El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
- Автор: Леру Гастон
- Язык: испанский
- Жанр: Классические детективы
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El Persa se había erguido ante él.
– Asesino del conde Philippe, ¿qué has hecho de su hermano y de Christine Daaé?
Ante esta horrible acusación, Erik vaciló y por un momento guardó silencio; luego, se arrastró hasta un sillón, en el que se dejó caer lanzando un profundo suspiro. Y allí dijo entre frases sueltas y palabras entrecortadas:
– Daroga, no me hables del conde Philippe… Estaba muerto…, ya…, cuando…, la sirena cantó…, fue un accidente…, un triste…, un lamentable accidente… ¡Se había caído torpe, simple y naturalmente al lago!…
– ¡Mientes! -exclamó el Persa.
Entonces Erik inclinó la cabeza y dijo:
– No vengo aquí… para hablarte del conde Philippe…, sino para decirte que… voy a morir…
– ¿Dónde están Raoul de Chagny y Christine Daaé?
– Voy a morir…
– ¿Raoul de Chagny y Christine Daaé?
– …de amor…, daroga…, voy a morir de amor…, así es…, ¡la amaba tanto!… Y la amo aún, daroga, puesto que muero por ella. Si supieras qué hermosa estaba cuando me permitió besarla viva, por su salvación eterna… Era la primera vez, daroga, la primera vez, ¿me oyes?, que besaba a una mujer… ¡Sí, viva, la besé estando viva y estaba hermosa como una muerta!
El Persa se había levantado, se había atrevido a tocar a Erik. Le sacudió por el brazo.
– ¿Me dirás al fin si está viva o muerta?
– ¿Por qué me zarandeas así? -contestó Erik con esfuerzo-.Te he dicho que soy yo el que va a morir… sí, la besé estando viva…
– ¿Y ahora está muerta?
– Te digo que la besé así en la frente…, y ella no apartó su frente de mi boca… ¡Ah, es una joven honesta! En cuanto a si está muerta, no lo creo, aunque ya no es asunto mío… ¡No, no, no está muerta! Y no me gustaría saber que alguien haya tocado un solo pelo de su cabeza. Es una joven valiente y honrada que, además, te salvó la vida, daroga, en un momento en el que no hubiera dado dos sous por tu piel de persa. En realidad, nadie se ocupaba de ti. ¿Por qué estabas allí con aquel jovencito? Además, ibas a morir. Me suplicaba por la vida de su jovencito, pero yo le había contestado que, dado que había girado el escorpión, me había convertido por este mismo hecho y por su propia voluntad en su prometido y que no necesitaba a dos prometidos, lo cual era bastante justo. En cuanto a ti, tú no existías, ya no existías, te lo repito, ibas a morir junto con el otro prometido.
»Pero, escúchame bien, daroga, cuando gritabais como condenados por culpa del agua, Christine se me acercó con sus hermosos ojos azules muy abiertos y me juró, por la salvación de su alma, que consentía en ser mi mujer viva. Hasta entonces, daroga, en el fondo de sus ojos había visto siempre a mi mujer muerta. Era la primera vez que veía en ellos a mi mujer viva. Era sincera al jurar por la salvación de su alma. No se mataría. Asunto concluido. Media hora más tarde, todas las aguas habían vuelto al lago y yo estiraba tu lengua, daroga, ya que estaba seguro, palabra, que te quedabas allí mismo… ¡En fin, eso es todo!… Estaba acordado que debíais recobrar el conocimiento bajo tierra y que luego os llevaría a la superficie. Finalmente, cuando me dejasteis libre el suelo la habitación estilo Luis Felipe, volví a ella completamente solo.»
– ¿Qué habías hecho del vizconde de Chagny? -lo interrumpió el Persa.
– ¡Ah!… ¡Entiéndeme!… A ése, daroga, no iba a llevarlo en seguida así como así, al exterior… Era un rehén… Pero tampoco podía conservarlo en la mansión del Lago por Christine. Entonces lo encerré muy confortablemente y lo até (el perfume de Mazenderan lo había vuelto dócil como un trapo) en la bodega de los comuneros, que está en la parte más desierta del sótano más lejano de la Ópera, más abajo aún que el quinto sótano, allí a donde no va nadie y donde es imposible hacerse oír de nadie. Me encontraba muy tranquilo y volví al lado de Christine. Ella me aguardaba…
En este punto del relato, parece ser que el fantasma se levantó con tanta solemnidad que el Persa, que había vuelto a ocupar su sitio en el sillón, tuvo que levantarse también como obedeciendo al mismo movimiento y sintiendo que le era imposible permanecer sentado en un momento tan solemne, e incluso (me confesó el mismo Persa) se quitó, a pesar de tener la cabeza rapada, su gorro de astracán.
– Sí, ella me aguardaba -continuó Erik, que se puso a temblar como una hoja, a temblar estremecido por una emoción solemne-. Me esperaba de pie, viva, como una verdadera novia viviente, por la salvación de su alma… Y cuando me acerqué, más tímido que un niño pequeño, no escapó…, no, no… permaneció allí…, me esperó… ¡Incluso creo, daroga, que un poco…, ¡oh, no mucho!…, pero un poco como una novia viva…, que adelantó la frente un poco… Y…, y…, yo la… besé… ¡Yo!…, ¡yo!…, ¡yo!… ¡Y ella no murió!… Permaneció tranquilamente a mi lado, después de que la besé…, en la frente… ¡Ah, qué maravilloso es, daroga, besar a alguien!… Tú no puedes saberlo…, pero yo… ¡yo!… Mi madre, daroga, la pobre desgraciada de mi madre no quiso jamás que la besara… Huía…, arrojándome mi máscara…, ninguna otra mujer!…, jamás!…, jamás!… ¡Ay, ay, ay! Entonces…, de pura felicidad, lloré. Y caí llorando a sus piececitos… Y besé llorando sus pies, sus piececitos, llorando… Tú también lloras, daroga; y también ella lloraba…, el ángel lloró…
Mientras contaba esto, Erik sollozaba y el Persa, en efecto, no podía contener sus lágrimas ante aquel hombre enmascarado que, con escalofríos, las manos sobre el pecho, lloraba tanto de dolor como de ternura.
– ¡Sentí correr sus lágrimas por mi frente, oh Daroga! Eran cálidas…, eran dulces…, recorrían por debajo de mi máscara e iban a juntarse con las mías en mis ojos… resbalaban hasta mi boca… ¡Ah, sus lágrimas… por mí! Oye, daroga, oye lo que hice… Me arranqué la máscara para no perder ni una sola de sus lágrimas… ¡Y ella no huyó!… ¡Ni murió!… Continuó viva, llorando… sobre mí…, conmigo… ¡Lloramos juntos!… ¡Señor del cielo, me has concedido toda la felicidad del mundo!…
Y Erik se había hundido, sollozando, en el sillón.
– ¡Ah, no voy a morir aún… en seguida…, pero déjame llorar -le había dicho al Persa.
Al cabo de un instante el hombre de la máscara continuó:
– Óyeme, daroga, oye bien esto… Mientras me encontraba a sus pies… oí que decía: «Pobre desventurado de Erik», ¡y cogió mi mano!… Entonces no fui nada más, ¿lo comprendes?, que un pobre perro dispuesto a morir por ella… ¡tal como te lo digo, daroga!
»Imagínate que yo llevaba en la mano un anillo, un anillo de oro que le había dado… que ella había perdido… y que yo había encontrado…, una alianza… Lo puse en su manita y le dije: «¡Toma, coge esto!…, coge esto para ti y para él… Será mi regalo de bodas… ¡el regalo del pobre desventurado de Erik… Sé que amas a ese joven…, ¡no llores más!…» Ella me preguntó con voz muy dulce qué quería decir; entonces le hice entender, y ella comprendió en seguida que yo no era para ella más que un pobre perro dispuesto a morir…, que ella podría casarse con el joven cuando quisiera, porque había llorado conmigo… Ya puedes imaginarte, ay, daroga, que al decirle esto era como si partiera con toda tranquilidad mi corazón en cuatro, pero ella había llorado conmigo… y había dicho: «¡Pobre desventurado de Erik!».
La emoción de Erik era tal que debió advertir al Persa que no lo mirara, ya que se ahogaba y tenía que quitarse la máscara. El daroga me contó que había ido a la ventana y la había abierto lleno de compasión, pero teniendo mucho cuidado de fijar la vista en la copa de los árboles de las Tullerías para no encontrarse con el rostro del monstruo.