Tiempo de mutantes [The Mutant Season - es]
- Автор: Хабер Карен, Силверберг Роберт
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2532-4
- Переводчик: Hern
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempo de mutantes [The Mutant Season - es]». Краткое содержание книги:
El primer líder mutante, que ha emergido a la luz para reclamar iguales derechos que el resto de los mortales, es asesinado.
Encontrar al asesino es la difícil misión de un grupo de mutantes. Entre ellos están Michael, confuso entre la lealtad al clan y su amor por una persona normal; Melanie, sola entre los mutantes y rechazada por los normales; y Jean, que usa su poder psíquico y su sexualidad de mutante para obtener todo aquello que más desea.
Como sociedad deben luchar contra su entorno, ocultando sus miedos hasta encontrar un medio que proteja sus intimidades, sus amores y sus vidas.
—Lo único que sé es que pareces celoso de Stephen —replicó ella—. Te opusiste a su nombramiento, sólo Dios sabe por qué. Pero tienes razón en una cosa: no pienso hacerte caso, Stephen es un gran hombre, un héroe. Ha traído una nueva esperanza a todos los que pensábamos que ésta había muerto con Jacobsen.
Skerry asintió con aire sarcástico.
—Sí, es verdad. Ese Jeffers es lo más bonito que han tenido en mucho tiempo los mutantes para depositar sus esperanzas.
—Y yo le amo. Quiero trabajar con él y ayudarle.
—No confundas el amor con la adoración, encanto.
Andie se puso en pie con los brazos en jarras.
—¿Qué sabes tú del amor? —replicó acaloradamente.
—Lo suficiente como para querer ayudar a alguien que se lo merece. —Skerry dio un par de pasos y se detuvo casi tocándola, con la vista fija en sus ojos—. Me gustas de verdad, ¿sabes?
El joven tomó el rostro de Andie entre sus manos. A ella se le aceleró el corazón y trató de desasirse.
—Skerry. No…
—No te resistas. No voy a hacerte daño, sólo quiero ayudarte. Ahora, cierra los ojos. Ciérralos.
Contra su voluntad, los párpados se le cerraron con fuerza.
—Bien. Échate hacia atrás. No te preocupes, yo te sostengo. —Andie notó el brazo de su interlocutor en torno a la cintura—. Así me gusta. Cuenta hacia atrás desde cien, Andie. —La mano de Skerry le tocó la frente. Su palma estaba fría.
—¿Qué? No seas ridículo… —protestó.
—¡Haz lo que te digo!
—Noventa y nueve, noventa y ocho…
—Cuenta mentalmente.
Andie obedeció.
La presión de la mano se incrementó.
De pronto, se sintió mareada. Tras sus párpados vio danzar unas estrellitas azules, y un rugido le invadió los oídos.
NOVENTA Y SIETE, NOVENTA Y SEIS, NOVENTA Y CINCO…
Un centenar, un ejército de voces, cantó con ella la cuenta atrás.
Era una especie de coro hipnótico, ensordecedor. Le resultaba casi imposible pensar.
Luego, las voces se amortiguaron y las ondas de sonido retrocedieron lentamente hasta perderse en el silencio. Andie abrió los ojos y parpadeó dos veces. Tenía la garganta seca.
—¿Qué ha sucedido?
Skerry la soltó.
—Te he implantado un autocántico con un activador espontáneo, por si alguien quiere fisgar.
—¿Fisgar? —Andie se sentó y alargó el brazo para coger la copa—. ¿Te refieres a introducirse telepáticamente en mi cabeza? Pensé que se consideraba algo indigno en círculos mutantes. ¿Es que no respetáis la intimidad mental?
—Algunos, sí. Pero no todos.
Un escalofrío recorrió a Andie cuando comprendió lo que aquello significaba.
—No te asustes, encanto. Sólo he querido proporcionarte un poco más de protección —dijo Skerry con una suave sonrisa—, aunque lo más probable es que no la necesites.
—¿Qué es eso del activador espontáneo?
—Verás, si un telépata intenta acceder a cualquier nivel de tu entramado consciente, empezará a sonar de inmediato ese cántico que acabas de oír. Su sonido ahuyentará al intruso, y cesará tan pronto como se haya retirado. También puedes activarlo tú misma pensando las palabras «coro defensivo». Cuando lo hagas, mantén los ojos cerrados. El activador tiene un ciclo de quince cuentas desde cien, pero puedes interrumpirlo en cualquier momento abriendo los ojos de nuevo. —Skerry alzó las manos—. ¡Abracadabra, intimidad garantizada!
—¿De veras crees que lo necesito?
—Esperemos que no.
Andie le miró con escepticismo. El mutante parecía sincero. Quizás podía confiar en él.
—Skerry, ¿cómo es que Michael se ha casado con una chica mutante?
Él soltó una amarga carcajada.
—Lo han jodido bien. Sí, esa Jena lo ha jodido bien. Literalmente.
—Está embarazada.
No era una pregunta.
—Sí, y Michael es el orgulloso papá. Por eso se han casado, ya que el lema del clan es prosperad y multiplicaos. Y viceversa.
—¡Oh!
Andie pensó que cuanto más se acercaba a los mutantes, menos los entendía.
—Me parece que no te vendría mal otra copa. —Skerry la ayudó a ponerse en pie—. Vamos.
Michael esperaba que acudiera mucha gente, pero nunca imaginó que el senador Jeffers se presentara en su boda. «El cargo le sienta bien —pensó—. Se le ve lleno de confianza y mucho más dinámico que la pobre Jacobsen.»
Un grupo de mutantes se apiñaba en torno a Jeffers. Cuando éste se separó de ellos para dirigirse hacia él, Michael se sintió halagado.
—¿Un poco aturdido? —le preguntó Jeffers con familiaridad.
—Sí. En realidad, más que un poco.
—Ya pasará —continuó el senador, dándole unas palmaditas en el hombro—. Tu esposa es muy bonita.
—Gracias.
—Tus padres me han dicho que eres un mutante doble, lo mismo que ella. Eso significa que hay grandes posibilidades.
—¿Posibilidades? —repitió Michael, desconcertado.
—De trasmitir ese rasgo. —Jeffers le hizo un guiño—. Cuantos más mutantes dobles, mejor.
—¡Oh! Sí, claro. —Michael sonrió—. Pronto lo sabremos.
El senador le contestó con una risilla.
—Así me gusta —declaró—. Necesitamos más jóvenes como tú en la Unión Mutante. ¿Eres miembro?
—He pensado en afiliarme —respondió Michael, aunque hasta aquel instante no había contemplado tal posibilidad.
—Bien. Si vas a Washington, no dejes de pasarte por mi oficina. —Jeffers le entregó un chip de memoria—. Aquí tienes cierta información que tal vez te interese.
La sonrisa cálida del senador bañó a Michael. En ese momento, Halden apareció por la izquierda.
—Por fin le encuentro, senador —dijo—. Respecto a la campaña…
—Michael, ¿nos disculpas?
Sin esperar respuesta, Jeffers le volvió la espalda y se alejó con el Guardián del Libro.
Michael echó un vistazo a la sala. Jena estaba en un rincón, sosteniendo en el aire dos platos de comida mientras charlaba animadamente con una chica vestida de color azul turquesa, una de sus primas de Petaluma, que tenía la piel aceitunada y unos ojos dorados inquietantemente saltones.
¿Jena?, inquirió mentalmente.
No hubo respuesta.
Tal vez el vínculo mental que Halden había forjado entre ellos sólo era efectivo en las distancias cortas.
Michael masticó un pedazo de pan de especias sin saborearlo. Por un breve instante, imaginó el rostro de Kelly enmarcado de orquídeas púrpura. De inmediato, reprimió la imagen.
«Basta ya de Kelly —se dijo—. Ahora, mi vida es ésta. Quizá incluso me afilie a la Unión Mutante. ¿Por qué no?»
—¿Meditando sobre el matrimonio? —preguntó una voz familiar.
El rostro barbudo de Skerry apareció flotando, separado del cuerpo, junto a la mesa del banquete.
Michael perdió el control del plato de comida que estaba haciendo levitar, y casi lo estrelló contra el suelo antes de lograr que recuperara el equilibrio.
La imagen completa de Skerry se solidificó en un torbellino de minúsculos rayos. Michael le vio apoyarse en la mesa con una sonrisa.
—Creía que te habías marchado a Canadá para siempre —dijo al recién aparecido—. ¿Por qué no me dijiste que pensabas venir?
—Me gusta hacer apariciones por sorpresa. Pero diría que, hoy, el rey de las sorpresas eres tú, muchacho. ¿Casarte con ella? Pensaba que estabas colado por una normal…
Michael intentó reprimir una mueca de dolor.
—Sí. Bueno, sucedió algo inesperado y…
Skerry movió la cabeza de un lado a otro.
—Y te ha pillado, ¿verdad? Ya lo imaginaba. —Skerry acercó la boca al oído de Michael y le susurró en tono conspirador—: Aún estás a tiempo de venirte conmigo después del banquete. ¡Al diablo con todo esto! Huye, empieza una nueva vida.