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Электронная книга - «La ciudad y los perros». Краткое содержание книги:

La ciudad y los perros
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— Usted exagera, Gamboa–dijo el capitán, algo sorprendido. Había comenzado a pasear por la habitación, como durante la entrevista con Alberto–Yo no digo echar tierra a todo. Lo de los exámenes y lo del licor hay que castigarlo, naturalmente. Pero no olvide tampoco que lo primero que se aprende en el Ejército es a ser hombres. Los hombres fuman, se emborrachan, tiran contra, culean. Los cadetes saben que si son descubiertos se les expulsa. Ya han salido varios. Los que no se dejan pescar son los vivos. Para hacerse hombres, hay que correr riesgos, hay que ser audaz. Eso es el Ejército, Gamboa, no sólo la disciplina.

También es osadía, ingenio. Pero, en fin, podemos discutir sobre eso después. Lo que me preocupa ahora

es lo otro. Es un asunto completamente imbécil. Pero aun así, si llega hasta el coronel, puede traernos serios perjuicios.

— Perdón, mi capitán–dijo Gamboa–Mientras yo no me dé cuenta, los cadetes de mi compañía pueden hacer todo lo que quieran, estoy de acuerdo con usted. Pero ya no puedo hacerme el desentendido, me sentiría cómplice. Ahora sé que hay algo que no marcha. El cadete Fernández ha venido a decirme nada menos que las tres secciones se han estado riendo en mi cara todo el tiempo, que me han tomado el pelo a su gusto.

— Se han hecho hombres, Gamboa–dijo el Capitán-. Entraron aquí adolescentes, afeminados. Y ahora, mírelos.

— Yo voy a hacerlos más hombres–dijo Gamboa–Cuando termine la investigación, llevaré ante el Consejo de Oficiales a todos los cadetes de mi compañía si es necesario.

El capitán se detuvo.

— Parece usted uno de esos curas fanáticos–le dijo, levantando la voz-. ¿Quiere arruinar su carrera?

— Un militar no arruina su carrera cumpliendo con su deber, mi capitán.

— Bueno–dijo el capitán, reanudando su paseo-. Haga lo que quiera. Pero le aseguro que saldrá mal parado. Y, naturalmente, no cuente con mi apoyo para nada.

— Naturalmente, mi capitán. Permiso.

Gamboa saludó y salió. Fue a su cuarto. Sobre el velador había una foto de mujer. Era de antes que se casaran. Él la había conocido en una fiesta, cuando todavía estaba en la Escuela. La foto había sido tomada en el campo, Gamboa no sabía en qué lugar. Ella era más delgada en ese tiempo y llevaba los cabellos sueltos. Sonreía bajo un árbol y al fondo se divisaba un río. Gamboa la estuvo contemplando unos segundos y luego continuó el examen de los partes y papeletas de castigo. Después, revisó cuidadosamente las libretas de notas. Poco antes del mediodía, regresó al patio. Dos soldados barrían la cuadra de la primera sección. Al verlo entrar, se cuadraron.

— Descanso–dijo — Gamboa-. ¿Ustedes barren esta cuadra todos los días?

— Yo, mi teniente–dijo uno de los soldados. Señaló al otro: — Él barre la segunda.

— Venga conmigo.

En el patio, el teniente se volvió hacia el soldado y mirándolo a los ojos le dijo:

— Te has jodido, animal.

El soldado se cuadró automáticamente. Había abierto un poco los ojos. Tenía una cara tosca y lampiña.

No preguntó nada, parecía aceptar la posibilidad de una falta.

— ¿Por qué no has pasado parte?

— Sí he pasado, mi teniente–dijo-. Treinta y dos camas. Treinta y dos roperos. Sólo que entregué el parte al sargento.

— No hablo de eso. Y no te hagas el imbécil. ¿Por qué no has pasado parte de las botellas de licor, los cigarrillos, los dados, los naipes?

El soldado abrió más los ojos, pero guardó silencio.

— ¿En qué roperos? — dijo Gamboa.

— ¿Qué cosa, mi teniente?

— ¿En qué roperos hay licor y naipes?

— No sé, mi teniente. Seguro que es en otra sección.

— Si mientes, tienes quince días de rigor–dijo Gamboa ¿En qué roperos hay cigarrillos?

— No sé, mi teniente. — Pero añadió, bajando los ojos: — Creo que en todos.

— ¿Y licor?

— Creo que sólo en algunos.

— ¿Y dados?

— También en algunos, creo.

— ¿Por qué no has pasado parte?

— No he visto nada, mi teniente. Yo no puedo abrir los roperos. Están cerrados y los cadetes se llevan las llaves. Sólo creo que hay, pero no he visto.

— ¿Y en las otras secciones es lo mismo?

— Creo que sí, mi teniente. Sólo que no tanto como en la primera.

— Bueno–dijo Gamboa–Esta tarde yo entro de servicio. Tú y los otros soldados de la limpieza se presentarán a la Prevención, a las tres.

— Sí, mi teniente–dijo el soldado.

Estaba visto que nadie se salvaba, ha sido cosa de brujería. Nos tuvieron parados y después nos llevaron a la cuadra y entonces dije, una lengua amarilla se ha puesto a cantar, no lo quiero creer pero está claro como el agua, nos ha denunciado el Jaguar. Nos hicieron abrir los roperos, los huevos se me subieron a la boca, «agárrate compadre, dijo Vallano, esto va a ser el Fin del mundo» y tenía razón. "¿Revista de prendas, mi suboficial?», dijo Arróspide, el pobre tenía cara de moribundo. «No se haga el Pelópidas, dijo Pezoa, estése quieto y, por favor, métase la lengua al culo.» Qué calambres me vinieron, qué nervios que sentía y los muchachos estaban como sonámbulos. Y era todo tan raro, Gamboa parado en un ropero y lo mismo la Rata, y el teniente gritaba: «cuidado, abrir los roperos, nada más, nadie ha dicho meter la mano». Y quién se iba a atrever, ya nos jodieron, al menos da gusto saber que a él lo jodieron antes. ¿Quién si no él para decir lo de las botellas y los naipes? Pero todo está muy misterioso, no capto todavía lo del estadio y los fusiles. ¿Gamboa estaba de mal humor y quiso desfogarse sacándonos las tripas en el barro? Y algunos incluso se reían, lastima el corazón ver gente así, tipos sin alma que no saben lo que son las desgracias. La verdad, era para romperse de risa, la Rata comenzó a zambullirse en los roperos, se metía todito y como es tan enano, la ropa se lo tragaba. Se ponía en cuatro patas, el grandísimo adulón, para que Gamboa viera que buscaba bien y hurgaba los bolsillos y todo lo abría y lo olía y con qué ganas iba cantando: «aquí hay Incas, caracho, éste es de los finos, fuma Chesterfield, miedica, ¿se iban a una fiesta?, ¡qué tal botellón!» y nosotros lívidos, menos mal que en todos los roperos encontraron algo, menos mal. Está visto, los más fregados seremos los que teníamos botellas, la mía estaba casi vacía, y yo le dije que lo anotara y el desconsiderado dijo calle bruto. El que gozaba como un cochino era Gamboa, se veía en la manera de preguntar: "¿cuántas ha dicho?». «Dos cajetillas de Inca, dos cajas de fósforos, mi teniente» y Gamboa escribía en su libreta, despacio para que le durara más el gusto. "¿Una botella a medio llenar de qué?» «De pisco, mi teniente. Marca Sol de Inca.» Cada vez que me miraba, el Rulos se apretaba las amígdalas, sí compañero, estamos hasta el cogote de fregados. Y daba compasión verles las caras a los otros, de dónde maldita sea se les ocurrió revisar los roperos. Y después que se fueron Gamboa y la Rata, el Rulos dijo: «tiene que haber sido el Jaguar. Juró que si lo fregaban reventaría a todo el mundo. Es un maricón y un traidor». No debía decirlo, así, sin pruebas, y con esas palabras, aunque debe ser verdad.

Sólo que no sé por qué nos llevaron al estadio, se me ocurre que el Jaguar tiene también la culpa, seguro le contó a Gamboa «nos tiramos a las gallinas de vez en cuando» y el teniente dijo, les sacaré los bofes por ser tan vivos. La Rata entró a la clase, «formen rápido que les tengo una sorpresa». Y nosotros gritamos: «Rata». Y él nos dijo:”es orden del teniente. Formen y a las cuadras a paso ligero. ¿0 quieren que lo llame?». Formamos y nos llevó a la cuadra y en la puerta dijo: «saquen los fusiles, tienen un minuto, brigadier, parte de los tres últimos», nos cansamos de mentarle la madre y a ninguno se le ocurría qué pasaba. En el patio, los cadetes de las otras secciones nos sacaban cachita. Dónde se ha visto, a mediodía con fusiles y a hacer campaña en el estadio, ¿no será que a Gamboa se le ha zafado una tuerca? Estaba esperándonos en la cancha de fútbol y nos miraba con unas ganas. " iAlto!, dijo la Rata, formen los grupos de campaña.» Todos protestaban, parecía pesadilla eso de una campaña con uniforme de diario y antes de almuerzo. Su madre se va a tirar al pasto con lo mojado que está y el cansancio que tiene el cuerpo después de tres horas de clases. Y en eso intervino Gamboa con su vozarrón y nos gritó: «formen en línea de tres en fondo. El grupo tres adelante y el uno al final». La Rata, tan sobón, nos apuraba: «rápido desganados, vivo, vivo». Y entonces Gamboa dijo: «sepárense de diez en diez metros como para un asalto». A lo mejor hay peligro de guerra y el ministro ha decidido que nos den instrucción militar acelerada. Nosotros iremos de clases o de oficiales, me gustaría entrar a Arica a sangre y fuego, clavar banderas peruanas en todas partes, en los techos, en las ventanas, en las calles, en los coches, dicen que las chilenas son las mujeres más guapas que hay, ¿será verdad? No creo que haya peligro de guerra, los hubieran entrenado a todos, no sólo a la primera sección. "¿.Qué les pasa?, nos gritó Gamboa. Los fusileros de los grupos uno y dos, ¿son sordos o brutos? Dije diez y no veinte metros. ¿Cómo se llama el negro?» «Vallano, mi teniente», era para doblarse al ver la cara de Vallano cuando Gamboa le dijo negro. «Bueno, dijo el teniente. ¿Por qué se pone a veinte metros si ordené diez?» «Yo no soy fusilero, mi teniente, lo que pasa es que falta uno.» Pezoa es un bruto porfiado, a quién se le ocurre decir eso. «Ajá, dijo Gamboa, métale seis puntos al ausente.» «No se va a poder, mi teniente, el ausente ya está muerto. Es el cadete Arana», hay que ser bruto a rabiar. Nada salía bien, Gamboa estaba furioso. «Bueno, dijo. Pase a ocupar ese puesto el fusilero de la segunda línea.» Y después de un momento gritó: "¿por qué mierda no se cumple la orden?». Y nos volvimos a mirar y entonces Arróspide se cuadró y dijo: es que tampoco está ese cadete. Es el Jaguar». «Póngase usted y no proteste, dijo Gamboa. Las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones.» Y luego nos hizo hacer progresiones de un arco a otro, arréense cuando oigan el silbato, rampen, corran, tiéndanse, uno pierde la noción del tiempo y de su cuerpo con ese ejercicio y cuando estábamos entrando en calor, Gamboa nos hizo formar en columna de a tres y nos trajo a la cuadra y se trepó a un ropero y la Rata a otro, como es tan chiquito sudó tinta para llegar arriba, y nos ordenaron: «cuádrense en sus puestos» y en ese momento adiviné, el Jaguar nos ha vendido para salvar el pellejo, no hay tipos derechos en el mundo, quién hubiera dicho que él podía hacer una cosa así. «Abran los roperos y den un paso al frente. El primero que meta la mano está frito», como si uno fuera mago para esconder una botella en las narices del teniente.

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