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La Trama China

Электронная книга - «La Trama China». Краткое содержание книги:

La trama china explora el fascinante y emocionante mundo de las regiones más remotas de China, donde la lealtad, la codicia y el amor se enfrentan con aterradoras consecuencias.
La detective china Liu Hu-lan y su prometido, el abogado estadounidense David Stark, se ven enfrentados a una asombrosa trama de violencia y conspiración cuando una vieja amiga -de una aldea del interior de China- le pide a Hu-lan que descubra la verdad sobre el sospechoso suicidio de su hija.
El caso resulta alarmantemente personal por partida doble, ya que involucra el propio pasado de la detective y el siniestro secreto de una fábrica estadounidense de juguetes ligada al bufete de David.
Una subyugadora novela de intriga, con una ambientación generosa en matices y enriquecida con la complejidad de las relaciones entre dos culturas diferentes.
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– ¿Ha tenido ocasión de ver los documentos que le envié? -le preguntó en voz baja.

– Sí -contestó David. Por mucho que intentara creer en la inocencia de su cliente, cada vez estaba más convencido de que era culpable.

– Tenemos que hablar.

– Ayer intenté verlo. Me dijeron que estaba ocupado.

Sun frunció el ceño, pero al instante se suavizó.

– Lamento la molestia. Mañana iré a su despacho a las diez. ¿Le parece bien? -Sun no esperaba contestación, así que levantó la voz y dijo-: David, esta noche disfrutará. La comida del restaurante del hotel es exquisita. -Y le cedió el paso mientras entraban en el comedor.

En el salón se habían dispuesto tres mesas, cada una con diez cubiertos. Las tarjetas indicaban el sitio de cada invitado con el fin de mantener el protocolo. David y Hu-lan fueron situados en la mesa de presidencia, junto al gobernador Sun, Randall Craig, Miles Stout, Doug y Henry Knight, uno de los subordinados de Randall y un viceministro de la COSCO, la principal empresa de transportes china. Nixon Chen también había conseguido sentarse allí.

Al contrario que en los restaurantes chinos de otras partes del mundo, donde la comida se dejaba en el centro de la mesa, los banquetes en China se servían bandeja tras bandeja en platos individuales. El primer plato ofrecía tres variedades frías: medusa troceada, pollo asado y lomo de cerdo agridulce. Como bebida se servía mao tai, un licor fuerte que muy pronto despertó la locuacidad en el salón.

Al cabo de pocos minutos David comprendió el motivo por el que habían sentado a Nixon Chen en la mesa. Era jovial e irreverente. Hacía los brindis. Bromeaba sobre su bufete (el mejor y más rentable de China), sobre el regreso de David (“¡Crees que bromeo cuando digo que me arruinarás el negocio! Todo el mundo quiere al nuevo abogado americano”, sobre el amor entre David y Hu-lan (“¡Un amor que ha superado dos continentes, dos décadas y un océano!”). entretenía a los comensales con sus recientes hazañas gastronómicas. Seguía frecuentando el Tierra Negra, donde otros antiguos asociados de Phillips, MacKenzie amp; Stout se reunían una vez a la semana para comer y hacer contactos comerciales, pero había encontrado un nuevo local que le gustaba mucho.

– Igual que el Tierra negra, el restaurante de comida occidental Jade Otoñal es de ambiente nostálgico. No estoy hablando de esos antros de Shanghai, con gángsters y hermosas fulanas. Éste es digno de la generación de mis padres, un homenaje a los años cincuenta y a las relaciones con los soviéticos. Nunca había probado platos como los que sirven allí. Si quieres algo sencillo, es ideal. Me entiendes, ¿no?

El mayor interés de Nixon era el gobernador Sun. Resultó que ya se conocían y bromearon sobre amigos mutuos y conocidos del mundo de los negocios. Pero el tema preferido de Nixon era él mismo.

– Todos los días, cuando voy al despacho, pienso en cómo puedo haber llegado tan alto. Recuerdo a diario la Revolución Cultural y mis años en la granja Tierra Roja con Liu Hu-lan. ¿Conoce el lugar, gobernador Sun? Está en su provincia natal, en Shanxi, no muy lejos de Taiyuan.

– Abogado Chen, muchas personas recuerdan la granja. Era un lugar modélico y llevé allí a muchos visitantes.

Nixon hizo una mueca y dijo:

– Nunca lo vimos, ¿verdad Hu-lan?

– Yo tampoco recuerdo haberlos visto, abogado Chen -contestó Sun.

– Es lógico. Usted era uno y nosotros mil. Además, estábamos demasiado ocupados trabajando la tierra bajo ese sol del demonio.

– Ese sol del demonio, como usted dice, es el mismo para todos -respondió Sun con amabilidad-. Y, por mucho que me guste Pekín, hace el mismo calor aquí que en el campo. Aunque aquí no se ve el azul del cielo, sólo humo, polvo de carbón y polvo de Mongolia. -Desvió la atención hacia Hu-lan y dijo-: ahora comprendo quién es usted, señorita Liu, ¿o debo llamarla inspectora Liu? Señores, nuestra bella compañera de mesa es la hija de un famoso ciudadano chino y ella misma una persona notable.

Doug hizo la pregunta que intrigaba a los estadounidenses.

– ¿qué es usted exactamente? ¿Agente de policía?

Nixon Chen estalló en una carcajada.

– ¿Agente de policía? Pertenece al Ministerio de Seguridad Pública. ¿Sabe lo qué es? -Doug no respondió a la pregunta y Nixon continuó-: ¡Mejor que lo sepa! Es como el FBI o el KGB. Liu Hu-lan es una de las mejores inspectoras. Pez pequeño o pez gordo, a ella le da lo mismo. Los pesca, los abre en canal y los pone en la olla. ¿Con Liu Hu-lan estás cocido!

Mientras Nixon hablaba, David observó las reacciones de los demás. Sun parecía indiferente, igual que Randall Craig. Henry miró a su hijo, que esquivaba su mirada. Le dio la impresión de que Doug intentaba llamar la atención de alguien de la mesa contigua, pero no pudo ver quién era. Miles estaba rojo, como siempre, pero su expresión era la misma que utilizaba en los tribunales: tranquila y despreocupada. Hu-lan parecía divertida.

– Les diré dónde lo aprendió -comentó Nixon, mientras servían un segundo plato de calamares salteados-. En la granja Tierra Roja. Allí había que ser implacable.

– Fue una época negra para todos -comentó Sun.

Hu-lan, que había leído el dangan de Sun, sabía que para él no había sido así.

– Usted sólo era un visitante, nosotros teníamos que vivir y trabajar allí y en lugares parecidos -dijo.

– O incluso peores, como los campos de trabajos forzados -añadió Sun.

– Cualquiera que lea un periódico o vea la televisión sabe que mi padre pasó una temporada en el campo de Reeducación Pitao, en la provincia de Sicuani. Para algunas personas, como mi padre y yo, las historias de buenas y malas acciones, de sacrificios y castigos, son del dominio público. Para otros… -Hu-lan dejó la frase en el aire, esperando que Sun aceptara el reto.

Sin embargo, Sun era un político. En su carrera, el éxito iba unido a la habilidad para esquivar cuestiones espinosas.

– Los medios de comunicación son un juego ineludible, inspectora. Creo que muchos de sus problemas se deben a la inexperiencia. Los deja que digan lo que quieran. Nunca se defiende. No responde con una sonrisa. No trabaja entre bastidores para ganarse amigos. Y en lugar de controlar lo que dicen, reacciona contra ellos.

– Ése es el enfoque occidental. ¡Usted ha visto muchas películas americanas! -contestó Hu-lan.

– Tiene razón. ¿Sabe cuándo vi esas películas? Al final del a guerra con Japón. Las tenían para los soldados americanos que nos ayudaron. ¿Lo recuerda, Henry?

Henry se limitó a asentir con la cabeza.

– Después vi otras, y recuerdo la forma en que los personajes se mantenían firmes en sus convicciones. Un rasgo muy americano, ¿no le parece? No tener miedo a decir lo que uno piensa, creen en el derecho a madurar, a cambiar y a ser libre.

– Son palabras como ésas las que le hicieron popular en China -dijo Nixon.

– Son palabras que todos quisiéramos seguir -aclaró Sun.

– Por eso usted está en el centro del poder.

Sun inclinó la cabeza, aceptando modestamente el cumplido.

– Peor esto no es Estados Unidos. Hoy puedo decir muchas cosas, pero mañana quién sabe -señaló.

– Tal vez el mañana nos traiga mayor libertad. No se puede parar el reloj de la historia -dijo Nixon.

– Yo sólo quiero que mi provincia prospere y mejorar la calidad de vida de mi gente.

Era pura demagogia y Randall Craig, igual que otros comensales, se apuntó.

– Personas como usted convertirán a China en una gran potencia.

– Señor Craig, son las personas como usted quienes lo harán posible.

Hu-lan miró a David. ¿Era el primer paso de una nueva relación basada en dinero ilegal que cambiaba de manos? David miró a Miles, pero su socio sonreía y encarnaba el papel del gran mecenas. Entonces miró a Henry. Ese hombre, que solía ser tan alegre, parecía cada vez más deprimido.

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