La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Todos en el barrio sabían que los chavales, sobre todo los chicos entre siete y catorce años, su unían en bandas y robaban en el centro de la ciudad todo lo que podían. La policía iba de vez en cuando al barrio, y siempre encontraba algún objeto robado. Pero era difícil encontrar pruebas, pues los chicos solían robar, además de comida, objetos que eran de poco valor para sus propietarios. ¿Cómo se podía probar que habían conseguido de forma ilegal un brillante puchero nuevo, una cuerda especialmente fuerte o una prenda de vestir de cierta calidad? Los muchachos salían casi siempre indemnes de la situación, pero para el resto de la población del mísero barrio la continua presencia de la policía era una carga añadida. Cada poco tiempo se les sometía a interrogatorio, se revolvían sus chabolas, se les trataba como delincuentes. Y para Félix, Fernanda y otros antiguos esclavos que habían conseguido escapar, esas visitas significaban una tortura aún mayor. Aunque la probabilidad de que siguieran buscándolos después de tanto tiempo era escasa, seguían teniendo miedo a que los capturaran. En tales situaciones la única que no se escondía era Fernanda, que con una estatura media y un rostro sin características especiales apenas corría peligro de ser reconocida. Cuando uno de los agentes de la ley la interrogaba, ella se mantenía muy tranquila. «No, teniente, no conozco a nadie que corresponda a esa descripción». O bien: «No, delegado, no creo que aquí vivan esclavos fugitivos. Si me entero de algo se lo comunicaré inmediatamente, por supuesto».
No era la sangre fría lo que le confería esa tranquilidad. Fernanda parecía haberse creído la historia que desde hacía dos años contaba a todo el mundo, incluso a Zeca: era hija de un modesto artesano y de una mujer de piel oscura, y siendo niña había trabado amistad con un joven blanco del vecindario que la había enseñado a leer y escribir. Se había trasladado a Río de Janeiro porque pensaba que allí tendría más oportunidades en su profesión de maestra. Todos parecían creer esa versión, y únicamente Félix conocía la verdad.
Subió la pendiente respirando con dificultad. No le extrañaba que Fernanda prefiriera a Zeca antes que a él. Ya no estaba en forma. El trabajo en la oficina no requería el más mínimo esfuerzo físico. El único ejercicio que hacía era subir hasta su chabola. Las piernas de Félix eran fuertes, pero sus brazos eran casi la mitad de vigorosos que los de Zeca. Y a las mujeres les gustaban los hombres robustos. Quizás debería emplear parte de su tiempo libre en entrenar sus músculos en lugar de leer los libros que León Castro le dejaba. O podía tomar prestado el bote de remos de Olavo más a menudo. O también podía aprender el arte de la capoeira.
Había visto alguna vez a Feijáo y a un par de negros llegados de Bahía ejercitando esa danza-lucha, y le había impresionado profundamente el control que los hombres tenían de sus cuerpos. Era fascinante ver con qué agilidad realizaban contorsiones acrobáticas, saltos y volteretas, apoyados sobre una mano y abriendo las piernas en el aire. Cuando dos hombres danzaban juntos parecían dos rivales que luchaban entre sí. Daba la sensación de que iban a darse golpes y patadas con brazos y piernas, pero no llegaban a tocarse. Sus extremidades parecían girar, volar, danzar a su alrededor. El ritmo lo imponía el berimbau, un instrumento de cuerda que tocaba uno de los capoeiristas que rodeaban en semicírculo a los danzantes. Era un espectáculo de una gracia extraordinaria, en el que, cuando los protagonistas dominaban el arte, no se apreciaba la fuerza que se escondía detrás. Se decía que la capoeira había surgido en las senzalas, en los barracones en que vivían los esclavos en las plantaciones de caña de azúcar y cacao de Bahía. Como a los esclavos les estaba prohibido todo lo que pudiera llevarles a pelearse o defenderse, incluso el perfeccionamiento de su dominio del cuerpo, habían camuflado sus refinadas técnicas de lucha como una danza. En tiempos de libertad no era necesario ya ese camuflaje, pero la capoeira había sobrevivido. Y Félix quería aprenderla.
Unas horas más tarde, cuando se le había pasado ya el mal humor, Félix se armó de valor y fue a ver a Feijáo.
– ¡Precisamente estaba esperando a una media ración como tú! -dijo Feijáo.
Era bastante más alto que Félix, a pesar de lo cual a éste le pareció injusto que le llamara “media ración”. Félix medía un metro ochenta, y en realidad sólo se le podía considerar poca cosa si se le comparaba con aquel gigante bien entrenado. Félix se encogió de hombros e intentó que no se notara su decepción. Pero cuando se iba a marchar, Feijáo le tocó en el hombro.
– Espera. No quería decir eso. Estás en perfectas condiciones. Te enseñaré capoeira si tú me haces un favor.
Félix levantó las cejas sorprendido. ¿Qué podía hacer por un hombre que tenía mejor presencia que él y era unos años mayor?
– ¿Sí? ¿Me harás un favor? -dijo Feijáo, que había notado la perplejidad de Félix.
Félix no esperó a saber qué era lo que quería de él. Hizo un gesto de asentimiento, y le invitó a que le dijera en qué consistía exactamente el favor.
– Todos en el barrio saben que no sólo lees y escribes correctamente, sino que además tienes un buen empleo. La gente se burla de ti, pero en realidad sólo tienen envidia. Se dice que conoces a León Castro. Quizás podrías hablar con él. Puede que necesite a alguien como yo, fuerte y de confianza. ¿Sabes? Hoy en día es difícil encontrar un buen trabajo, un trabajo llevadero y que esté bien pagado. Y, créeme, si sigo picando piedra me voy a volver loco.
Félix asintió. No quería mostrar a Feijáo lo halagado que se sentía. Pero tampoco quería que se notara que no le resultaría fácil ayudarle. Veía muy poco a León, y sabía que había colas de gente esperando para pedirle favores. Ni siquiera un hombre con tantas influencias como León Castro podía ocuparse de todos los negros que necesitaban su ayuda. Pero bueno, pensó Félix, lo intentaría.
Le sonrió a Feijáo tendiéndole la mano para cerrar el trato.
Una semana más tarde Félix tuvo la ocasión de pedirle a León un trabajo para Feijáo.
– ¿Es amigo tuyo? -preguntó León.
Félix asintió.
– ¿Y es un buen trabajador? ¿Honrado, diligente, responsable?
«Por supuesto», le dio a entender Félix. En realidad no conocía a Feijáo lo suficiente como para recomendarlo de ese modo, pero pensaba que podría cumplir los requisitos que exigía León.
– Está bien, le veré. Dile a tu amigo que venga mañana un poco antes de las ocho.
León no sabía dónde podría colocar al hombre. Pero dado que era una recomendación de Félix y que el muchacho no le había pedido favores para otras personas, atendería su solicitud.
Cuando aquella tarde Félix subió la cuesta que llevaba a su chabola, se sentía tan aliviado que la subida no se le hizo tan pesada como otras veces. Había ido dando largas a Feijáo, y temía encontrarse con su maestro de capoeira. Éste le preguntaba siempre por los resultados de su entrevista con León Castro, y Félix tenía que inventarse nuevas excusas. ¡Pero hoy tenía buenas noticias para Feijáo!
Feijáo se puso tan contento como un niño pequeño cuando se enteró de que León Castro tenía tiempo para recibirle. Félix intentó refrenar un poco su euforia. Al fin y al cabo, sólo se trataba de una primera entrevista, y eso no significaba que León tuviera un trabajo para Feijáo. Pero Feijáo no podía dejar de pensar que su miseria se había acabado por fin. ¡Un trabajo sencillo, un buen sueldo y tiempo para disfrutar de la vida! Invitó a todos sus amigos en el bar del fondo de la calle y pidió tres botellas de aguardiente de caña de azúcar, de las que él casi se bebió una entera. Con la alegría de la celebración Félix no se atrevió a explicarle a Feijáo que León tampoco podía hacer magia. Si encontraba un empleo para Feijáo se trataría también de un trabajo duro y no muy bien pagado.