La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
– Esta vez es tu lucha, Pajarillo.
– Tengo miedo, Peter.
– Es natural -dijo en el tono despreocupado que usaba a veces y que tenía la cualidad de no ser crítico-. Pero eso no significa que sea inútil. Sólo significa que debes tener cuidado. Igual que antes. Eso no ha cambiado. Lo fundamental la primera vez fue tu cautela, ¿recuerdas?
Seguí en el rincón y recorrí la habitación con la mirada. Lo descubrí apoyado contra la pared frente a mí. Me saludó con la mano y esbozó una sonrisa familiar. Llevaba un mono naranja brillante decolorado por el uso, y estaba rasgado y manchado de tierra. Sostenía un reluciente casco plateado en las manos y tenía la cara surcada de hollín, cenizas y líneas de sudor. Sacudió la cabeza y sonrió.
– Perdona mi aspecto, Pajarillo.
Parecía un poco mayor de lo que yo recordaba y, tras su sonrisa, pude ver los duros efectos del dolor y los problemas.
– ¿Estás bien, Peter?-pregunté.
– Por supuesto, Francis. Es que me han pasado muchas cosas. Ya ti también. Siempre llevamos la ropa que nos pone el destino, ¿verdad, Pajarillo? No es ninguna novedad.
Repasó con los ojos las columnas de palabras escritas en la pared.
– Estás haciendo progresos -dijo tras asentir con la cabeza.
– No sé. Cada palabra que escribo parece oscurecer más la habitación.
Peter suspiró dando a entender que se lo esperaba.
– Hemos visto mucha oscuridad, ¿verdad, Francis? Y alguna juntos. Eso es lo que estás escribiendo. Recuerda que entonces estábamos ahí contigo y ahora estamos aquí contigo. ¿Lo tendrás presente, Pajarillo?
– Lo intentaré.
– Las cosas se complicaron un poco aquel día, ¿verdad?
– Sí. Para los dos. Y también para Lucy debido a ello.
– Cuéntalo todo, Francis.
Miré la pared y vi dónde me había quedado. Cuando me volví hacia Peter, éste había desaparecido.
20
Fue Peter quien sugirió que Lucy procediera en dos direcciones distintas. La primera era no dejar de interrogar a los pacientes. Dijo que era fundamental que nadie, ni los pacientes ni el personal, supieran que habían encontrado una prueba, porque todavía no tenían claro qué significaba ni hacia dónde señalaba. Pero si se sabía la noticia, perderían el control de la situación. Comentó a Lucy que era una consecuencia del mundo inestable del hospital psiquiátrico. Era imposible prever qué intranquilidad, incluso pánico, provocaría en las frágiles personalidades de los pacientes. Eso significaba, entre otras cosas, que había que dejar la camiseta ensangrentada donde estaba, que no debía involucrarse a ningún organismo externo, en especial la policía local que había detenido a Larguirucho, aunque se arriesgaran a perder la prueba. Y añadió que la gente del edificio Amherst estaba empezando a acostumbrarse al flujo regular de pacientes que llegaban de los demás edificios acompañados de Negro Grande para que Lucy los interrogara, y podría aprovechar esa rutina a su favor. La segunda sugerencia de Peter era más difícil de llevar a la práctica.
– Tenemos que lograr que ese hombre y sus cosas sean trasladados a Amherst -indicó a Lucy-. Y hacerlo de un modo que el cambio no llame mucho la atención.
Lucy estuvo de acuerdo. Estaban en el pasillo, en medio del ir y venir de pacientes durante la tarde, cuando había los grupos de terapia y las clases de arte. La neblina habitual de humo de cigarrillo flotaba en el aire y el repiqueteo de los pies se mezclaba con el murmullo de las voces. Peter, Lucy y Francis parecían las únicas personas que no se movían, como piedras en los rápidos de un río, mientras la actividad rebosaba a su alrededor.
– Muy bien -dijo Lucy-, tiene sentido. Pero ¿y qué mas?
– No sé -respondió Peter-. Es el único sospechoso que tenemos y Pajarillo no cree que sea el verdadero, una observación que yo suscribo. Pero tendremos que averiguar qué relación tiene con todo lo demás. Y la única forma de conseguirlo…
– … es tenerlo lo bastante cerca para observarlo. Sí. Eso también tiene sentido -concluyó Lucy, y arqueó una ceja como si se le hubiera ocurrido algo-. Haré algunos preparativos.
– Pero con discreción -aconsejó Peter-. Que nadie lo sepa.
– Descuida -sonrió Lucy-. Ser fiscal consiste en hacer que las cosas ocurran de la forma que tú quieres. -Y, añadió-: Bueno, más o menos.
Vio que los hermanos Moses se acercaban por el pasillo. Los llamó con un gesto.
– Señores, creo que tenemos que volver a encarrilar la investigación. ¿Podría hablar con ustedes antes de que el señor Evans vuelva?
– Está hablando con el gran jefe -dijo Negro Chico. Se volvió hacia Peter y le hizo un gesto inquisitivo.
Peter asintió.
– Se lo he contado -le informó-. ¿Sabe alguien más…?
– Se lo dije a mi hermano -respondió Negro Chico-. Pero nada más.
– No me parece que sea el hombre que estamos buscando -intervino Negro Grande, impasible-. Ese apenas puede comer solo. Le gusta sentarse y jugar con muñecas, ver la televisión. No me parece un asesino, a no ser que lo irrites tanto que se descontrole del todo. El chico es fuerte. Y no sabe cuánto.
– Francis opina más o menos lo mismo -comentó Peter.
– Pajarillo tiene intuición-sonrió Negro Grande.
– Bien, no se dice nada a nadie, ¿vale? -terció Lucy-. Intentemos mantenerlo así.
Negro Chico se encogió de hombros.
– Lo intentaremos -aseguró-. Otra cosa. Pajarillo, Tomapastillas quiere verte ahora. -El auxiliar se volvió hacia Peter-. A ti vendré a buscarte de aquí a un rato.
– ¿Tú crees que…? -empezó Peter un poco intrigado, pero los auxiliares sacudieron la cabeza.
– No especulemos -pidió Negro Chico-. Todavía no. Mientras su hermano acompañaba a Francis al despacho del doctor Gulptilil, Negro Chico siguió a Peter y Lucy al despacho de ésta. La fiscal se dirigió a la caja con los expedientes y tomó de lo alto del montón el del hombretón retrasado. Luego repasó con rapidez su lista de posibles sospechosos hasta encontrar el que creía que serviría para sus propósitos.
– Este es el hombre con el que quiero hablar a continuación -dijo a Negro Chico enseñándole otro expediente.
– Lo conozco -asintió el auxiliar al ver quién era-. Un cabrón con el genio muy vivo. Perdone, señorita Jones, pero he tenido algún que otro roce con él. Es un alborotador.
– Tanto mejor para lo que tengo en mente.
Negro Chico la miró socarronamente y Peter se dejó caer en la silla, sonriente.
– Parece que la señorita Jones tiene una idea -dijo.
Lucy tomó un lápiz y lo hizo rodar entre las palmas mientras examinaba el expediente del paciente. El hombre en cuestión era un habitual y había pasado gran parte de su vida en la cárcel por agresiones, robos y violaciones de domicilio, y en varios centros psiquiátricos, dado que se quejaba de alucinaciones auditivas y rabias maníacas. Lucy sospechó que algunas de ellas eran inventadas. Lo más real quizás era que poseía cualidades manipuladoras psicopáticas y una rabia explosiva, y eso era perfecto para lo que ella tenía en mente.
– ¿Qué clase de problemas ha creado? -le preguntó a Negro Chico.
– Siempre quiere extralimitarse, ¿sabe a qué me refiero? Le pides que vaya hacia un lado y va hacia el otro. Le dices que se quede aquí y aparece allí. Intentas empujarlo un poco, grita que lo estás golpeando y presenta una queja formal al gran jefe. También le gusta molestar a los demás pacientes. Siempre está fastidiando a alguien. Creo que roba cosas a los demás. No merece llamarse hombre, si quiere saber mi opinión.