Al borde del Acantilado
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Al borde del Acantilado». Краткое содержание книги:
– No era tan malo. Cenaba con nosotros, con la familia. Habíamos empezado con una niñera, pero cuando llegó el momento de ir al colegio contrataron a una institutriz. Para mi hermana mayor y para mí. Cuando nació mi hermano pequeño (que es diez años menor que yo, ¿te lo había dicho?) todo eso ya había terminado.
– Pero es tan… Tan encantadoramente antiguo. -Lynley percibió la carcajada en la voz de Daidre.
– Sí, ¿verdad? Pero era eso, el internado o la escuela del pueblo, donde nos mezclaríamos con los niños de allí.
– Con su espantoso acento de Cornualles -señaló Daidre.
– Exacto. Mi padre estaba decidido a que siguiéramos sus pasos, que no conducían a la escuela del pueblo. Mi madre estaba igual de decidida a no mandarnos a un internado a los siete años…
– Una mujer sabia.
– … así que llegaron al acuerdo de ponernos una institutriz hasta que la espantamos con la cordura apenas intacta. Y a partir de entonces fuimos a la escuela del pueblo, que era lo que nosotros queríamos. Sin embargo, mi padre debía comprobar nuestro acento todos los días, o eso parecía. Dios nos librara de sonar normales.
– ¿Ya falleció?
– Hace muchos años. -Lynley se aventuró a mirarla. Daidre estaba examinándolo y se preguntó si estaría pensando en el tema de la educación y en por qué hablaban de ello-. ¿Y tú? -le preguntó, e intentó sonar informal. Se dio cuenta de que se sentía incómodo. En el pasado, intentar hacer caer a un sospechoso en una trampa no le había supuesto ningún problema.
– Mis padres tienen una salud de hierro.
– Me refería al colegio -dijo.
– Ah. Me temo que fue tediosamente normal.
– ¿En Falmouth, entonces?
– Sí. Mi familia no es de las que mandan a los hijos a un internado. Fui a la escuela del pueblo, con toda la chusma.
La había pillado. Era el momento en que normalmente Lynley habría hecho saltar la trampa, pero sabía que podría habérsele pasado alguna escuela en algún lugar. Podría haber estudiado en un colegio que ahora estuviera cerrado. Descubrió que quería darle el beneficio de la duda. Dejó correr el tema. Realizaron el resto del viaje hasta Pengelly Cove en un ambiente cordial. Él habló de cómo su vida de privilegios le había conducido a ser policía; ella habló de su pasión por los animales y cómo esa pasión la había llevado de rescatar erizos, aves marinas, pájaros cantores y patos a la facultad de Veterinaria y, al final, al zoo. La única criatura del mundo animal que no le gustaba, confesó, era el ganso de Canadá.
– Están invadiendo el planeta -declaró-. Bueno, al menos parece que están invadiendo Inglaterra.
Afirmó que su animal preferido era la nutria: de río o de mar. No era maniática en cuanto a las nutrias.
En Pengelly Cove fue cuestión de unos minutos descubrir en la oficina de correos -un único mostrador en la tienda polivalente del pueblo- que en los alrededores vivía más de un Kerne. Eran todos descendientes de un tal Eddie Kerne y su mujer, Ann. Kerne mantenía una propiedad curiosa que él llamaba Ecocasa a unos ocho kilómetros del pueblo. Ann trabajaba en la posada Curlew Inn, aunque el empleo parecía una sinecura en estos momentos porque estaba envejeciendo mal después de sufrir una apoplejía algunos años atrás.
– Hay Kernes por todo el lugar -les dijo la jefa de la oficina de correos. Era la única trabajadora de la tienda, una mujer de pelo gris de edad incierta, pero sin duda avanzada, a quien habían encontrado cosiendo un botón minúsculo en una camisa blanca de niño. Se pinchó el dedo con el alfiler mientras trabajaba. Dijo «maldita sea, joder» y «perdón» y limpió una mancha de sangre en la chaqueta de punto azul marino antes de seguir hablando-. Si salen fuera y gritan el apellido Kerne, habrá diez personas en la calle que se giren y digan «¿qué?».
Examinó la resistencia del arreglo y cortó el hilo con los dientes.
– No tenía ni idea -dijo Lynley. Mientras Daidre miraba un centro frutal deprimente que había justo detrás de la puerta de la tienda, él compró unas postales que no enviaría nunca, además de sellos, un periódico local y un tubo de caramelos de menta que sí probaría-. ¿Los primeros Kerne tuvieron una buena prole, entonces?
La jefa de la oficina de correos cobró los artículos.
– Siete hijos en total tuvieron Ann y Eddie. Y todos siguen por aquí excepto el mayor. Benesek, creo. Se marchó hace siglos. ¿Son amigos de los Kerne? -La mujer miró a Lynley y luego a Daidre. Parecía dubitativa.
Lynley contestó que no era un amigo. Sacó su placa de policía. La expresión de la señora se alteró. Las palabras «poli» y «cautela» no podrían haber estado escritas más claramente en su rostro.
– El hijo de Ben Kerne ha muerto -le dijo Lynley.
– ¿De verdad? -preguntó ella, llevándose una mano al corazón. Inconscientemente, se cogió el pecho izquierdo-. Oh, Dios mío. Qué noticia tan triste. ¿Qué le ha pasado?
– ¿Conocía usted a Santo Kerne?
– Por aquí no hay nadie que no conozca a Santo. A veces se quedaban con Eddie y Ann cuando él y su hermana eran pequeños. Kerra se llama la chica. Ann los traía a comprar dulces o helados. Pero Eddie no, Eddie nunca. No viene al pueblo si puede evitarlo. Hace años que no viene.
– ¿Por qué?
– Unos dicen que por orgullo. Otros que por vergüenza. Pero Ann no. Además tenía que trabajar para que Eddie pudiera cumplir su sueño de vivir ecológicamente.
– ¿Vergüenza por qué? -preguntó Lynley.
Ella sonrió brevemente, pero Lynley sabía que no tenía nada que ver con la simpatía o el buen humor, sino con el hecho de reconocer la posición que ostentaba cada uno en aquel momento: él, el interlocutor profesional y ella, la fuente de información.
– Es un pueblo pequeño -dijo-. Cuando a alguien le van mal las cosas, pueden irle peor. Ya me entiende.
Podría ser una afirmación sobre los Kerne, pero también sobre sí misma y Lynley lo entendía. Como era la jefa de la oficina de correos y la tendera, sabría bastante sobre lo que sucedía en Pengelly Cove. Como vivía en el pueblo, también sabría que lo más prudente era tener la boca cerrada y no contar cosas que no importaban a un forastero.
– Tendrá que hablar con Ann o Eddie -dijo-. Ann tiene problemillas con el habla por culpa de la apoplejía que tuvo, pero Eddie le hinchará la cabeza, supongo. Hable con Eddie. Estará en casa.
Les dio las indicaciones para llegar a la propiedad de los Kerne, que resultó ser una finca de varias hectáreas al noreste de Pengelly Cove, una antigua granja de ovejas transformada por los esfuerzos de una familia por vivir ecológicamente.
Lynley se dirigió solo a las tierras después de que Daidre decidiera quedarse en el pueblo hasta que él hubiera terminado sus asuntos con los Kerne. Entró en la propiedad por una verja oxidada que estaba desintegrándose y se extendía delante de un sendero pedregoso pero no estaba cerrada. Recorrió más o menos un kilómetro antes de ver una estructura en mitad de la ladera. Era una mezcolanza arquitectónica hecha de adobe y cañas, piedras, tejas, maderos, andamios y láminas de plástico grueso. La casa podría ser de cualquier siglo. Era un milagro que se mantuviera en pie.
No muy lejos de ella, una noria daba vueltas a los pies de un canal, ambos construidos toscamente. La primera parecía ser una fuente de electricidad, a juzgar por su conexión a un generador descomunal pero oxidado. El segundo parecía redirigir un arroyo para que abasteciera de agua a la noria, un estanque y luego varios canales que regaban una huerta enorme. Parecía recién sembrada, a la espera del sol de finales de primavera y del verano. Cerca se amontonaba una gran pila amorfa de abono.
Lynley aparcó junto a un grupo de bicicletas viejas. Sólo una tenía las ruedas hinchadas y todas estaban oxidadas hasta el punto de la desintegración. No parecía haber una ruta directa a la puerta delantera o trasera de la casa. Un sendero serpenteaba vagamente desde las bicicletas hacia el andamio, pero en cuanto llegaba se transformaba en unos ladrillos que se abrían paso entre las malas hierbas pisoteadas. Pasando de un grupo de ladrillos al otro, Lynley por fin llegó a lo que parecía ser la entrada de la casa: una puerta tan picada por el clima, la putrefacción y los insectos que resultaba difícil creer que funcionara.