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La verdad sobre el caso Savolta

Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:

«Le tengo un gran cariño porque recuerdo su elaboración como una época especialmente intensa de mi vida literaria, llena de ilusiones, de esfuerzos angustiosos y resultados sorprendentes, de decisiones que en mi inexperiencia eran trascendentales. Podría decir que me jugaba el todo por el todo, o que puse toda la carne en el asador, dos frases hechas cuyo significado no acabo de entender muy bien.» Eduardo Mendoza En un período de neutralidad política (Barcelona 1917-1919), una empresa fabricante de armas abocada al desastre económico por los conflictos laborales es el telón de fondo del relato de Javier Miranda, protagonista y narrador de los hechos. El industrial catalán Savolta, dueño de ese negocio que vendió armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y de las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballerías hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que situó a Eduardo Mendoza entre los narradores españoles más destacados de las últimas décadas.
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La casa vacía me constriñó el corazón. Recorrí los aposentos, acaricié los muebles y grabé uno por uno los objetos minúsculos que personalizaban nuestra morada en mi mente, asociando un recuerdo a cada uno. Me preguntaba qué sucedería ahora, qué giro insólito iban a tomar nuestras vidas. E indagaba con angustia las causas que podían haber impulsado a María Coral al suicidio. Pronto habría de despejarse la incógnita. Aquella misma tarde, después de haber descabezado un sueño fugaz e inquieto, me lavé y afeité y acudí de nuevo al hospital. El ambiente no era el mismo: los pasillos estaban desiertos, los médicos charlaban pausadamente, alguna que otra monjita se deslizaba en la penumbra de las galerías portando una bandeja con frascos e instrumental. El hospital había perdido su aire de mercado y vuelto a la atmósfera académica y gravé de la normalidad. Encontré al doctor en su despacho. Me informó del estado de María Coral, satisfactorio, y me permitió visitarla rogándome que fuera prudente y que tratase, a toda costa, de inyectarle optimismo. Entré solo en la nave de los pacientes y con paso temeroso me aproximé a la cama de mi mujer. María Coral tenía los ojos cerrados, pero no dormía. La llamé por su nombre, me miró y esbozó una sonrisa.

– ¿Cómo te encuentras? -pregunté muy bajo.

– Cansada y con malestar en el estómago -respondió.

– El médico dice que pronto estarás como antes.

– Ya lo sé. Y tú, ¿cómo estás?

– Bien. Un poco asustado todavía.

– Te debiste llevar una gran impresión, ¿verdad?

Fijé la mirada en el suelo para que no viera las lágrimas que brotaban incontenibles. Recordé que tenía que dar ánimos a la enferma y pensé una broma.

– Este mes nos costará una fortuna la factura del gas.

– No menciones el gas, por el amor de Dios. ¿Cómo puedes ser tan bruto?

– Perdona, sólo quise hacer un chiste.

– ¿Y a santo de qué tenemos que hacer chistes ahora?

– El médico dijo…

– Déjales que digan. No saben nada de nada. Nosotros tenemos cosas más importantes de qué hablar.

– ¿Ah, sí?

María Coral volvió a caer en un estado de postración que me alarmó. Pero sólo duró unos segundos. Volvió a mirarme con la fijeza propia de los moribundos.

– Javier, ¿tú me quieres?

Con gran asombro por mi parte, pues creía conservar intactas mis dudas de antaño -aquellas dudas que tanto habían escandalizado a Perico Serramadriles cuando le comuniqué mi próxima boda- las palabras salieron solas.

– Sí -dije-, siempre te he querido. Te quise la primera vez que te vi, ahora te quiero más que nunca y te querré siempre, sea cual sea tu conducta, hasta el día de mi muerte.

María Coral suspiró, cerró los ojos y murmuró:

– Yo también te quiero, Javier.

La puerta de la sala se había abierto y el médico se aproximaba con la clara intención de advertirme que debía salir. Me apresuré a despedirme de María Coral.

– Adiós. Mañana volveré a primera hora. ¿Quieres que te traiga algo?

– No, tengo de todo. ¿Te vas ya?

– Es preciso. Ahí viene el doctor.

Había llegado junto a nosotros e interrumpió la despedida, de lo cual me alegré, porque sentía un hormiguero dentro del cuerpo.

– A nuestra enfermita le conviene descansar, señor Miranda. Mañana será otro día. Tenga la bondad.

– No se preocupe por mí, doctor -dijo María coral cuando salíamos, alzando la voz-. Ahora ya sé que me curaré del todo.

Una vez en la calle respiré hondo. Había confesado la verdad y eso me producía un gran alivio y un incómodo desasosiego.

En los días que siguieron a la infausta verbena, la salud de María Coral experimentó una notable mejoría. Su estado de ánimo era excelente y pronto le permitieron levantarse y dar paseos por los jardines que rodeaban el hospital. La temperatura era cálida y el cielo brillante y azul, sin mancha de nube. Durante aquellos apacibles paseos hablábamos de cosas triviales. Procurando no rozar temas íntimos ni aludir al pasado ni a nuestra situación. Desde la visita de Max no habíamos vuelto a saber de Lepprince. Perico Serramadriles llamaba de vez en cuando a casa y se interesaba por nosotros. Un día, cuando nos disponíamos a iniciar el paseo, apareció el médico y nos comunicó que el estado de María Coral era satisfactorio y que al día siguiente iban a darla de alta.

– Anímese, señora -dijo el doctor con su mejor intención-. Mañana regresará usted a casa y podrá reanudar su vida como antes.

Una vez nos hubo dejado solos, María Coral empezó a sentirse mal y su rostro se ensombreció.

– ¿Qué haremos ahora, Javier? -me decía.

– No lo sé. Algo se nos ocurrirá. Ten confianza en mí -le contestaba para tranquilizarla, si bien yo compartía sus temores. Desde la verbena no había vuelto a pisar la oficina, se acercaba el día de pago y no teníamos dinero. ¿Qué hacer? Caminamos en silencio por las avenidas flanqueadas de setos y macizos de flores. Los enfermos, en sus sillas de ruedas, nos saludaban blandamente. De pronto María Coral se detuvo frente a mí.

– ¡Tengo una idea!

– Vamos a ver.

– Emigremos a los Estados Unidos.

– ¿Emigrar?

– Sí, eso es: hacemos el equipaje y nos vamos a vivir a los Estados Unidos.

– ¿Y por qué a los Estados Unidos?

– Me han hablado maravillas de los Estados Unidos. Siempre soñé con ir allá. Es un país lleno de posibilidades para la gente joven. Se gana mucho dinero, hay libertad, puedes hacer lo que te dé la gana y nadie te pregunta quién eres, qué piensas ni de dónde vienes.

– Pero, niña, allí hablan inglés y nosotros no sabemos una palabra…

– ¡Tonterías! Está lleno de inmigrantes de todos los países. No vamos a dar conferencias y, además, un idioma se aprende, ¿o no?

– Sí, claro, pero ¿en qué voy a trabajar si no sé hablar?

– En cualquier cosa. Puedes cuidar ganado.

– ¡Qué locura! ¡Ganado!

– Bien, hay otras posibilidades, aparte del ganado. Verás lo que se me ha ocurrido: tú podrías aprender inglés, al principio, hasta que fueras capaz de desenvolverte; yo, entre tanto, trabajaría para los dos Puedo volver a mi antiguo número de circo.

– ¡Eso sí que no!

– Bah, no seas ridículo. Mira qué idea más estupenda: podríamos ir a Hollywood: allí sí me darían trabajo como acróbata en las películas de luchas y caballistas. Tú podrías también 'trabajar en el cine. Para eso no hay que hablar ningún idioma.

No pude reprimir la risa al imaginarme convertido en un peliculero, ataviado con un sombrero de alas anchas, cabalgando por el desierto a tiro limpio.

– Soy demasiado feo -argumenté.

– También lo es Tom Mix -cortó María Coral muy seria.

La vi tan entusiasmada con la idea que no quise defraudarla. Esa noche, solo en casa, pensé, calculé, hice cuentas y me sorprendió el alba sin haber hallado solución alguna. Por la tarde fui en busca de María Coral y la traje a casa en un coche de alquiler. Había llenado la estancia de flores, pero el peso de los recuerdos latentes causó un efecto depresivo en ella. Se metió en la cama y, con ayuda de un sedante recetado por el médico, cayó en un sueño reparador del que no se despertó hasta muy avanzado el día.

Por la tarde vino Perico Serramadriles de visita. Traía un ramillete de claveles y trató por todos los medios de mostrarse natural y desenvuelto, pero la conversación se deslizaba sobre ruedas cuadradas. Yo sabía lo que pasaba en aquellos momentos por la mente de mi amigo y no hice nada por suavizar la situación, sabiendo inútil cualquier esfuerzo en tal sentido. Recordé la impresión que me produjo María Coral la primera vez que la vi, en el cabaret: el hálito inmoral y misterioso que la envolvía hacían de la infeliz un ser al que sólo se mira con un cuerpo destinado al placer de ricos y osados. Perico Serramadriles, demasiado simple, falto del cinismo que da la experiencia, no se atrevió a romper la barrera de las apariencias y su natural pusilánime se amilanó al enfrentarse con una leyenda materializada. La entrevista fue fugaz y tensa. Cuando nos despedimos supe que jamás volveríamos a vernos. Al regresar junto a María Coral, por influjo del ausente, la miré como a un fruto prohibido para un pobre pasante de abogado, como a un manjar reservado a las mesas de los Lepprince. Estaba violento y María Coral, irritada.

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