El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– Mañana por la mañana iré a Nueva York en el vuelo de las 5.45. Pasaré allí el resto de la semana. -Dixon, de nuevo, esperaba novedades acerca del índice de precios al consumo y asistía a reuniones en Nueva York o Washington dos veces a la semana-. El Cuatro de Julio Silvia y yo iremos a la isla.
Se refería a otra de sus propiedades, un refugio en el Caribe en una isla libre de impuestos; el Servicio Fiscal Interno, durante su investigación de años atrás, había rechinado los dientes por no poder rastrear un solo céntimo invertido allí. Stern tamborileó los dedos sobre el cristal del escritorio de su oficina. Al parecer Dixon no tenía tiempo para verse en problemas.
– He pasado el día con Margy y Klonsky.
– Eso he oído.
– Sí -dijo Stern. Claro que Dixon lo había oído. De eso se trataba. Stern se sentía en desventaja hablando por teléfono-. Hay algunas novedades alarmantes.
– ¿Como cuáles?
– Por lo pronto, los fiscales parecen saber algo acerca de tu caja fuerte. Creo que pronto empezarán a buscarla, si no lo están haciendo ya.
Hubo un instante de silencio en la línea.
– ¿Dónde diablos averiguaron eso? -exclamó al fin.
En efecto. ¿Dónde? Stern no necesitaba a Dixon para hacerse esta pregunta. Había una lógica evidente, aunque perturbadora: Margy comparece ante el gran jurado y faltan los documentos; Margy sale y el gobierno menciona la caja fuerte. En su irritación, Margy podía haber revelado cualquier cosa. Tal vez Dixon había tenido la prudencia de no mencionarle la caja fuerte ni sus movimientos, pero era poco probable. En su ánimo suspicaz, Stern incluso llegaba a creer que Margy fuera la informante. Era una idea ridícula, pero no dejaba de acuciarlo. En tal caso, todo había sido un melodrama bien montado. Muy improbable, desde luego. Pero había presenciado farsas como ésta en el pasado. Había casos en que el gobierno inculpaba a sus informantes para protegerlos. En este aspecto no se podía descartar nada.
– Esperaba que tú me dieras una pista, Dixon.
– Pues no.
– ¿Podría John…?
– ¿John? Si todavía no sabe dónde está el lavabo, Stern. Vamos.
Ambos resoplaron.
– También han desaparecido documentos, Dixon.
– ¿Documentos? -preguntó Dixon, menos impulsivamente.
– Relacionados con la cuenta Wunderkind. ¿Estás al corriente?
– ¿Al corriente de qué?
– La cuenta. Los documentos. La desaparición.
– No sé si te entiendo. Tendremos que hablar de esto la semana que viene.
– Dixon, es evidente que la desaparición de estos documentos ha despertado el interés del gobierno por la caja fuerte.
– Si encontraran los documentos…
– De ningún modo -gruñó Dixon. Callaron de nuevo por un instante, como si ambos estuvieran igualmente contrariados por las implicaciones de la cruda respuesta. Luego Dixon añadió, en un esfuerzo simbólico por ser más ambiguo-: No creo que haya muchas esperanzas de que eso ocurra.
– Dixon, esto va a salir muy mal. Muy mal. Ya te he dicho que éste es el colmo de la estupidez. -Ante el desliz de Dixon, Stern pudo ser más directo. Supuso que Dixon estaba disgustado por estas palabras, pero continuó-: Con este clima, Dixon, si llegan a localizar la caja fuerte, tendrás muchas dificultades. Por no mencionar que resultaría muy embarazoso para mí.
– ¿Embarazoso?
– Perjudicial para mi credibilidad. Ya me entiendes. No obstante, te culparán a ti. Los fiscales sabrán que la caja no llegó volando adonde está ahora.
Por teléfono, Stern se sintió obligado a ser más circunspecto. Aun interviniendo el teléfono, el gobierno tenía prohibido escuchar una conversación entre un abogado y su cliente. Pero nunca se sabía, sobre todo en una casa tan grande como la de Dixon, quién podía coger inadvertidamente otra extensión telefónica.
– ¿Quieres decir que después de pedirme que te la entregue, me la quieres devolver?
– En absoluto. Te estoy diciendo que actúas con mal criterio y creas circunstancias peligrosas.
– La recibiré. Envíala de vuelta.
– Dixon.
– Escucha, tengo que ponerme el puñetero esmoquin. Estaré de vuelta el día 6.
– Dixon, no es momento para tomar vacaciones. Te pido que regreses en cuanto concluyas tus negocios en Nueva York.
– Vamos, a mí me parece un momento magnífico para largarse. Son sólo unos días. Esto aguantará. Los asuntos legales siempre aguantan.
– Dixon, tengo muchas preguntas y espero respuestas sinceras.
– Claro -dijo Dixon-. Vale. Ya voy -gritó como si Silvia lo llamara, aunque Stern no oyó el menor eco de la voz de su hermana.
Stern llegó a casa el viernes por la noche y se quedó un instante en el vestíbulo de la casa vacía. Helen había viajado a Texas para inspeccionar la sala donde se reuniría una convención y no regresaría hasta el domingo. Stern se dispuso a pasar el fin de semana a solas. Mientras calentaba una chuleta, vagabundeó por la casa, leyó la correspondencia y se enfrentó a la turbulencia de diversas insatisfacciones. Una semana difícil.
Se detuvo ante las enormes ventanas del solario. Gracias al trabajo previo y a lluvias ocasionales, el jardín de Clara había florecido. Los bulbos que ella había plantado en otoño se elevaban ahora en todo su esplendor: peonías redondas, lirios expresivos como manos. Stern, tan ensimismado en los últimos meses, reparó de pronto en los perfectos macizos y salió al aire de la noche. En la luz evanescente y la brisa dulzona, se paró en seco al ver a Fiona Cawley agachada en su jardín, al otro lado del seto.
Decir que había eludido a Fiona no era suficiente: se había ocultado de ella; entraba y salía de su casa con el sigilo de un guerrillero. Quería creer que aquel infortunado episodio no había ocurrido, pero ante la perspectiva de una confrontación sentía un aguijonazo de arrepentimiento. ¿Qué había hecho? ¿Qué imponente figura de venganza machista había querido imitar? Una semana más tarde, se negaba a aceptar la imagen de Alejandro Stern como un réprobo, un oportunista que intentaba seducir a las esposas de los vecinos. Otros hombres se habrían mostrado menos estrictos con su honor, pero a las pocas horas todo lo relacionado con aquel episodio quedó olvidado. No había llamado a Cal. Había dejado de buscar a Nate, e incluso no sentía el impulso, tan fuerte una semana atrás, de triturar al doctor Cawley como si fuera piedra pómez. Sin duda tendría que enfrentarse a Nate tarde o temprano. Pero sólo cuando hubiera aceptado su propia conducta, cuando estuviera preparado para reconocer sus propios defectos, sólo cuando tuviera una mejor perspectiva de sí mismo y del misterioso mundo de sus intenciones.
Ahora estaba paralizado como una criatura salvaje, pero algo lo delató, tal vez el olor del miedo. Fiona irguió la cabeza, lo descubrió y con una expresión desagradable avanzó sobre el espinoso ligustro que marcaba la línea divisoria entre ambas propiedades. Tenía en la mano unas tijeras de podar oxidadas y vestía lo que ella consideraba ropa de jardín, un conjunto color verde aguacate, pantalones holgados y blusa ceñida. Tenía el pelo desgreñado por el viento, con pequeñas hojas pardas y ramitas. Se inclinó sobre el ligustro, susurrándole que se acercara.
– Sandy, tengo que hablar contigo. -Avanzó a lo largo del seto-. No quiero que me evites.
Stern al fin se quedó donde estaba. No sabía quién era, pero la persona que vivía dentro de la piel de Sandy Stern recibiría su merecido. Le dirigió una sonrisa conciliadora. Fiona parecía haber perdido el habla. Lo tenía donde quería y ahora no sabía qué decir.
– Necesito hablar contigo -repitió.
Resuelto a facilitarle las cosas, Stern contestó:
– Desde luego.
En ese momento, detrás de ella, Stern vio a Nate. Al parecer acababa de llegar, tenía la corbata floja y aún llevaba el maletín. Asomó por una esquina con semblante pálido. Fiona, siguiendo los ojos de Stern, se volvió. En cuanto reconoció al esposo, escondió la cara con una expresión de alarma.