La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Se despertó al día siguiente con los gritos de la calle. Saltó rápidamente de su cama, un tosco banco de madera con un colchón de paja, para ver qué ocurría. El sol acababa de salir, y su brillante luz anaranjada confería un engañoso encanto a todo el entorno: a la gastada tela roja que sus vecinos los Pereira usaban como cortina y al camino polvoriento y lleno de basuras que conducía a su chabola. Las nubes parecían bolas de algodón rosado en el cielo. Una muñeca de las que solían tener los hijos de los esclavos, hechas de restos de telas y rellenas de granos de café, arroz o maíz, estaba en un charco que emitía reflejos dorados. Todo esto lo vio Félix mientras se estiraba y bostezaba ante la ventana. Pero no pudo ver de dónde provenían las voces. ¿Qué significaba todo aquello, sobre todo un domingo y después de una fiesta? Aquellos días normalmente no se movía nadie ni nada antes de la hora de ir a la iglesia. Félix se puso sus modestos pantalones de algodón a toda prisa y se los ató mientras salía corriendo al exterior. En la esquina de su chabola, desde la que podía ver toda la calle, se quedó parado. Se restregó los ojos para espantar el sueño y se pasó la mano por su corta cabellera encrespada, en la que había algunas pajas de su agujereado colchón.
– ¡Panda de canallas! ¡A la cárcel habría que mandaros, allí es donde deberíais estar!
Tía Nélida agarraba por la oreja a un muchacho que, con la cara desencajada por el dolor, gritaba:
– ¡Pero yo no he sido, Tita! ¡Le juro por Dios que soy inocente!
– ¡No te atrevas a mencionar el nombre de Dios con tu sucia boca, piojoso engendro del diablo!
Otros dos chicos se acercaron sin que Nélida se diera cuenta. Seguro que querían liberar a su compinche de las garras de la vieja. Pero Félix fue más rápido. Corrió hacia ellos, dio un salto y, a diferencia de lo que había aprendido en la capoeira, golpeó con fuerza en la tripa al mayor de los dos, mientras que el otro recibía un golpe en la cabeza. Nélida estaba tan sorprendida que se descuidó un segundo, y el pequeño ladrón salió corriendo. Los otros dos le siguieron retorciéndose de dolor. La vieja sacudió la cabeza.
– ¡Ya os pillaré! -gritó a los muchachos. Luego se volvió hacia Félix con una amplia sonrisa en su boca desdentada.
– ¡Félix, hijo! ¿Desde cuándo sabes hacer esas cosas?
No se la entendía bien, pero aquella no era la causa del gesto de perplejidad de Félix. ¿Estaba soñando? ¿O había ejecutado un golpe maestro que en sus horas con Feijáo no había conseguido hacer nunca? ¿Y por qué no había más testigos aparte de esa vieja a la que nadie escuchaba porque no se la entendía? Félix estaba sumamente orgulloso del éxito de su actuación, pero también algo asustado. Para él era nuevo que los movimientos que Feijáo le había enseñado a realizar de forma que no dañaran a nadie pudieran tener tal eficacia.
Cuando se le pasó la sorpresa, Félix preguntó a la vieja mujer qué había ocurrido realmente.
– Mientras estábamos todos en el baile, estos pequeños bribones se dedicaron a robar. A nosotros nos quitaron un saco de maíz. Cuando me he dado cuenta esta mañana, he ido inmediatamente al cobertizo donde, como todos sabemos, viven esos muchachos, y les he pillado escondiendo un espejo igual al que he visto recientemente en casa de los Santos. ¿Para qué quieren esos tunantes un espejo? ¡Si ni siquiera tienen que afeitarse! Te diré lo que pienso, Félix: creo que el diablo se ha apoderado de ellos.
Félix escuchó sólo a medias las confusas explicaciones de Nélida sobre cómo podían liberar del demonio a aquellos muchachos. No, le dio a entender a Tía Nélida, sería mejor informar a Sergio y a los demás hombres que formaban el consejo municipal. Se les consultaba tanto en caso de conflicto entre vecinos, como en las acusaciones de fraude contra los comerciantes o en las peleas entre el tabernero y los clientes que se marchaban sin pagar, pues en aquel país ninguno de los habitantes de los barrios pobres podía confiar en la justicia. Se podía consentir que los muchachos cometieran sus fechorías en la ciudad. Pero si robaban a su propia gente, había que hacer algo rápidamente.
Fernanda también había oído el jaleo en la calle. Se había asomado a la ventana y lo había visto todo. Casi aplaudió tras la impresionante exhibición de Félix. ¡Cómo había dejado fuera de juego a los malhechores con un único salto! ¡Su Félix! Antes de que él pudiera verla, cerró las contraventanas. Quería dormir un poco más, la noche anterior había vuelto muy tarde. Pero una de las maderas crujió, y por una pequeña rendija pudo ver cómo Félix miraba hacia donde ella estaba.
Cuando se terminó la misa, el sol estaba ya muy alto. Félix buscó a Fernanda entre la gente que salía de la iglesia y subía lentamente la colina. Había oído sus contraventanas, cuyo crujido era inconfundible para él. ¡Tenía que haberle visto! Durante toda la misa no había pensado en otra cosa, incluso durante el sermón había importunado al Buen Dios con su poco cristiana petición: «¡Por favor, Señor que estás en el Cielo, haz que me haya visto!»
Félix apartó a una niña que planteaba a Fernanda alguna estúpida cuestión sobre el sermón. Flávia, así se llamaba la pequeña, perseguía siempre a Fernanda, no dejaba de importunarla con sus preguntas y hacía impertinentes observaciones que molestaban a todos menos a Fernanda. Félix no tuvo el más mínimo reparo en espantar a la niña.
– Ah, hoy estás firmemente decidido a parecer el coco, ¿no? -le dijo Fernanda, mirándole con gesto burlón.
– Eso no está bien, ¿verdad, professora? -lloriqueó la niña, esperando que Fernanda la defendiera.
– No, Flávia, es muy descortés por su parte. Pero tú tampoco debes escuchar las conversaciones de los adultos, ¿no? -dijo Fernanda con su más estricta voz de profesora.
La niña siguió andando a su lado con la cabeza gacha y lágrimas en los ojos. Félix movió impacientemente la mano como si estuviera espantando moscas, hasta que Flávia le entendió, rompió en sollozos y se marchó.
Félix miró a Fernanda. ¡Ella le había visto! Aceleró el paso e hizo a Fernanda una señal para que le siguiera. No quería repetir su proeza allí, delante de tanta gente, para que luego se rieran de él. Tenía prisa por llegar a casa para coger su pizarra. Nunca se la llevaba a la iglesia o cuando iba a hacer recados por el barrio, donde no le servía de nada porque casi nadie sabía leer y escribir. Pero la pizarra era de un valor inestimable para comunicarse con Fernanda. Le permitía explicar cosas para las que no había gestos.
– ¡Por favor, Félix, tendrías que verte! Pareces un pavo real -Fernanda frunció los labios en una forzada sonrisa que, a medida que continuaba hablando, se volvió más amplia y abierta sin que ella lo pretendiese-. Bueno, vale, lo admito. Tu número de circo no ha estado mal.