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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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– Fui entonces a liberar al joven -continuó Erik- y le dije que me siguiera al lado de Christine Se abrazaron delante mío, en la habitación estilo Luis Felipe… Christine llevaba su anillo… Hice jurar a Christine que, cuando estuviera muerto, vendría una noche, pasando por el lago de la calle Scribe, a enterrarme en absoluto secreto con el anillo de oro que llevaría hasta ese momento…, le dije cómo encontraría mi cuerpo y lo que había que hacer… Entonces Christine me besó por primera vez, aquí, en la frente… en mi frente: (¡no mires, Daroga!), y se marcharon los dos… Christine ya no lloraba… Sólo yo lloraba, daroga, daroga… ¡Si Christine cumple su juramento, pronto volverá!…

Erik se había callado. El Persa no le hizo más preguntas. Estaba tranquilo respecto a la suerte de Raoul de Chagny y de Christine Daaé, y ningún ser humano había podido, después de haberle oído aquella noche, poner en duda la palabra de Erik, que lloraba.

El monstruo había vuelto a ponerse la máscara y reunido sus fuerzas para despedirse del daroga. Le había anunciado que, cuando sintiera muy próximo su fin, le enviaría, en agradecimiento por el bien que le había hecho antaño, lo más valioso que tenía en el mundo: todos los papeles que Christine Daaé había escrito en el transcurso de esta aventura para Raoul y que ella había entregado a Erik, así como algunos objetos que provenían de ella, dos pañuelos, un par de guantes y un lazo de zapato. A una pregunta del Persa, Erik le informó que los dos jóvenes, tan pronto se vieron libres,

habían decidido ir a buscar a un sacerdote en alguna aldea solitaria en la que ocultarían su felicidad, y que, con esta intención, habían elegido «a la estación, del Norte del Mundo». Por último, Erik contaba con el Persa para que, en cuanto recibiera las reliquias y los papeles prometidos, anunciara su muerte a los dos jóvenes. Para ello debía pagar una línea en los anuncios necrológicos del periódico L'Époque.

Aquello fue todo.

El Persa había acompañado a Erik hasta la puerta de su apartamento, y Darius le había acompañado hasta la acera, sosteniéndolo. Un simón aguardaba. Erik subió. El Persa, que había vuelto a la ventana, le oyó decir al cochero: «A la explanada de la Opera». El simón se hundió en la noche. El Persa había visto por última vez al pobre desventurado de Erik.

Tres semanas después, el periódico publicaba la siguiente nota necrológica:

«ERIK HA MUERTO».

EPILOGO

Esta es la verdadera historia del fantasma de la ópera. Como lo anuncié al principio de esta obra, no puede ahora dudarse de que Erik vivió realmente. Hay demasiadas pruebas de esta existencia hoy en día a disposición de todos, para que no puedan seguirse razonablemente los hechos y las gestas de Erik a través del drama de los Chagny.

No es preciso señalar aquí hasta qué punto este asunto apasionó a la capital. ¡Aquella artista raptada, el conde de Chagny muerto en condiciones tan excepcionales, su hermano desaparecido y el triple sueño de los encargados de la iluminación de la Opera!… ¡Qué dramas! ¡Qué pasiones! ¡Qué crímenes se habían desarrollado en torno al idilio de Raoul y de la dulce y encantadora Christine!… ¿Qué había sido de la sublime y misteriosa cantante de la que la tierra no debía volver a oír hablar jamás?… La imaginaron la víctima de la rivalidad entre los dos hermanos, y nadie imaginó lo que había pasado, nadie comprendió que, puesto que Raoul y Christine habían desaparecido juntos, los dos prometidos se habían retirado lejos del mundo para disfrutar de una felicidad que no hubieran querido hacer pública después de la extraña muerte sufrida por el conde Philippe… Un día habían " tomado un tren en la estación del Norte del Mundo… También yo, quizás un día, tomaré el tren en esa estación e iré a buscar alrededor de tus lagos, ¡oh Noruega!, ¡oh silenciosa Escandinavia!, las huellas puede que frescas aún de Raoul y de Christine, y también las de la señora Valérius, que desapareció igualmente por aquella misma época!… Puede que un día oiga con mis propios oídos al Eco solitario del Norte del Mundo repetir el canto de aquella que conoció al Ángel de la música.

Mucho después de que el caso, gracias a los servicios poco inteligentes del juez de instrucción, señor Faure, se dio por concluido, la prensa, de tanto en tanto, intentaba aún averiguar el misterio…, y continuaba preguntándose dónde estaba la mano monstruosa que había preparado y llevado a cabo tantas catástrofes inauditas. (Crimen y desaparición.)

Una publicación de la Ópera, que estaba al corriente de todos los chismorreos de entre bastidores, fue la única en escribir:

«Esto ha sido obra del Fantasma de la ópera».

Y aún así lo hacía, naturalmente, de un modo irónico.

Sólo el Persa, al que no habían querido escuchar y que no volvió a intentar, después de la visita de Erik, una nueva tentativa de declaración a la justicia, poseía toda la verdad.

Y tenía las pruebas principales que le habían llegado junto las piadosas reliquias anunciadas por el fantasma…

A mí me correspondía completar esas pruebas con la ayuda del daroga. Día a día, le ponía al corriente de mis hallazgos y él los guiaba. Hacía años que no había vuelto a la Opera, pero conservaba del monumento un recuerdo muy preciso, y no existía mejor guía para de abrirme los rincones más ocultos. Era él también quien me indicaba las fuentes que debía investigar, los personajes a los que tenía que interrogar. Es él quien me impulsó a llamar a la puerta del señor Poligny, en el momento en que el pobre hombre estaba casi agonizante. No sabía que se encontrara tan mal y no olvidaré jamás el efecto que produjeron mis preguntas relativas al fantasma. Me miró como si viera al diablo y tan sólo me contestó con algunas frases entrecortadas, pero que atestiguaban (eso era lo esencial) hasta qué punto el E de la ó. había perturbado, en su tiempo, aquella vida ya demasiado agitada de por sí (el señor Poligny era lo que se ha convenido en llamar un vividor).

Cuando comuniqué al Persa el pobre resultado de mi visita a Poligny, el daroga sonrió vagamente y me dijo:

– Poligny nunca supo hasta que punto ese grandísimo crápula de Erik (el Persa hablaba de Erik tanto como de un dios como de un vil canalla) le movió a su antojo. Poligny era supersticioso y Erik lo sabía. Erik sabía también muchas cosas de los asuntos públicos y privados de la Opera.

Cuando el señor Poligny oyó que una voz misteriosa le contaba, en el palco ñ 5, el empleo que hacía de su tiempo y de la confianza de su socio, ya no quiso saber nada del resto. Fulminado al principio por una voz celestial, se creyó condenado, y después, dado que aquella voz le pedía dinero, tuvo que comprender finalmente que estaba en manos de un maestro cantor del que el mismo Debienne fue víctima. Los dos, ya cansados de su dirección por varias razones, se marcharon sin intentar conocer más a fondo la personalidad de aquel extraño E de la ó. que les había hecho llegar un pliego de condiciones tan especial. Legaron todo el misterio a la dirección siguiente, lanzando un profundo suspiro de satisfacción, sintiéndose liberados de un asunto que tanto les había intrigado sin hacerlos reír a ninguno de los dos.

De este modo se expresó el Persa acerca de los señores Debienne y Poligny. Le hablé de sus sucesores y me sorprendió de que en Memorias de un Director, del señor Moncharmin, se hablara de forma tan extensa de los hechos y gestos del E de la Ó., en la primera parte y no se dijera nada, o prácticamente nada en la segunda. Con respecto a esto, el Persa, que conocía esas Memorias como si las hubiera escrito, me hizo observar que encontraría la explicación reflexionando sobre las pocas líneas que, en la segunda parte de estas memorias, Moncharmin se molestó en dedicar al fantasma. Estas son las líneas que nos interesan, pues relata cómo terminó la famosa historia de los veinte mil francos:

«Con respecto al E de la ó. (es Moncharmin quien habla), de que he contado aquí mismo, al principio de mis Memorias, algunas de sus curiosas fantasías, no quiero añadir más que una cosa, y es que compensó, mediante una buena acción, todas las molestias que había ocasionado a mi querido colaborador y, debo confesarlo, a mí mismo. Sin duda juzgó que hay límites para toda broma, en especial cuando cuesta tan caro y hay un comisario de policía «tras sus pasos». En el mismo momento en que habíamos dado cita en nuestro despacho al señor Mifroid para contarle toda la historia, algunos días después de la desaparición de Christine Daaé, encontramos encima de la mesa de Richard, en un hermoso sobre en el que se leía escrito, en tinta roja: De parte del E de la O., las sumas considerables que había conseguido sacar, como si de un juego se tratara, de la caja de la dirección. Richard sostuvo en seguida la opinión de que debíamos dejar las cosas así y no seguir con el asunto. Suscribí la opinión de Richard. Todo pues ha terminado bien. ¿No es cierto, querido E de la O.?»

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