que podía hacerla feliz si ella le daba una oportunidad.
Eduardo le dijo a María que en una ocasión estuvo a punto de casarse. Cuando ella le preguntó qué le había hecho cambiar de opinión, él le respondió sin ambages que a su relación con la que iba a convertirse en su esposa le faltaba algo: una chispa, una conexión.
– Quizás es que soy un romántico incurable -dijo-, pero sabía que podía amar a alguien más de lo que la amaba a ella.
Desde esa tarde pasaron muchas horas al teléfono, y salieron varias veces al cine y a cenar antes de que él intentara besarla. Ella sabía que Eduardo se lo tomaba con calma y se lo agradecía, aunque llevaba deseando que la besara desde aquella primera tarde en el café. Él llegó a buscarla con un ramito de flores silvestres y luego la llevó a un restaurante de La Costanera cuyos ventanales daban al río. No dejaron de hablar ni de mirarse a la luz de las velas. Después de cenar, él sugirió dar un pequeño paseo a la orilla del río. María sabía que Eduardo iba a besarla y de repente se puso nerviosa y se quedó callada. Caminaron durante un rato sin decir nada hasta que el silencio se hizo casi insoportable. Por fin él la tomó de la mano y la sostuvo entre las suyas con firmeza. Luego se detuvo y le tomó la otra, tirando de ella hasta que quedaron uno frente al otro.
– María -dijo.
– ¿Sí?
– Llevo… llevo queriendo…
Aquello era demasiado. María deseó que se decidiera y la besara de una vez.
– Adelante, Eduardo. Yo también lo deseo -susurró por fin. Inmediatamente contuvo el aliento ante su propio descaro. Él parecía aliviado al haber recibido su consentimiento. Por un momento María temió que la experiencia fuera a resultar extrañamente desagradable, pero cuando él le puso la mano en la cara y sus temblorosos labios sobre los suyos, la besó con una seguridad que no había imaginado. Más tarde, cuando ella le contó lo que había sentido, él sonrió con orgullo y le dijo que ella le daba la confianza para poder hacer cualquier cosa.
Chiquita y Miguel estaban al tanto de las citas de su hija con el doctor Maraldi. Algunas noches se habían quedado hablando de aquel romance sentados en la cama. Chiquita rezaba todas las noches antes de irse a dormir para que Eduardo cuidara de su niña y la hiciera olvidar al horrendo Facundo. Rezaba con tanto fervor que a veces se despertaba con las manos todavía firmemente juntas. Cuando la pareja anunció su compromiso a finales del verano, Chiquita susurró una silenciosa palabra de agradecimiento antes de abrazar a su hija con lágrimas en los ojos.
– Mamá, no sé si merezco todo esto -dijo María cuando estuvo a solas con su madre-. Eduardo es todo lo que quiero. Es cariñoso, divertido y excéntrico. Le amo por cómo le tiemblan las manos cuando maneja objetos frágiles, por cómo tartamudea cuando se pone nervioso, por su humildad. Soy muy afortunada, afortunadísima. Ojalá Sofía estuviera aquí y pudiera verme. Se alegraría por mí, estoy segura. La echo de menos, mamá.
– Todos la echamos de menos, cariño. Muchísimo.
Capítulo 24
Londres, 1974
Sofía llegó a Londres a mediados de noviembre de 1974 totalmente desmoralizada. Miró el cielo gris y la llovizna y echó de menos su país. Su prima le había reservado habitación en el Claridges.
– Está justo al lado de Bond Street -le había dicho, entusiasmada-, la calle comercial más fascinante de Europa.
Pero Sofía no quería ir de compras. Se sentó en la cama y se quedó mirando por la ventana la lluvia implacable que parecía caer flotando del cielo. Hacía frío y había mucha humedad en el aire. No le apetecía salir a la calle. No sabía demasiado bien qué hacer, así que llamó a Dominique para decirle que había llegado bien. Oyó llorar al pequeño Santiaguito mientras hablaba con su prima y se le hizo un nudo en el corazón. Se acordó de sus deditos y de sus pies perfectos. Cuando colgó fue hasta donde estaba su maleta y buscó dentro. Sacó un pequeño cuadrado de muselina blanca y se lo llevó a la nariz. Olía a Santiaguito. Se acurrucó en la cama y lloró hasta quedarse dormida.
El Claridges era un hotel magnífico, de techos altos y bellísimas molduras en las paredes. Los empleados eran encantadores y atendían todas sus necesidades tal como Dominique le había avanzado.
– Pregunta por Claude, él cuidará de ti -le aconsejó. Sofía dio con Claude, un hombre bajito y gordo con una calva brillante que le daba a su cabeza el aspecto de una pelota de ping-pong. En cuanto mencionó a Dominique, a Claude se le puso la cabeza como un tomate hasta la mismísima coronilla. Mientras se secaba la frente con un pañuelo blanco le había dicho que si necesitaba algo, lo que fuera, no dudara en pedirlo. Su prima era una muy buena clienta del hotel, de hecho la clienta más encantadora. Tendría mucho gusto de ayudarla en lo que pudiera.
Sofía sabía que debía buscar piso y trabajo, pero en ese momento no se sentía con fuerzas, así que se dedicó a dar largos paseos por Hyde Park y a conocer su nueva ciudad. Si no le hubiera pesado tanto el corazón habría disfrutado de la libertad de descubrir Londres sin tener a sus padres o a algún guardaespaldas a su lado. Podía ir a cualquier parte y hablar con todo el mundo sin la menor desconfianza. Vagó por las calles, mirando los escaparates que resplandecían con los adornos de Navidad. Hasta visitó algunas galerías y unas cuantas exposiciones. Se compró un paraguas en una tiendecita de Picadilly. Sería su compra más rentable.
Londres no se parecía en nada a Buenos Aires. No daba la sensación de ser una gran ciudad. Más bien parecía un pueblo grande. Las casas eran bajas, y las aceras de las calles, llenas de árboles y perfectamente conservadas, giraban una y otra vez de manera que era imposible saber adónde llevaban. Buenos Aires estaba construido a partir de un sistema de manzanas perfectamente organizadas. Uno siempre sabía dónde desembocaban las calles. Sofía tenía la sensación de que Londres era una ciudad resplandeciente y ordenada como una perla recién pulida. Comparada con ella, su ciudad natal parecía sucia y destartalada. Pero Buenos Aires era su hogar y lo echaba de menos.
Un par de días más tarde empezó a buscar piso. Siguiendo el consejo de Claude, habló con una señora llamada Mathilda que trabajaba en una agencia inmobiliaria de Fulham. Mathilda le encontró un pequeño apartamento de una habitación en Queen's Gate. Encantada con su nuevo piso, Sofía salió a comprar todo lo necesario para equiparlo. En realidad el apartamento estaba totalmente amueblado, pero Sofía quería hacerlo suyo: su pequeña fortaleza en esa tierra extraña. Compró un edredón, alfombras, una vajilla, jarrones, libros para poner en la mesita del café, cojines y cuadros.
Ir de compras hizo que se sintiera mejor y se aventurara a salir, a pesar de la terrible oleada de atentados que azotaba Londres esos días. Una de las bombas estalló en Harrods y otra en la puerta de Selfridges. Pero Sofía no tenía televisión y no se molestaba en comprar el periódico. Se enteraba de las noticias por boca de los taxistas que, según su opinión, eran el grupo de hombres más alegre que jamás había conocido. Los taxis londinenses estaban limpísimos y eran muy espaciosos y los autobuses eran adorables, como modelos en miniatura de una ciudad de juguete.