El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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– Oh, Dios.
Se llevó las manos a las mejillas, como una niña.
Stern esperó y de nuevo tuvo la sensación de que se acercaba algo importante. Entonces oyó el teléfono, audible para todos desde la puerta abierta del solario. Stern se disculpó sin palabras, alzó las manos en un gesto que Marcel Marceau habría envidiado y regresó trotando a la casa, feliz de haber escapado. Pero cierta intuición sobre el desenlace de la escena que dejaba atrás le hizo aminorar el paso: Fiona hablaría. Si no lo había hecho ya. Eso le daría una gran ventaja. Con su historia de rechazo, podría presumir de un carácter moral superior, mientras castigaba a Nate al insinuar que también a ella le acechaban las tentaciones. Con su creciente captación del matrimonio Cawley -malévolo, competitivo y rencoroso-, Stern supo que Fiona no guardaría en secreto el episodio. En la oscuridad de la casa, se quedó rígido mientras el teléfono seguía sonando y sintió en el alma la negra sombra del temor y la vergüenza.
Oh, pensó, esto es ridículo. ¿Por qué temer a Nate Cawley? ¿Qué disculpa podía exigir Nate a Stern, después de tirarse a su esposa y quitarle su fortuna? No obstante, la perspectiva lo angustiaba. Cada vez que se topara con Nate Cawley se las vería con la imagen de todos los fracasos de su propio matrimonio. Aún no estaba preparado para eso.
La máquina había contestado la llamada. En la casa sombría, Stern oyó la voz amplificada, con tono insinuante y siniestro, y acento alemán: «Quiero tu sangre». Era Peter. Stern cogió el teléfono.
– De manera que estás ahí -dijo su hijo, y ambos titubearon un instante como de costumbre-. Bien, ¿lo vas a hacer o no?
Stern había empezado a pensar que el análisis era innecesario, pero no tuvo fuerzas para discutir.
– Estoy a tu disposición.
– Estoy disfrutando de mi típica noche de viernes, dictando gráficos. Puedes venir ahora, si tienes tiempo. ¿O piensas ver a Helen?
A Peter le gustaba Helen. En un par de ocasiones en que se habían reunido, Peter parecía haber contenido su tendencia al sarcasmo. Stern le explicó que ella se había marchado hasta el domingo y le dijo que iría enseguida. Al cerrar la puerta del solario, esperó. Los Cawley estaban juntos en el patio, discutían, y Fiona señalaba la casa de los Stern. Se apartó de la puerta y se apretó contra la pared mientras bajaba en silencio la persiana.
Tal vez era el efecto de la broma telefónica de Peter, pero había pocos lugares tan siniestros como un edificio de oficinas poco iluminado en una noche de fin de semana. Las puertas del exterior estaban abiertas, pero dentro lo abrumó una aplastante sensación de soledad; el edificio resultaba agobiante. La farmacia de la planta baja estaba a oscuras, cerrada. Subió en el ascensor y al llegar encontró el corredor apenas iluminado por una tenue lámpara fluorescente. ¿Qué había dicho Peter? Su típica noche de viernes. Tan imprevisible como la mayoría de sus sentimientos sobre su hijo, la contundente tristeza de esta declaración lo abrumó. Los elegantes admiradores de Peter cuando era estudiante habían desaparecido. Stern no sabía de nadie, al margen de las hermanas. ¿Cómo pasaba el tiempo Peter? Stern lo ignoraba. Había heredado el gusto de su madre por la música, paseaba en bicicleta, trabajaba. Cuando visitaba a los padres, en vida de Clara, le gustaba ir a correr por los bosques públicos del vecindario de Riverside. Luego, sudando a mares, se sentaba en la cocina y le leía el periódico en voz alta a la madre, haciendo comentarios cáusticos sobre los acontecimientos. Clara le servía una copa mientras preparaba la cena. Stern observaba estas escenas como un extraño, asombrado ante la rareza de su hijo. Peter rechazaba la comprensión de su padre, pues creía no necesitarla. Era inteligente y capaz, tenía éxito. Su fragilidad de espíritu también reflejaba una especie de fortaleza. Pero Stern, mientras se acercaba a la puerta de la oficina, descubrió de pronto la negra fuente de las ironías y la altivez de Peter: el dolor.
Se preguntó cómo había llegado a esta situación. No pensaba sólo en Peter, sino en sus hijas. De algún modo los chicos habían llegado a poseer una extraña combinación de talento y temperamento que él reconocía como esencial en cada uno. A los tres o cuatro años habían abandonado la ambigüedad de la infancia y estaban tan formados como tulipanes en su tallo, listos para desplegarse. Como padre, a menudo él parecía un simple espectador que aplaudía la expansión de sus capacidades, preocupado en silencio por otras cosas. Cuando Peter cumplió seis años, sus padres empezaron a reparar en ciertas características. Hosquedad. Un silencio que parecía rayar en la desesperación. Peter, que ahora se presentaba como un rebelde, tenía el carácter inflexible de un soldado de acero. Con el tiempo, sus hermanas también manifestaron sus propios descontentos. Marta, por fuera encantadora, se sumía en ensueños agobiantes. Kate, quien según Clara era la más inteligente de los tres, conservaba la jovialidad pero parecía clínicamente incapacitada para alcanzar cualquier forma del triunfo.
Todo esto desconcertaba a Stern. En su infancia había existido un gran desorden debido a la fragilidad del padre y la mirada vigilante que la familia mantenía sobre las hostilidades abiertas. Pero el hogar que él y Clara habían formado era apacible y próspero, normal en el sentido que Stern atribuía a esta palabra. Sus hijos recibían afecto y amor. Amor. Oh, quizás él hubiera tenido fallas como padre. En el mejor de los casos, era demasiado seco con los chicos para el gusto norteamericano, pero aun en su más profunda distracción los quería entrañablemente. Este amor le centelleaba en el pecho como una joya. Por otra parte, nadie podría medir jamás los límites de la dedicación de Clara. Así, años atrás había comprendido consternadamente que la buena fortuna que pudiera ofrecer el mundo no bastaba: a pesar de todo, sus hijos sufrían, y él anhelaba conocer y comprender sus dificultades.
Peter lo hizo pasar con pocas ceremonias. Con la oficina cerrada, pudo conducir al padre a una sala pequeña con olor antiséptico, con una camilla de cuero, equipo e instrumental.
– Levántate la manga, bitte -pidió Peter con acento alemán. Era la broma de la noche. Stern obedeció y el hijo le insertó la aguja-. ¿Estás bien?
Stern asintió.
– ¿Y tú, Peter?
Su hijo abrió la palma en un gesto ambiguo: quién sabía, quién podía decirlo. Hablaron de Marta, que iba a llegar pronto. Stern le preguntó por Kate.
– Tú fuiste con ella a ver el partido de béisbol la otra noche -dijo Peter-. Tiene muy buen aspecto, ¿verdad?
– En realidad me preocupó -confesó Stern-. Hay una situación difícil. Se trata de una circunstancia que me obliga a mantener cierta distancia, pero me temo que la está afectando.
– He oído hablar de eso -dijo vagamente Peter.
Stern no había ido con la intención de hablar de Tooley. Ya no tenía remedio y por otra parte hubiera sido poco profesional quejarse. Sin embargo, procedieron a disentir como si lo ordenara la naturaleza. Kate, en su preocupación por el marido, había recurrido a Peter. La idea de que la situación la hubiera impulsado a buscar auxilio en Peter y no en él hirió inesperadamente a Stern.
– John quería un nombre y se lo di -explicó Peter. Extrajo la aguja y sacudió el tubo con irritación-. Mel es competente, ¿verdad? ¿Qué hice mal? Ya le habías dicho a John que no querías involucrarte.
Típico, pensó Stern. Su culpa, sus defectos. Stern quiso explicar que había tratado a John de ese modo porque había problemas éticos, pero prefirió callar. ¿De qué serviría? De nuevo era el segundón en la familia.
Había pensado en invitarlo a cenar, pero Peter lo condujo al exterior directamente y lo llevó por el pequeño consultorio, donde los gráficos médicos estaban apilados en el escritorio bajo un interfono de cordones negros. Al salir del aparcamiento, Stern contempló la oficina de Peter, la única ventana iluminada en el negro y sólido cuadrado del centro médico.