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Электронная книга - «La ciudad y los perros». Краткое содержание книги:

La ciudad y los perros
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El teniente Gamboa salió de su cuarto y recorrió la pista de desfile de grandes trancos. Llegó a las aulas cuando Pitaluga, el oficial de servicio, tocaba el silbato: acababa de terminar la primera clase de la mañana. Los cadetes estaban en las aulas: un rugido sísmico denunciaba su presencia a través de los muros grises, un monstruo sonoro y circular que flotaba sobre el patio. Gamboa permaneció un momento junto a la escalera y luego fue hacia la Dirección de Estudios. El suboficial Pezoa estaba allí,

husmeando un cuaderno con su gran hocico y sus ojillos desconfiados.

— Venga, Pezoa.

El suboficial lo siguió, alisándose el ralo bigote con un dedo. Caminaba con las piernas muy abiertas, como si fuera de caballería. Gamboa lo apreciaba: era despierto, servicial y muy eficaz en las campañas.

— Después de las clases, reúna a la primera sección. Que los cadetes saquen sus fusiles. Llévelos al estadio.

— ¿Revista de armas, mi teniente?

— No. Los quiero formados en grupos de combate. Dígame, Pezoa, en la última campaña no se alteró la formación, ¿no e s así? Quiero decir, la progresión se llevó a cabo en el orden normal; grupo uno adelante, luego el dos y al final el tres.

— No, mi teniente–dijo el suboficial–Al revés. En las instrucciones, el capitán ordenó poner en la vanguardia a los más pequeños.

— Es verdad–dijo Gamboa–Bien. Lo espero en el estadio.

El suboficial saludó y se fue. Gamboa regresó a las cuadras. La mañana seguía muy clara y había poca humedad. La brisa agitaba apenas la hierba del descampado; la vicuña ejecutaba veloces carreras en círculo. Pronto llegaría el verano; el colegio quedaría desierto, la vida se volvería muelle y agobiante; los servicios serían más cortos, menos rígidos, podría ir a la playa tres veces por semana. Su mujer ya estaría bien; llevarían al niño de paseo en un coche. Además, dispondría de tiempo para estudiar. Ocho meses, no era un plazo muy grande para preparar el examen. Decían que sólo habría veinte plazas para capitán.

Y eran doscientos postulantes.

Llegó a la secretaría. El capitán estaba sentado en su escritorio y no levantó la cabeza cuando él entró. Un momento después, mientras revisaba los partes de campaña, Gamboa escuchó:

— Dígame, teniente.

— Sí, mi capitán.

— ¿Qué cree usted? — El capitán Garrido lo miraba con el ceño fruncido. Gamboa dudó antes de responder.

— No sé, mi capitán–dijo–Es muy difícil saber. He comenzado la investigación. Quizá saque alga en claro.

— No hablo de eso–dijo el capitán–Quiero decir, las consecuencias. ¿Ha pensado usted?

— Sí–dijo Garriboa–Puede ser grave.

— ¿Grave? — El capitán sonrió- ¿Se ha olvidado que este batallón se halla a mi cargo, que la primera compañía está a sus órdenes? Pase lo que pase, los fregados seremos usted y yo.

— He pensado también en eso, mi capitán–dijo Gamboa–Tiene usted razón. Y no crea que me hace gracia la idea.

— ¿Cuándo le toca ascender?

— El próximo año.

— A mí también–dijo el capitán». Los exámenes serán fuertes, cada vez hay menos vacantes. Hablemos claro, Gamboa. Usted y yo tenemos excelentes fojas de servicio. Ni una sola sombra. Y nos harán responsables de todo. Ese cadete se siente apoyado por usted. Háblele. Convénzalo. Lo mejor es olvidarnos de este asunto.

Gamboa miró a los ojos al capitán Garrido.

— ¿Puedo hablarle con franqueza, mi capitán?

— Es lo que estoy haciendo yo, Gamboa. Le hablo como a un amigo, no como a un subordinado.

Gamboa dejó los partes de campaña en una repisa y dio unos pasos hacia el escritorio.

— A mí me interesa el ascenso tanto como a usted, mi capitán. Haré todo lo posible por conseguir ese galón. Yo no quería ser destacado aquí, ¿sabe usted? Entre esos muchachos no me siento del todo en el Ejército. Pero si hay algo que he aprendido en la Escuela Militar, es la importancia de la disciplina. Sin ella, todo se corrompe, se malogra. Nuestro país está como está porque no hay disciplina, ni orden. Lo único–o que se mantiene fuerte y sano es el Ejército, gracias a su estructura, a su organización. Si es verdad que a ese muchacho lo mataron, si es verdad lo de los licores, la venta de exámenes y todo lo demás, yo me siento responsable, mi capitán. Creo que es mi obligación descubrir lo que hay de cierto en toda esa historia.

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