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READ-E-BOOK » Космическая фантастика » A barlovento [Look to Windward - es]
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A barlovento [Look to Windward - es]

Электронная книга - «A barlovento [Look to Windward - es]». Краткое содержание книги:

Fue uno de los incidentes menos gloriosos de una antigua guerra.
Provocó la destrucción de dos soles y de los miles de millones de vidas que sustentaban.
Ahora, ochocientos años después, la luz del primero de estos antiguos errores ha llegado al orbital de la Cultura Masaq. La luz del segundo podría no llegar a hacerlo.
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Les encanta su pequeña existencia aislada de todo, ¿no?

~ Sí, les encanta.

Recordó una galería no muy distinta de aquella, en Shaunesta, en Chel. Fue antes de que se casaran, un año, más o menos, después de conocerse. Habían estado paseando de la mano y se habían parado a mirar el escaparate de una joyería. Quilan le había echado un vistazo bastante despreocupado a todas aquellas alajas y se había preguntado si podría comprarle algo a su novia. Entonces la oyó hacer aquel ruidito, una especie de siseo de elogio, pero apenas audible, «Mmm, mmm, mmm, mmm».

Al principio supuso que estaba haciendo aquel ruido para hacerlo reír. Había tardado unos momentos en darse cuenta que no solo no era por eso, sino que ni siquiera era consciente de que estaba haciendo ruido.

Y al darse cuenta sintió de repente que su corazón estaba a punto de estallar de amor y alegría. Se giró, la cogió en sus brazos y la abrazó, riéndose de la expresión sorprendida, confusa y absurdamente encantada de su novia.

~ ¿Quil?

~ Perdona. Sí.

Alguien se echó a reír en el suelo de la galería, abajo. Una carcajada aguda, gutural, femenina, desenfrenada y pura. La oyó reverberar por las superficies duras de la calle cerrada y recordó un lugar donde no había ningún eco.

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Se habían emborrachado la noche antes de irse; el estodien Visquile con su extenso séquito, incluyendo al fornido Eweirl, con su pelo blanco, y él. Un risueño Eweirl tuvo que ayudarlo a levantarse de la cama al día siguiente. Unos segundos bajo una ducha fría lo despertó un poco y luego lo llevaron directamente al ADAC y de allí, con el suborbital, al campo, después a la ciudad de Lanzamiento del Ecuador, donde un vuelo comercial los subió a un pequeño Orbitador. Un ex corsario desmilitarizado de la marina los esperaba allí. Ya habían abandonado el sistema, rumbo al espacio profundo, cuando comenzó a remitir la resaca y se dio cuenta de que lo habían elegido a él para hacer lo que fuera que tenía que hacer y recordó lo que había pasado la noche antes.

Se encontraban en un antiguo comedor decorado con las cabezas de varios animales de presa que adornaban tres de las paredes; la cuarta pared de puertas de cristal se abría a una estrecha terraza que se asomaba al mar. Soplaba una brisa cálida y estaban abiertas todas las puertas para dejar entrar en el bar el olor del océano. Les servían dos sirvientes Invisibles ciegos, vestidos con pantalones y chaquetas blancas, que les traían las varias graduaciones de licores fermentados y destilados que requería cualquier borrachera.

La comida era escasa y salada, una vez más como dictaba la tradición. Se propusieron brindis, se jugó a beber y se volvió a beber, y Eweirl y otro participante de la fiesta, que parecía casi tan corpulento como el macho de pelo blanco, se abrieron camino por la pared de la terraza, de un extremo a otro, guardando el equilibrio, con la caída de doscientos metros a un lado. El otro macho fue primero, Eweirl lo ganó parándose a medio camino y engullendo una copa de licor.

Quilan bebió el mínimo requerido, se preguntaba a qué contribuía todo aquello y sospechaba que hasta esa aparente celebración formaba parte de una prueba. Intentó no aguarles mucho la fiesta a los demás y se unió a varios de los juegos con un entusiasmo forzado que pensó que todos notarían.

La noche fue pasando. Poco a poco, la gente se fue retirando a sus colchones ondulados. Después de un rato ya solo quedaban Visquile, Eweirl y él, servidos por el más grande de los dos Invisibles, un macho incluso más fornido que Eweirl que se abría paso entre las mesas con una destreza sorprendente; su cabeza, vendada de verde, se balanceaba de un lado a otro y sus ropas blancas lo hacían parecer un fantasma bajo la luz tenue.

Eweirl lo hizo tropezar un par de veces, en la segunda ocasión incluso le hizo tirar una bandeja de vasos. Cuando lo vio, Eweirl echó la cabeza hacia atrás y lanzó una sonora carcajada. Visquile lo miró como un padre indulgente mira a su hijo malcriado. El gran sirviente se disculpó y regresó a tientas a la barra para regresar con una escoba y un recogedor.

Eweirl se tomó otra copa de licor, al ver que el sirviente levantaba una mesa con una mano para quitarla del medio, lo retó a echar un pulso. El Invisible declinó, así que Eweirl le ordenó que participase, cosa que el criado hizo, y ganó.

Eweirl se quedó jadeando por el esfuerzo mientras el robusto Invisible volvía a ponerse la chaqueta, inclinaba la cabeza vendada de verde y regresaba a sus obligaciones.

Quilan estaba desplomado en su sillón ondulado contemplando los acontecimientos con un ojo cerrado. A Eweirl no parecía haberle hecho gracia que le hubiera ganado el sirviente. Bebió un poco más. El estodien Visquile, que no parecía muy borracho, le hizo a Quilan algunas preguntas sobre su mujer, su carrera militar, su familia y sus creencias. Quilan recordó que había intentado no mostrarse evasivo. Eweirl observaba al gran Invisible, que cumplía con sus tareas; su cuerpo blanco parecía tenso y enroscado.

Quizá todavía encuentren la nave, Quil le decía el estodien. Puede que todavía haya restos. La Cultura, sus conciencias, nos ayudan a buscar las naves perdidas. Quizá todavía aparezca. Ella no, por supuesto. Ella está perdida. Los desaparecidos dicen que no hay señal, no hay rastro de que su Guardián de Almas haya funcionado. Pero quizá todavía encontremos la nave y sepamos más de lo que pasó.

No importa dijo Quilan. Está muerta. Eso es todo lo que importa. Nada más. Me da igual todo lo demás.

¿También le da igual su propia supervivencia después de la muerte, Quilan? preguntó el estodien.

Eso menos que nada. No quiero sobrevivir. Quiero morir. Quiero ser lo mismo que es ella. Sin más. Nada más. Nunca más.

El estodien asintió en silencio, dejó caer los párpados y una pequeña sonrisa jugueteó por su rostro. Después miró a Eweirl. Quilan también lo observó.

El macho de pelo blanco había cambiado de sitio sin ruido. Esperó hasta que se acercó el gran Invisible y después se puso de repente en pie y se colocó en su camino. El sirviente chocó con él y derramó tres copas de licor sobre el chaleco de Eweirl.

¡Puto torpe! ¿Es que no miras por dónde vas?

Lo siento, señor. No sabía que se había movido. El sirviente le ofreció a Eweirl un paño que llevaba en la cintura.

Eweirl lo tiró al suelo.

¡No quiero ese trapo! le gritó. He dicho que si no miras por dónde vas. Cogió el borde inferior de la banda verde que cubría los ojos del otro macho. El gran Invisible se encogió por instinto y se apartó un poco. Eweirl le había colocado una pierna detrás, el sirviente tropezó y cayó y Eweirl se hundió con él entre un torbellino de copas rotas y sillas volcadas.

Eweirl se levantó tambaleándose y alzó al gran macho con él.

Me quieres atacar, ¿verdad? Me quieres atacar, ¿verdad? chilló. Le había bajado la chaqueta al sirviente por los hombros, hasta los brazos, de tal modo que estaba medio indefenso, aunque, de todos modos, el sirviente no parecía estar resistiéndose. Permanecía allí de pie, sin inmutarse, mientras Eweirl le gritaba.

A Quilan aquello no le gustaba. Miró a Visquile, pero el estodien seguía observando con expresión tolerante. Quilan se levantó de la mesa ante la que estaban enroscados. El estodien le puso una mano en el brazo pero, él se la apartó.

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