A barlovento [Look to Windward - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-9800-339-0
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «A barlovento [Look to Windward - es]». Краткое содержание книги:
Provocó la destrucción de dos soles y de los miles de millones de vidas que sustentaban.
Ahora, ochocientos años después, la luz del primero de estos antiguos errores ha llegado al orbital de la Cultura Masaq. La luz del segundo podría no llegar a hacerlo.
—Comandante —dijo Visquile. Le dio unas palmaditas a Quilan en el codo—. Nos van a llevar. —Levantó una mano cuando Quilan abrió la boca para preguntar a dónde—. Es mejor que no pregunte quién ni a dónde, comandante, porque no puedo decírselo. —Sonrió—. Solo finja que seguimos adelante utilizando nuestra propia potencia. Es más fácil. No tiene de qué preocuparse, aquí dentro estamos seguros. Muy seguros. —Le tocó la extremidad media con la suya—. Le veo en la cena.
Pasaron otros veinte días. Quilan siguió poniéndose en forma. Estudió las historias antiguas de los Implicados. Pero un día despertó y se encontró de repente con que la nave hacía ruido a su alrededor. Encendió la pantalla de la cabina y vio el espacio que tenía delante. Las pantallas de navegación seguían desconectadas, pero él observó el exterior de la nave a través de los diferentes sensores y ángulos distintos y no reconoció nada hasta que vio una borrosa forma de Y y supo que estaban en algún lugar de las afueras de la galaxia, cerca de las Nubes.
No sabía qué era lo que los había llevado hasta allí en solo veinte días, pero tenía que ser mucho más rápido que sus propias naves. Se preguntó qué sería.
La nave corsaria se encontraba en una burbuja de vacío dentro de un inmenso espacio verde azulado. Un tembloroso ramal de atmósfera de tres metros de diámetro salió fluyendo con lentitud, para reunirse con su exclusa de aire exterior. Al otro lado del tubo flotaba algo parecido a una aeronave pequeña.
Cuando pasaron, el aire se enfrió por un instante antes de irse calentando poco a poco a medida que se acercaban a la aeronave. El ambiente parecía cargado. Bajo sus pies, el túnel de aire parecía tan dócil y flexible como la madera. Quilan llevaba su propio y modesto equipaje, Eweirl cargaba con dos inmensas bolsas de equipo como si fuesen simples bolsos y a Visquile lo seguía un dron civil que llevaba sus maletas.
La aeronave medía unos cuarenta metros, era un único elipsoide gigante de color morado oscuro, recubierto por una funda de piel de aspecto liso con largas vetas amarillas de puntillas que se rizaban poco a poco bajo el aire cálido, como las aletas de un pez. El tubo llevó a los tres chelgrianos a una pequeña góndola que había colgada debajo del navío.
La góndola parecía algo que hubiera crecido solo, en lugar de ser una construcción, como la cáscara vacía de una fruta inmensa; no parecía tener ventanas hasta que subieron a bordo, haciendo que la nave se inclinara un poco, pero los paneles vaporosos dejaban entrar la luz y hacían que el suave interior resplandeciera con una luz de color verde pastel. El interior era cómodo. El tubo de aire se disipó tras ellos cuando el iris de la góndola se cerró.
Eweirl se colocó los auriculares, se puso el visor y se recostó en su asiento, aparentemente ajeno a todo. Visquile se sentó con el bastón plateado plantado entre los pies y la cabeza redondeada bajo la barbilla y se puso a mirar por una de las ventanillas vaporosas.
Quilan solo tenía una vaga idea de dónde estaba. Antes del encuentro, ya hacía varias horas que veía aquel objeto oblongo y gigante con forma de ocho alargado que giraba poco a poco. La nave corsaria se había acercado con mucha lentitud, al parecer solo con el propulsor de emergencia y la cosa aquella, (el mundo, como empezaba a verlo, tras haber hecho un cálculo aproximado de su tamaño) no había hecho más que irse agrandando cada vez más, invadiendo el paisaje que tenían delante, pero sin traicionar todavía ningún detalle.
Al fin uno de los lóbulos del cuerpo había bloqueado la vista del otro y pareció que al fin se acercaban a un planeta inmenso de resplandeciente agua de color verde azulado.
Se veían lo que podrían ser cinco soles pequeños que giraban con la inmensa forma, aunque parecían demasiado pequeños para ser estrellas. Su posición implicaba que habría otros dos, ocultos tras el mundo. Cuando se aproximaron más y coordinaron su velocidad rotacional con la del mundo, se acercaron lo suficiente como para ver la muesca que se estaba formando y a la que se dirigían, con el diminuto punto morado justo detrás, Quilan vio dentro lo que parecían capas de nubes, apenas insinuadas.
—¿Qué es este sitio? —dijo Quilan sin intentar ocultar la sorpresa y el asombro que traicionaba su voz.
—Las llaman aerosferas —dijo Visquile. Parecía receloso y satisfecho, y no especialmente impresionado—. Esto es un ejemplo de lóbulos gemelos giratorios. Es la aerosfera Oskendari.
La aeronave bajó y se hundió un poco más en el aire cargado. Atravesaron una capa de nubes finas, como islas flotando en un mar invisible. La aeronave se bamboleó cuando atravesó la capa. Quilan estiró el cuello para ver las nubes, iluminadas desde abajo por un sol que se encontraba muy por debajo de ellas. Experimentó una repentina sensación de desorientación.
Un poco más abajo salió algo de la bruma que le llamó la atención, una forma inmensa de una tonalidad más oscura que el azul que los rodeaba. Cuando la aeronave se acercó, vio la inmensa sombra que arrojaba la forma y que se estiraba hacia arriba, hacia la calima. Una vez más lo golpeó algo parecido al vértigo.
A él también le habían dado un visor. Se lo puso y aumentó lo que veía. La forma azul desapareció entre un brillo trémulo de calor. Se quitó el visor y utilizó solo los ojos.
—Un behemotauro dirigible —dijo Visquile. Eweirl había vuelto de repente con ellos, se quitó el visor y se cambió al lado de la góndola en el que estaba Quilan para poder mirar, con lo que por un momento desequilibró la aeronave. La forma que tenían debajo se parecía un poco a una versión plana y más complicada de la nave en la que ellos estaban. Unas formas más pequeñas, algunas parecidas a otras aeronaves, algunas con alas, volaban sin prisas a su alrededor.
Quilan vio surgir los rasgos más pequeños de la criatura cuando bajaron hacia ella. La piel que envolvía al behemotauro era azul y morada, y también poseía largas líneas de pálidas puntillas verdes y amarillas que ondeaban por el cuerpo y parecían impulsarlo. Unas aletas gigantes sobresalían en la parte superior y en los lados, coronadas por largas protuberancias bulbosas, como los tanques de combustible de las puntas de las alas de los antiguos aviones. La línea de la cumbre y los costados la recorrían unas grandes cordilleras festoneadas de color rojo oscuro, como tres enormes espinas que la encerraran. Otras protuberancias, bulbos y morones le cubrían la parte superior y los lados, produciendo en general un efecto simétrico que solo se rompía a un nivel más detallado.
Al acercarse todavía más, Quilan tuvo que pegarse contra el marco de la ventanilla de la góndola de la pequeña aeronave para ver los dos extremos del gigante que tenía debajo. La criatura debía de medir unos cinco kilómetros de largo, quizá más.
—Este es uno de sus dominios —continuó el estodien—. Tienen siete u ocho más distribuidos por las afueras de la galaxia. Nadie sabe con seguridad cuántos hay. Los behemotauros son tan grandes como montañas y más viejos que Matusalén. Son inteligentes, al parecer; restos de una especie que se sublimó hace más de un billón de años. Claro que, solo es lo que se dice. Este se llama el Sansemin. Está en poder de aquellos que son nuestros aliados en este asunto.
Quilan le dirigió una mirada inquisitiva al anciano. Visquile, todavía encorvado sobre su resplandeciente bastón, se limitó a encoger los hombros.
—Los conocerá, a ellos o a sus representantes, comandante, pero no sabrá quiénes son.