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Al borde del Acantilado

Электронная книга - «Al borde del Acantilado». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley ya no es comisario de la policía de Londres. Tras el brutal asesinato de su mujer embarazada, no había ninguna razón para permanecer en la ciudad y en su puesto. Es por eso que decide volver a los parajes de su infancia e intentar recuperarse allí del golpe que acaba de recibir. Sin embargo, parece que no va a resultar nada fácil alejarse del crimen. Mientras se encuentra haciendo trekking por los campos de Cornualles, se tropieza con el cadáver del joven Santo Kerne, quien aparentemente se despeñó de un acantilado. Aunque en seguida se hace obvio que alguien manipuló el equipo de alpinismo del chico, Lynley decide investigar por su cuenta y no comparte toda la información que cae en sus manos con la verdadera encargada del caso: la subinspectora Bea Hannaford, una policía capaz y resolutiva, pero algo malcarada. Lo que sí hace es llamar a su antigua compañera Barbara Havers para pedirle ayuda. Havers que tiene órdenes de asistir a la subinspectora y de conseguir que Lynley reanude su actividad como detective en Londres, se dirigirá a Cornualles donde parece que hay una inacabable retahíla de sospechosos de haber podido matar a Kerne: amantes despechadas, padres decepcionados, surfistas expertos, antiguos compañeros de colegio y una madre demente. Cada uno de ellos tiene un secreto que guardar y por el que merece la pena mentir en incluso matar.
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– Señor, si no le importa que… -Habló con tanto cuidado que Lynley ya supo qué iba a decir.

– ¿Sí?

– ¿Regresará a Londres conmigo?

Volvió a sentarse. No la miró a ella, sino al plato: los restos del pastel de carne, los guisantes y las zanahorias que había evitado con esmero. Era todo típico de Havers, pensó. La comida, las zanahorias, los guisantes, la conversación que habían mantenido y también la pregunta.

– Havers… -dijo.

– Por favor.

Entonces la miró. Facciones feas, ropa fea, peinado feo. La esencia de lo que era. Detrás de la máscara de indiferencia que mostraba al mundo vio lo que había visto en ella desde el principio: su seriedad y su honestidad, una mujer entre un millón, su compañera, su amiga.

– A su debido tiempo. Ahora no, a su debido tiempo.

– ¿Cuándo? -le preguntó ella-. ¿Puede al menos decirme cuándo?

Lynley miró por la ventana, que daba al oeste. Pensó en lo que había en esa dirección. Reflexionó sobre los pasos que había dado hasta ahora y el resto de pasos que le quedaban por dar.

– Tengo que recorrer el resto del camino -le dijo-. Después, ya veremos.

– ¿Sí? -le preguntó.

– Sí, Barbara. Ya veremos.

Fin

Agradecimientos

Querría expresar mi gratitud a las personas que me han ayudado a recabar la información necesaria para escribir esta novela, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos.

En Cornualles, me gustaría dar las gracias a Nigel Moyle y Paul Stickney de la tienda de surf Zuma Jay's en Bude por ayudarme a comprender cómo es el surf en Cornualles, tan distinto al que se practica en Huntington Beach, California, donde viví muchos años. También me gustaría dar las gracias a Adrian Phillips de Fluidjuice Surfboards en St. Merryn y Kevin White de Beach Beat Surfboards en St. Agnes por todo lo que compartieron conmigo sobre la fabricación de tablas de surf, tanto las de styrofoam como las nuevas tablas de fibra de carbono huecas por dentro.

Al norte de la bahía de Widemouth, Rob Byron de Outdoor Adventures me puso al tanto de la escalada y de todo lo relacionado con este deporte. Reuní más detalles gracias a Toni Carver en St. Ives.

Alan Mobb de la policía de Devon y Cornualles tuvo la bondad de ponerme al corriente de las actuaciones policiales en Cornualles y tuvo la amabilidad de hacerlo por segunda vez cuando descubrí que mi grabadora no había registrado la información la primera.

Recogí más datos en la Geevor Tin Mine, la Blue Hills Tin Streams, los Lost Gardens de Heligan y la Cornish Cyder Farm, la parroquia de Gwithian, la iglesia de Zennor y en casa de Des Sampson en Bude.

Una vez más, Swati Gamble resultó ser una fuente valiosísima de información en Londres y respondió encantada a mis preguntas sobre diversos temas, por lo que le estoy sumamente agradecida.

En Estados Unidos, los experimentados surfistas Barbara y Lou Fryer fueron los primeros en hablarme de la última ola de Mark Foo y también me han proporcionado más datos sobre la práctica del surf para que pudiera intentar escribir los pasajes sobre el agua con un mínimo de verosimilitud. El doctor Tom Ruben me facilitó los detalles médicos. Una vez más, Susan Berner accedió gentilmente a leer un segundo borrador del libro y aportó su magnífica valoración crítica habitual y mi ayudante Leslie Kelly realizó una investigación extraordinaria en más temas de los que podría enumerar en estas líneas: desde el roller derby hasta las acrobacias de BMX.

Tal vez la mayor muestra de amabilidad la tuvo Lawrence Beck, quien se tomó la molestia de rescatar la fotografía del difunto Jay Moriarty que necesitaba para completar la novela.

Algunos libros que me resultaron útiles fueron: Inside Maverick's, Portrait of a Monster Wave, editado por Bruce Jenkins y Grant Washburn; Tapping the Source, de Kern Nunn; Surf UK, de Wayne Alderson; Bude Past and Present, de Bill Young y Bryan Dudley Stamp; y distintas guías sobre el sendero de la costa suroccidental.

Finalmente, gracias a mi marido, Thomas McCabe, por su apoyo, entusiasmo y aliento constantes; a mi ayudante, Leslie Kelly, por la gran cantidad de tareas que realiza para que yo tenga tiempo de dedicarme a escribir; a mis editoras en Estados Unidos y Reino Unido -Carolyn Marino y Sue Fletcher, respectivamente- por no pedirme nunca que escriba algo que se salga de mi visión del trabajo; y a mi agente literario, Robert Gottlieb, que pilota la nave y traza el rumbo.

Y, por supuesto, a aquellos que os reunís en el Petri Dish. Vosotros sabéis quiénes sois. B____________________ T____________________. Somos uno.

Whidbey Island, Washington

2 de agosto de 2007

Elizabeth George

***
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