La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
– Por el amor de Dios, María Coral -la reprendí en uno de los escasos momentos en que nos vimos libres de moscones-, ¿quieres dejar de comportarte como una cocotte?
– ¿Una cocotte? -dijo ella, que suplía su ignorancia con una perspicacia muy considerable-. ¿Quieres decir una putilla fina?
Yo asentí sin desarrugar el entrecejo.
– ¡Pero, Javier, si es lo que soy! -respondió alegremente, devolviendo con una sonrisa el guiño de un general caduco y pisaverde.
La exótica belleza de mi mujer no había dejado de causar efecto apenas pusimos el pie en la casa. Los más provectos y sesudos caballeros remedaban en su presencia, con ridícula extravagancia, los modales desenvueltos del calavera de opereta. Yo sentía una mezcla de vanidad y celos que me sacaba de mis casillas.
– ¿Qué, cómo va esa vida, hijo? Muy solicitado te veo -dijo Cortabanyes, que venía en mi busca con un cliente pegado a los talones.
– Ya ve usted -dije yo señalando a María Coral, que por entonces departía con un canónigo-, perdiendo el tiempo y la dignidad.
– ¡Ah, quien puede perder es que algo tiene! -recitó el abogado-. ¿Y ese trabajo, qué tal anda?
– Lento, pero inexorable -respondí en son de broma.
– Pues habrá que acelerarlo, hijo. Esta noche se prevén acontecimientos trascendentales.
– ¿Y eso?
– Pronto lo verás -dijo bajando la voz y llevándose un dedo a los labios.
– ¿Y qué opina usted -terció el cliente que no estaba dispuesto a interrumpir su conversación- de la guerra de Marruecos?
Cortabanyes me hizo una seña y yo intervine para descargarle del fardo que le había tocado en suerte.
– Feo asunto, en efecto.
– No me diga usted -dijo el cliente aferrándose a su nuevo interlocutor como un náufrago a una tabla-. ¡Es intolerable! Cuatro negrotes de mierda zurrándole la badana a un país que años ha conquistó América.
– Los tiempos han cambiado, señor mío.
– No son los tiempos -protestó el pelmazo con una vehemencia que contrastaba con la indiferencia general-, sino los hombres. Ya no hay políticos como los de antes. ¿Qué fue de Sagasta y de Cánovas del Castillo?
La llegada del rey interrumpió nuestra charla. Los invitados corrieron a hincarse a los pies de los ilustres visitantes y Cortabanyes aprovechó la oportunidad para unirse a nosotros.
– ¿Los ves? Como gallinas cuando el granjero les arroja el alpiste -agitó la cabeza con aire desolado-. Así no iremos a ninguna parte. ¿Te acuerdas de cuando querían linchar a Cambó?
Dije que sí, que lo recordaba. Ahora Cambó era ministro de Hacienda en el gobierno Maura.
El rey saludaba con amabilidad y escuchaba loas y peticiones con aburrida indiferencia, deambulando por el salón con paso grave, los hombros ligeramente abatidos, avejentado en plena juventud, una leve sombra de melancolía en su dulce sonrisa.
– Hay papeles por el suelo. Míralos, no pierdas el tiempo. Ya tendrás ocasión de lloriquear en el funeral.
Cortabanyes se arrodilló y empezó a revisar los papeles esparcidos aquí y allá.
– ¡Pobre Pere! Hacía más de treinta años que nos conocíamos. Era un buen hombre, un hombre íntegro, incapaz de una deslealtad. Aún recuerdo el día que murió su hijo. Mateo, se llamaba… ¡Qué familia más desgraciada! Pere quería que su hijo fuera un perfecto caballero y lo mandó a estudiar a Oxford. Ahorraban al céntimo para costear los estudios de Mateo. En Oxford contrajo una pulmonía que acabó con él. Volvió para morir aquí, en esta misma casa.
– ¿A qué vienen ahora estas historias lacrimógenas? -gruñó Lepprince.
– Mira -dijo Cortabanyes mostrando a titulo explicativo los papeles esparcidos por el suelo-. Esto leía el pobre Pere cuando le mataron.
Lepprince tomó lo que le tendía el abogado: un pliego amarillento por los años y el uso, y empezó a leer.
«Queridos padres: Recibo con alegría la noticia de que se encuentran ustedes bien de salud. Yo no me puedo quejar, aunque los rigores del invierno, que no parecen terminar nunca, impiden que acabe de curar este catarro que me tiene muy molesto. Sí, aquí, como en las novelas, llueve siempre…»
La carta estaba fechada el 15 de marzo de 1889. Lepprince la dejó en el suelo y leyó el principio de la siguiente.
«Querido padre: No deje que ésta llegue a manos de mi madre, pero mi salud empeora y desde hace una semana tengo frecuentes accesos de fiebre. Los médicos dicen que no hay motivos de alarma y todo lo atribuyen a este clima, tan duro. Afortunadamente, falta ya poco para los exámenes y pronto estaré de vuelta para pasar con ustedes las vacaciones. No pueden figurarse cuánto les echo de menos. Solo y enfermo en este país admirable, pero extraño, no hago más que pensar en Barcelona…»
– ¡A1 diablo! -exclamó Lepprince-. Ayúdame a colocar la mesa como estaba.
Volcaron la mesa procurando no hacer ruido. Cortabanyes lloraba ruidosamente.
– Vámonos -dijo Lepprince-. Aquí no está. Sospecho que no ha existido nunca esa maldita carta.
VI
Pasó la primavera y el verano deslumbrante, plomizo y húmedo atenazó la ciudad y el alma de sus habitantes. El clima repercutió en la frágil constitución de María Rosa Savolta, cuyo avanzado estado de gestación la hizo más sensible a los rigores del estío. El quebranto de salud agravó su hipertensión. Dejamos de frecuentar la mansión y únicamente nos veíamos en las excursiones dominicales. Pronto cesaron éstas y perdimos contacto con los Lepprince. María Rosa Savolta no salía de casa y, en ella, raramente de su alcoba. De vez en cuando sobresaltaba a la servidumbre con su espectral aparición, silenciosa, doliente, con el rostro inmutable y los ojos fijos, estupefactos. Recorría la casa arrastrando los pies, enfundada en un largo peinador, desgreñada y pálida, con el fatalismo sobrecogedor con que un pez recorre los bordes de su pecera. Nosotros, María Coral y yo, alejados de los Lepprince, quedamos desvinculados de la sociedad, encerrados en nuestro estrecho mundo de relaciones corteses y de lazos intangibles y ambiguos. Así nació en mí un hirviente rencor contra las circunstancias en que me hallaba, rencor que por entonces no lograba justificar y que ahora, con la perspectiva y serenidad que dan los años transcurridos, veo claro: la resultante de muchos sentimientos acallados y de muchas ilusiones olvidadas demasiado pronto. Día a día aumentaba mi exasperación. Empecé a ser grosero con María Coral y a usar con ella de una ironía tan burda como hiriente. A1 principio María Coral fingía ignorarme; luego saltó. Tenía el genio vivo y las réplicas le brotaban sin esfuerzo. Discutíamos por naderías y nos insultábamos hasta quedar exhaustos. Una noche de junio, verbena de San Juan, los acontecimientos se precipitaron.
Sucedió que nos peleamos y le arrojé a la cara cuantos reproches me vinieron a las mientes. Estaba muy excitado y la batalla dialéctica se inclinaba a mi favor: María Coral resollaba, tenía los ojos húmedos y los hombros alicaídos. Parecía un boxeador en decadencia. Por último, con la voz rota, me suplicó que me callara, que no le hiciese más daño. Yo debía de tener nublado el cerebro, porque arremetí con nuevos bríos. María Coral se levantó de su silla y abandonó el saloncito. La seguí por los pasillos, entró en su habitación, cerró la puerta y corrió el cerrojo. El diablo me dominaba: tomé carrerilla y cargué mi hombro contra la puerta. Cedió la hoja, saltaron astillas y se desprendieron los goznes. María Coral estaba en pie, frente a la cama, dando evidentes muestras de temor. La tomé en mis brazos, la abracé y la besé. ¿Con ánimo de humillarla? ¡Quién sabe! Ella no se resistió, no hizo el menor movimiento, como ausente o como muerta. Me arrodillé a sus pies y enlacé su cintura. Entonces me rechazó de un rodillazo que dio conmigo en tierra. De un brinco me incorporé de nuevo. María Coral se había tendido en la cama, con los brazos y las piernas separados, los párpados sellados, la respiración agitada. Si yo hubiera tenido un ápice de lucidez habría recogido velas y habría salido quietamente de la alcoba, porque todas las bazas estaban en mi mano, pero yo no discurría con cordura. Me aproximé a la cama, me incliné y puse la mano sobre su ansiado cuerpo yacente. María Coral no se movió.