Tiempo de mutantes [The Mutant Season - es]
- Автор: Хабер Карен, Силверберг Роберт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2532-4
- Переводчик: Hern
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempo de mutantes [The Mutant Season - es]». Краткое содержание книги:
El primer líder mutante, que ha emergido a la luz para reclamar iguales derechos que el resto de los mortales, es asesinado.
Encontrar al asesino es la difícil misión de un grupo de mutantes. Entre ellos están Michael, confuso entre la lealtad al clan y su amor por una persona normal; Melanie, sola entre los mutantes y rechazada por los normales; y Jean, que usa su poder psíquico y su sexualidad de mutante para obtener todo aquello que más desea.
Como sociedad deben luchar contra su entorno, ocultando sus miedos hasta encontrar un medio que proteja sus intimidades, sus amores y sus vidas.
Andie, impotente, se vio atrapada en el brillo tenue de su mirada.
—Sabes que soy inocente —musitó Jeffers—. Sabes que Canay ha estado trabajando con mis enemigos para desacreditarme. Ha falsificado toda la información, y tú le has ayudado.
Su voz era sedosa, insinuante. Acercó una mano a la mejilla de la mujer y comenzó a acariciarla.
—Sí —prosiguió—, vosotros y vuestra red de saboteadores habéis estado trabajando contra mí desde el principio, probablemente aliados con Horner. Tú odias a los mutantes, y has trastocado la cabeza de jóvenes como Canay, que se aborrecen a sí mismos.
—¿Aborrecerse a sí mismos? —repitió ella, atontada—. ¿Quiénes?
Jeffers no le hizo caso.
—Esta noche llamarás a la televisión para hacer una declaración completa reconociendo tu culpabilidad.
—Mi culpabilidad.
Las palabras empezaban a repetirse en la cabeza de Andie. Quería protestar, replicar, pero notaba la lengua hinchada y torpe. Sus pensamientos eran confusos. Reconocer su culpabilidad… Sí, su culpabilidad… Cerró los ojos.
«NOVENTA Y NUEVE, NOVENTA Y OCHO, NOVENTA Y SIETE, NOVENTA Y SEIS…»
Un tumulto discordante llenó su cabeza: cientos de voces entonando un cántico de números. Ahora, la voz de Jeffers gritaba, tratando de imponerse al coro estridente sin conseguirlo.
«OCHENTA Y SEIS, OCHENTA Y CINCO…»
Jeffers dejó de agarrarla. Andie, sin embargo, siguió con los ojos cerrados.
«SESENTA Y DOS, SESENTA Y UNO…»
El coro se convirtió en un susurro y, finalmente, enmudeció.
Andie abrió los ojos.
Jeffers yacía en el suelo, inconsciente.
«¡Vaya, vaya! —se dijo—. De modo que ha funcionado. ¡La extravagante defensa mental de Skerry ha dado resultado!»
Se incorporó con cautela. La habitación daba vueltas a su alrededor. Dejó atrás a Jeffers y salió al pasillo tambaleándose, sin detenerse más que para recoger su pantalla de notas. A cada paso, su equilibrio mejoraba, y cuando llegó a la escalera ya corría de nuevo. Abrió la puerta principal, saltó por encima de un seto, cruzó chapoteando un estanque de poca profundidad del jardín posterior de la casa contigua, salvó otro obstáculo de arbustos y salió a una estrecha calleja.
No vio indicios de que la persiguiera nadie.
Continuó corriendo cinco minutos más, jadeante a cada zancada. Finalmente, con los pulmones ardiendo a causa del aire helado, aminoró el paso. Tardó unos momentos en localizar la tarjeta en el bolso, y algunos más en abrir la pantalla de notas. Las manos le temblaban mientras marcaba el código. Una mujer joven y agradable, de mejillas sonrosadas, apareció en imagen.
—FBI, División de Delitos Especiales.
Andie tomó aire.
—Con Rayma Esteron —dijo—. Y dése prisa. Es urgente.
24
Ben Canay fue detenido esa tarde, pero Stephen Jeffers resultó ser más escurridizo. No volvió a su despacho ni contestó llamadas en su número privado. Cuando el FBI irrumpió en su casa particular, estaba vacía y faltaban los archivos informáticos. El senador mutante se había esfumado sin dejar rastro.
Transcurrió una semana antes de que el FBI permitiera levantar el precinto del despacho y Andie pudiese volver al trabajo. Cuando abrió la puerta, se le cayó el alma a los pies. La oficina estaba patas arriba. Las sillas estaban volcadas, los cajones sobresalían de los escritorios extrañamente torcidos, y por todas partes había papeles, disquetes y demás material de escritorio. Ben Canay había dejado tras de sí una ola de destrucción, antes de que interviniera el FBI; y, evidentemente, los agentes no se habían molestado en limpiar nada.
Plantada en medio de la sala, Andie contempló el caos. En alguna parte de aquel revoltijo sonó el zumbido de una pantalla de mesa, pero no hizo caso.
Descubrió su pantalla, ennegrecida y hecha añicos.
Se alegró de no haber estado allí cuando se llevó a cabo la detención de Canay. El tipo había tenido todo el tiempo del mundo para intentar destruir las pruebas. «¡Menos mal que se me ocurrió utilizar la pantalla casera de Karim!», pensó.
Oyó pisadas y se volvió para enfrentarse al intruso. Desde el quicio de la puerta, Skerry estaba contemplando el desorden.
—Buen estropicio, ¿eh? —comentó el mutante—. Parece que haya pasado por aquí el huracán Andie.
—¡Debería haber sabido que aparecerías cuando terminara el alboroto! —replicó ella, con los brazos en jarras.
Skerry, sonriente, le dio un abrazo de oso que la dejó sin aliento.
—¡Eh! ¡Mantén la calma! —jadeó—. Aún me estoy recuperando de la carrera a pie por la exótica Maryland.
—¡Lo has conseguido, encanto! ¡Has dejado al descubierto a Jeffers! —Su tono era exultante, y Andie, a pesar de sí misma, le devolvió el abrazo.
—Gracias por el «coro defensivo», Skerry. ¡Tu implante mental funcionó estupendamente. De no ser por él, ahora mismo sería una zombi hipnotizada bajo custodia federal, confesa de haber preparado el asesinato de Eleanor Jacobsen. Jeffers quería incriminarme.
El barbudo mutante asintió con torva satisfacción.
—Ya sabía yo que no era de fiar —murmuró—. ¿Se sabe si las autoridades le han localizado ya?
—Según la televisión, se le ha visto en Panamá, Seúl, Fidji, Estación Luna y la place Pigalle. Personalmente, creo que deberían buscar en Sao Paulo o en el Potomac.
Skerry se apoyó en un escritorio volcado.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.
Andie se encogió de hombros.
—Seré testigo de la acusación cuando se celebre el juicio de Canay. Y el FBI me ha pedido que colabore en la investigación de las conspiraciones de Jeffers. Registraron la casa, ¿sabes? Por supuesto, ya no estaba. Se había largado con los créditos y los documentos.
—Ya le encontrarán —afirmó Skerry con aire sombrío—. O lo haremos nosotros.
—Eso espero —murmuró Andie con un escalofrío—. No creo que vuelva a sentirme segura hasta que atrapen a Jeffers.
—Aún tienes ese coro defensivo para protegerte —le recordó Skerry—. Y si me necesitas, ponte en contacto con Halden por la pantalla.
—Después de lo que he hecho, ¿cómo va a querer hablar conmigo ningún otro mutante?
Los ojos de Skerry centellearon.
—Los inteligentes se dan cuenta de que nos has salvado a todos. Los estúpidos se lamerán las heridas y murmurarán que han perdido a su príncipe heredero. Y unos pocos, probablemente, incluso estarán de acuerdo con lo que intentaba hacer Jeffers. Pero no debes preocuparte por ellos. —Le rozó la mejilla suavemente—. Tú, cuídate, encanto. Estaremos en contacto.
Andie tendió la mano para estrechar la del mutante, pero sus dedos se cerraron en el aire. Skerry ya no estaba.
«Hasta pronto, aparición», se dijo. Lo inmediato, ahora, era ponerse en contacto con los servicios de mantenimiento y conseguir algunas mecadoncellas para adecentar aquel desorden.
Los restos de la destrucción crujieron bajo sus zapatos cuando avanzó cuidadosamente tras su escritorio para recuperar el maletín de pantalla. Tecleó unas cuantas órdenes y organizó la reparación y limpieza de toda la oficina. Volver a dejarlo todo en orden le ocupó el resto de la tarde.
Kelly McLeod salió de la tienda de modas Akuda, en el barrio de Cherryhurst, en Denver, enfundada en su vistoso mono de faena de las Fuerzas Aéreas. Consultó el reloj. Disponía de veinte minutos antes de presentarse en la pista para la instrucción previa al vuelo. ¿Dónde estaba la boca del suburbano? Se volvió un momento buscándola, pero no la localizó. Distraída, tropezó con una muchacha que venía apresuradamente en dirección contraria.